¿Para qué sirve el Salmo 36?
El Salmo 36 puede rezarse para pedir discernimiento, protección frente al mal, humildad, confianza en la misericordia de Dios y luz para tomar decisiones.
El Salmo 36 presenta un profundo contraste entre el camino de quien se acostumbra al mal y la inmensidad de la misericordia de Dios. Después de describir cómo la mentira, la soberbia y la falta de temor de Dios pueden apoderarse del corazón humano, el salmista levanta la mirada hacia el Señor y contempla su misericordia, su verdad, su justicia y su providencia. Es un Salmo especialmente apropiado para pedir discernimiento, protección frente al mal y la gracia de permanecer bajo las alas de Dios, reconociendo que en Él se encuentra la fuente de la vida y la verdadera luz.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 36 puede rezarse cuando necesitamos distinguir con mayor claridad entre aquello que conduce al bien y aquello que lentamente puede alejarnos de Dios. Sus primeros versículos muestran que el mal puede comenzar en el corazón, continuar en los pensamientos, expresarse mediante palabras engañosas y terminar convirtiéndose en una manera habitual de actuar.
Sin embargo, el centro del Salmo no está en el poder del mal, sino en la grandeza de Dios. Frente a la injusticia humana aparece una misericordia que llega hasta el cielo; frente al engaño aparece la verdad de Dios; frente a la fragilidad de nuestros criterios aparece su justicia firme como montañas.
Por eso también es una oración de esperanza. Podemos utilizarla para pedir protección, discernimiento, humildad y luz cuando estamos rodeados por situaciones confusas o cuando necesitamos reconocer qué camino debemos seguir.
Para reconocer con mayor claridad aquello que conduce al bien y aquello que puede alejarnos de Dios.
Para pedir que la verdad prevalezca cuando estamos rodeados de engaños, manipulaciones o palabras injustas.
Para recordar que su misericordia es mayor que las dificultades y pecados que encontramos en el mundo.
Para refugiarnos espiritualmente bajo las alas de Dios y confiar nuestra vida a su cuidado.
Para pedir humildad y evitar que el orgullo nos haga justificar nuestros propios errores.
Para acudir a Dios cuando necesitamos claridad en una decisión o atravesamos una etapa de confusión.
El significado del Salmo 36 se construye mediante un contraste muy marcado. Los primeros versículos describen el proceso interior de quien pierde el temor de Dios y termina acostumbrándose al mal. Después, casi repentinamente, el salmista dirige su mirada hacia la grandeza del Señor.
El contraste es poderoso: la maldad humana puede ser real y causar graves consecuencias, pero no posee dimensiones comparables con la misericordia de Dios. Su misericordia alcanza el cielo, su verdad las nubes, su justicia es semejante a montañas y sus juicios son un abismo.
“Porque en ti está la fuente de la vida; y en tu luz veremos la luz.”
El Salmo también presenta una de las imágenes más consoladoras del libro de los Salmos: los seres humanos refugiándose bajo las sombras de las alas de Dios. La imagen expresa cercanía, seguridad y confianza.
Después aparece otra afirmación fundamental: Dios es la fuente de la vida. Todo aquello que verdaderamente vivifica encuentra su origen último en Él. Y solamente desde su luz podemos aprender a mirar correctamente nuestra propia existencia.
El Salmo termina con una petición personal. Después de contemplar el camino del mal, el salmista no se considera automáticamente superior. Pide que la soberbia no alcance sus propios pasos y que las acciones de los pecadores no lo hagan titubear.
Esta actitud ofrece una enseñanza importante: cuando contemplamos el mal ajeno, nuestra primera preocupación no debería ser sentirnos moralmente superiores, sino pedir a Dios que también nosotros permanezcamos firmes en el bien.
El Salmo comienza dentro del corazón humano. Antes de convertirse en acción visible, el mal puede ser aceptado interiormente.
Existe una diferencia entre experimentar una tentación y decidir conscientemente abrazarla. El versículo habla de una resolución: una voluntad que deja de resistirse y comienza a elegir el mal.
Muchas acciones importantes se preparan durante mucho tiempo en nuestros pensamientos. Aquello que alimentamos interiormente puede terminar influyendo en nuestra conducta.
Por eso la vida espiritual también implica aprender a observar aquello que dejamos crecer dentro de nosotros.
Tener un pensamiento negativo, una tentación o un impulso equivocado no significa automáticamente haber elegido el mal.
La cuestión fundamental es qué hacemos con aquello que aparece en nuestro interior: si lo rechazamos, lo alimentamos o permitimos que termine orientando nuestras decisiones.
El temor de Dios no debe confundirse simplemente con miedo al castigo. En la tradición bíblica expresa reverencia, reconocimiento de Dios y conciencia de que nuestras acciones poseen una dimensión moral.
Cuando ese temor desaparece, la persona puede comenzar a comportarse como si solamente importaran sus propios deseos.
El problema descrito por el Salmo es una forma radical de autosuficiencia moral: considerar que nosotros mismos podemos decidir arbitrariamente qué está bien y qué está mal según nuestra conveniencia.
El temor del Señor nos recuerda que existen valores que no dependen únicamente de nuestros intereses inmediatos.
El versículo recuerda que ninguna acción queda realmente fuera de la mirada de Dios.
Podemos ocultar determinadas conductas delante de otras personas, pero no podemos construir una vida verdaderamente sana sobre una mentira permanente.
Vivir en la presencia de Dios puede ayudarnos a formular una pregunta sencilla antes de actuar: ¿podría presentar honestamente esta decisión delante del Señor?
Esa pregunta puede convertirse en una herramienta de discernimiento cuando nuestros deseos intentan justificar aquello que interiormente sabemos que no es correcto.
El mal puede profundizarse cuando se repite y se justifica.
Una conducta que inicialmente provocaba remordimiento puede terminar pareciendo normal si constantemente buscamos razones para defenderla.
Uno de los riesgos espirituales más grandes no consiste solamente en equivocarnos, sino en dejar de reconocer que nos estamos equivocando.
Mientras conservamos capacidad de arrepentimiento existe apertura para cambiar. Cuando comenzamos a llamar bueno a aquello que sabemos que hace daño, la conversión se vuelve más difícil.
Aquello que comenzó en el corazón aparece ahora en las palabras.
El Salmo muestra una progresión: pensamiento, decisión, palabra y acción. Lo interior termina manifestándose exteriormente.
Las palabras pueden utilizarse para construir confianza o para manipular.
Un engaño puede parecer inicialmente útil para evitar una consecuencia, pero suele necesitar nuevas mentiras para mantenerse y termina dañando las relaciones.
El Salmo invita indirectamente a examinar cómo utilizamos nuestra propia voz.
Podemos preguntarnos si nuestras palabras transmiten verdad, si exageramos para perjudicar a alguien o si presentamos solamente aquella parte de una historia que nos favorece.
La expresión es especialmente significativa porque no dice simplemente que la persona desconoce el bien, sino que no quiere aprenderlo.
Existe una resistencia voluntaria a ser corregido.
Todos podemos equivocarnos. La diferencia fundamental aparece en la manera en que reaccionamos cuando alguien nos muestra un error.
La humildad permite escuchar, revisar nuestra conducta y cambiar cuando sea necesario.
Si rechazamos sistemáticamente cualquier opinión que contradiga la nuestra, podemos terminar construyendo una realidad donde nunca somos responsables de nada.
Las personas capaces de corregirnos con respeto pueden convertirse en una ayuda importante para nuestra vida.
Incluso el momento destinado al descanso se convierte en espacio para planear el mal.
La imagen muestra hasta qué punto una intención puede ocupar el pensamiento de una persona cuando se permite que crezca sin resistencia.
Los momentos de silencio revelan muchas veces aquello que verdaderamente ocupa nuestro corazón.
Podemos aprovecharlos para examinar el día, agradecer, reconocer errores y pedir a Dios que ordene nuestros pensamientos.
Lo que comenzó como decisión interior termina convirtiéndose en camino.
La repetición crea hábitos y los hábitos pueden llegar a definir una dirección completa de vida.
Cuanto antes reconocemos un comportamiento dañino, más fácil suele ser corregirlo.
Esperar hasta que una práctica esté profundamente arraigada puede hacer que el cambio requiera mucho más esfuerzo y acompañamiento.
El proceso llega a un punto preocupante: aquello que antes podía provocar rechazo ha dejado de hacerlo.
La conciencia puede insensibilizarse cuando una conducta negativa se repite constantemente y siempre encuentra una justificación.
Reconocer que algo está mal no significa vivir obsesionados por la culpa. Significa conservar una conciencia capaz de distinguir y corregirse.
La misericordia de Dios precisamente nos permite reconocer nuestros pecados sin pensar que estamos condenados a permanecer en ellos.
Después de cuatro versículos concentrados en la maldad humana, el Salmo cambia completamente de horizonte.
Ya no contempla al pecador. Levanta los ojos hacia Dios.
Existe una enseñanza espiritual importante en este movimiento.
Necesitamos reconocer el mal y protegernos de él, pero contemplarlo permanentemente puede llenar nuestro corazón de miedo, indignación o desesperanza. El salmista sabe cuándo levantar la mirada.
Frente a la pequeñez de la maldad humana aparece una misericordia de dimensiones inmensas.
El cielo funciona como imagen de algo que supera nuestra capacidad de medir.
El Salmo no niega que exista maldad. Acaba de describirla con claridad.
Sin embargo, se niega a concederle el lugar principal. La misericordia de Dios es presentada como una realidad incomparablemente mayor.
Este versículo también puede ofrecer esperanza cuando somos nosotros quienes necesitamos perdón.
Reconocer sinceramente un pecado no debe conducir a la desesperación, sino al arrepentimiento y al regreso hacia una misericordia que el Salmo describe llegando hasta el cielo.
La verdad de Dios aparece igualmente inmensa y elevada.
Después de hablar de una boca llena de embustes, el contraste es evidente: frente a la mentira humana permanece la fidelidad de Dios.
Vivimos rodeados de opiniones, interpretaciones y mensajes contradictorios.
El Salmo invita a buscar en Dios un criterio que permita discernir sin quedar completamente sometidos a aquello que en cada momento resulta más popular o conveniente.
Las montañas transmiten estabilidad, grandeza y permanencia.
La justicia de Dios no cambia caprichosamente según intereses personales. El salmista encuentra seguridad en esa firmeza.
Nosotros podemos juzgar apresuradamente porque conocemos solamente una parte de los hechos.
Dios conoce la historia completa, incluso aquello que permanece oculto para nosotros. Por eso su justicia supera nuestros juicios parciales.
Si las montañas hablan de altura, el abismo habla de profundidad.
Los juicios de Dios superan nuestra capacidad de comprender completamente todos sus caminos.
La fe no significa tener una explicación sencilla para cada acontecimiento.
Existen situaciones en las que solamente podemos reconocer nuestros límites, continuar buscando respuestas y confiar en que la realidad es más profunda que aquello que alcanzamos a ver.
La providencia de Dios se extiende sobre toda la creación.
El salmista contempla la vida misma como algo sostenido continuamente por el Señor.
Cada respiración puede convertirse en ocasión de gratitud.
Muchas veces valoramos profundamente la vida solamente cuando algo amenaza nuestra salud, nuestra seguridad o la de quienes amamos.
La mención de hombres y animales amplía el horizonte del Salmo.
La creación no es presentada simplemente como un conjunto de recursos para nuestro uso, sino como una realidad sostenida por el mismo Dios.
El salmista no se conforma con mencionar la misericordia una sola vez. Regresa a ella.
Parece contemplarla y descubrir que cuanto más la considera, más abundante le resulta.
Podemos recordar momentos en los que recibimos una nueva oportunidad, fuimos perdonados, encontramos ayuda o atravesamos una situación que parecía imposible.
Esa memoria puede fortalecer nuestra confianza cuando enfrentamos nuevas dificultades.
La contemplación de la misericordia conduce naturalmente a la esperanza.
Si Dios ha mostrado su bondad, existe una razón para continuar confiando incluso cuando todavía no vemos la solución.
La esperanza cristiana no exige quedarnos inmóviles frente a un problema.
Podemos actuar responsablemente, trabajar, pedir ayuda y tomar decisiones mientras mantenemos nuestra confianza en Dios.
Esta es una de las imágenes más tiernas del Salmo. Las alas representan protección y cercanía.
El creyente aparece como alguien que busca refugio junto a Dios cuando se siente vulnerable.
Buscar refugio no significa escapar permanentemente de nuestras responsabilidades.
Significa encontrar un lugar interior desde el cual podamos recuperar serenidad y después afrontar aquello que necesitamos resolver.
Existen momentos en los que la oración no necesita comenzar con muchas palabras.
Podemos simplemente imaginar esta imagen bíblica y decir: Señor, déjame permanecer bajo tus alas mientras recupero fuerzas.
La casa de Dios aparece como lugar de plenitud.
Frente a la pobreza espiritual de una vida dominada por el engaño, el salmista contempla la abundancia que existe en la comunión con Dios.
El Salmo no está describiendo simplemente acumulación material.
Habla de una plenitud capaz de alimentar el interior: verdad, misericordia, justicia, comunión y vida.
El agua abundante simboliza vida y satisfacción.
No aparece solamente una pequeña cantidad, sino un torrente. La generosidad de Dios supera la imagen de una provisión mínima.
Podemos intentar satisfacer nuestras necesidades interiores mediante éxito, reconocimiento, posesiones o entretenimiento.
Todas esas cosas pueden tener un lugar legítimo, pero ninguna puede responder por sí sola a las preguntas más profundas sobre amor, sentido, esperanza y eternidad.
El Salmo alcanza aquí una de sus afirmaciones centrales. Dios no solamente da cosas necesarias para vivir: Él es presentado como fuente de la vida.
La imagen de la fuente señala un origen continuo del que brota agua capaz de sostener y renovar.
Cuando nuestra vida interior comienza a secarse, podemos revisar de qué estamos intentando alimentarla.
La oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad pueden ayudarnos a regresar hacia aquello que verdaderamente fortalece nuestra relación con Él.
Si Dios es fuente de la vida, nuestra existencia encuentra en Él un origen y también una orientación.
La pregunta espiritual no es solamente cómo sobrevivir, sino cómo vivir de una manera que corresponda al don que hemos recibido.
Esta frase resume una profunda experiencia de discernimiento.
Necesitamos una luz para poder ver. Espiritualmente, el salmista reconoce que necesita la luz de Dios para comprender correctamente la realidad.
Podemos interpretar una situación desde el miedo, el orgullo, el enojo o nuestros intereses personales.
Pedir la luz de Dios significa pedir una perspectiva capaz de corregir nuestras distorsiones.
Este versículo puede rezarse especialmente antes de una decisión importante.
Podemos pedir no solamente que Dios nos muestre lo que deseamos ver, sino que nos permita reconocer aquello que es verdadero aunque resulte incómodo.
Para el cristiano, esta imagen adquiere una profundidad especial al contemplar a Jesucristo, que en el Evangelio se presenta como luz del mundo.
Mirar nuestra vida desde Cristo significa permitir que sus palabras, su ejemplo y su amor iluminen nuestras decisiones.
Después de contemplar la grandeza de Dios, el salmista vuelve a la petición.
No quiere solamente admirar la misericordia desde lejos; pide experimentarla concretamente.
En la Biblia, conocer a Dios no consiste únicamente en acumular información religiosa.
Implica relación, confianza y una vida que progresivamente aprende a responder a su presencia.
El corazón recto no es necesariamente el corazón de alguien que nunca se equivoca.
Es el corazón que desea caminar en verdad, reconoce sus errores y no quiere vivir deliberadamente instalado en el engaño.
Podemos pedir a Dios un corazón sin doblez, capaz de reconocer nuestras verdaderas motivaciones.
La rectitud comienza cuando dejamos de engañarnos a nosotros mismos.
Después de describir ampliamente la conducta del impío, el salmista realiza algo muy importante: mira sus propios pasos.
No termina diciendo simplemente que los demás son malos. Pide protección contra la soberbia en su propia vida.
Observar los errores ajenos puede producir una falsa sensación de superioridad moral.
El Salmo nos recuerda que también nosotros necesitamos vigilancia, misericordia y corrección.
Incluso cuando defendemos algo correcto podemos hacerlo desde una actitud arrogante.
Tener razón en un asunto concreto no significa que podamos despreciar a quien piensa o actúa de otra manera.
La humildad no consiste en negar nuestras capacidades ni permitir que otros nos humillen.
Consiste en vivir en la verdad: reconocer tanto nuestros dones como nuestros límites, nuestras buenas decisiones y nuestros errores.
El salmista reconoce que la conducta de otras personas puede influir sobre él.
Ver prosperar aparentemente a quien actúa mal puede hacernos preguntar si realmente vale la pena continuar haciendo lo correcto.
Una de las victorias del mal ocurre cuando consigue que quien intentaba actuar correctamente termine imitando aquello que rechazaba.
El Salmo pide firmeza para no abandonar nuestros principios simplemente porque otras personas obtengan ventajas mediante caminos injustos.
Puede resultar frustrante observar que alguien obtiene beneficios mediante mentira, abuso o corrupción.
El Salmo recuerda que una ventaja temporal no constituye necesariamente una verdadera victoria.
El último versículo contempla finalmente la caída de quienes perseveran en la maldad.
No necesitamos interpretar esta caída como una invitación a celebrar el sufrimiento ajeno. Es una afirmación sobre la fragilidad de aquello que se construye sobre el mal.
La mentira destruye confianza, la soberbia impide aprender, la injusticia rompe relaciones y la corrupción termina deteriorando aquello que toca.
Muchas consecuencias del mal nacen precisamente de la naturaleza de las acciones realizadas.
El Salmo expresa la derrota final de aquello que parecía poderoso.
Para quien está rodeado de injusticia, esta imagen ofrece esperanza: el mal no posee un derecho eterno a permanecer.
La última palabra del Salmo pertenece a la caída del mal, no a su triunfo.
Esto permite al creyente continuar trabajando por el bien incluso cuando los resultados inmediatos parecen pequeños.
El recorrido completo del Salmo es extraordinario. Comienza con un corazón que ha decidido hacer el mal y alcanza su centro proclamando que en Dios está la fuente de la vida y que en su luz podemos ver la luz.
Entre ambos caminos aparece una elección: vivir encerrados en nuestros propios deseos o permitir que la misericordia, la verdad y la luz de Dios orienten nuestra existencia.
La enseñanza principal del Salmo 36 es que el mal puede crecer cuando dejamos de examinar nuestro corazón, rechazamos la corrección y comenzamos a justificar aquello que sabemos que no es correcto. Por eso la vigilancia espiritual debe comenzar dentro de nosotros mismos.
Sin embargo, el Salmo no quiere que quedemos paralizados contemplando la maldad. Después de describirla, dirige inmediatamente nuestra mirada hacia la inmensidad de Dios. Su misericordia, su verdad y su justicia son presentadas como realidades mucho mayores.
El Salmo también enseña que Dios es refugio. Podemos esperar bajo la sombra de sus alas cuando sentimos miedo, confusión o vulnerabilidad. Ese refugio no nos aparta de nuestras responsabilidades, sino que puede darnos serenidad para afrontarlas.
Una de sus afirmaciones centrales es que Dios constituye la fuente de la vida y que solamente desde su luz podemos aprender a ver con verdadera claridad. Por eso es una oración especialmente valiosa cuando necesitamos discernir.
Finalmente, el salmista nos enseña a no convertir la observación del pecado ajeno en soberbia. Después de hablar del impío, pide humildemente que sus propios pasos no sean dominados por el orgullo. La verdadera sabiduría no consiste solamente en reconocer el mal fuera de nosotros, sino también en pedir a Dios que preserve nuestro propio corazón.
Señor Dios mío, tú conoces lo más profundo de mi corazón y sabes aquello que muchas veces ni siquiera yo consigo reconocer con claridad.
Ilumina mis pensamientos para que pueda distinguir aquello que conduce al bien de aquello que lentamente puede apartarme de ti.
No permitas que me acostumbre al mal ni que termine justificando conductas que dañan a otras personas o a mí mismo.
Dame una conciencia sensible y humilde, capaz de reconocer mis errores sin desesperarme.
Cuando alguien me corrija con verdad, ayúdame a escuchar antes de defenderme.
Líbrame de rodearme solamente de personas que siempre me den la razón.
Pon en mi camino personas sinceras y dame humildad para aprender de ellas.
Guarda también mis palabras.
No permitas que mi boca se convierta en instrumento de mentira, manipulación, injusticia o engaño.
Enséñame a hablar con verdad y caridad, especialmente cuando estoy enojado o cuando decir una mentira podría parecerme más conveniente.
Señor, cuando contemple la maldad que existe a mi alrededor, no permitas que pierda la esperanza.
Recuérdame que tu misericordia llega hasta el cielo y que tu verdad permanece por encima de cualquier mentira.
Cuando no comprenda tus caminos, dame humildad para reconocer que tus juicios son más profundos que mi entendimiento.
Gracias porque sostienes la vida y porque tu providencia alcanza toda tu creación.
Enséñame a valorar cada día como un don y a utilizar mi vida para hacer el bien.
Señor, déjame refugiarme bajo la sombra de tus alas.
Cuando sienta miedo, dame seguridad.
Cuando me sienta cansado, dame descanso.
Cuando me sienta solo, recuérdame tu presencia.
Cuando no sepa qué decisión tomar, permíteme permanecer cerca de ti hasta recuperar claridad.
Tú eres la fuente de la vida.
No permitas que busque llenar las necesidades más profundas de mi corazón únicamente con cosas que nunca podrán satisfacerlas completamente.
Acércame a tu Palabra, a la oración, a los sacramentos y a una vida de caridad.
Haz que mi relación contigo no sea solamente una costumbre exterior, sino una fuente verdadera de vida interior.
Señor, en tu luz quiero ver la luz.
Ilumina aquello que ahora no consigo comprender.
Muéstrame mis propios errores antes de que me dedique solamente a señalar los errores de los demás.
Dame luz para reconocer las intenciones que se esconden detrás de mis decisiones.
Si estoy actuando desde el miedo, muéstramelo.
Si estoy actuando desde la soberbia, corrígeme.
Si estoy tomando un camino equivocado, dame valentía para regresar.
Si estoy caminando correctamente, dame perseverancia para continuar aunque otras personas elijan caminos diferentes.
Despliega tu misericordia sobre mi vida y sobre las personas que amo.
Danos corazones rectos que amen la verdad y que sepan pedir perdón cuando se equivocan.
No permitas que dé pasos de soberbia.
Líbrame de sentirme superior por reconocer los errores de otros.
Recuérdame que también yo necesito continuamente tu gracia y tu misericordia.
Cuando vea prosperar aparentemente a quienes actúan mal, no permitas que sus acciones me hagan titubear.
Dame firmeza para continuar haciendo lo correcto incluso cuando parezca más difícil.
Que ninguna ventaja temporal me haga abandonar mis principios.
Y que al final de cada día pueda regresar a ti, fuente de mi vida, para caminar nuevamente bajo tu luz.
Amén.
Para rezar el Salmo 36 puede ser útil seguir el mismo movimiento espiritual del texto: comenzar examinando el mal y sus consecuencias, pero no permanecer detenido allí. Después, levantar la mirada hacia la misericordia, la verdad, la justicia y la luz de Dios.
El Salmo 36 puede rezarse para pedir discernimiento, protección frente al mal, humildad, confianza en la misericordia de Dios y luz para tomar decisiones.
El significado del Salmo 36 se basa en el contraste entre el camino de quien se acostumbra al mal y la grandeza de la misericordia, la verdad y la justicia de Dios.
Es una imagen de protección, cercanía y refugio. Expresa la confianza de quien se siente vulnerable y encuentra seguridad espiritual en Dios.
Significa que la vida tiene en Dios su origen y su fundamento último. Espiritualmente, también expresa que nuestra plenitud más profunda se encuentra en la comunión con Él.
Significa que necesitamos la luz de Dios para comprender correctamente nuestra vida, discernir nuestras decisiones y reconocer con mayor claridad la verdad y el bien.
Sí. La petición de ver la luz en la luz de Dios puede convertirse en una oración especialmente apropiada cuando necesitamos claridad y discernimiento.
Enseña que el mal puede comenzar interiormente, crecer mediante la justificación, manifestarse en palabras y terminar convirtiéndose en una forma habitual de actuar. Por eso es importante conservar una conciencia capaz de reconocer y corregir nuestros errores.
La presenta como una realidad inmensa que llega hasta el cielo. Frente a la limitación y el pecado humanos, el Salmo proclama una misericordia mucho mayor en la que podemos colocar nuestra esperanza.
Puede rezarse comenzando con un examen sincero del corazón, contemplando después la misericordia de Dios y terminando con una petición de luz, humildad y firmeza para caminar en el bien.
Su enseñanza principal es que no debemos permitir que el mal domine nuestro corazón ni nos haga perder la esperanza, porque en Dios encontramos misericordia, refugio, vida y la luz necesaria para caminar rectamente.