Explicación del Salmo 53
“Se estragaron los hombres”
El Salmo comienza describiendo un deterioro moral. La expresión transmite la idea de algo que ha perdido su condición adecuada y se ha corrompido.
Espiritualmente nos recuerda que las decisiones repetidas pueden ir formando nuestro carácter. El mal raramente aparece de golpe en toda su profundidad; muchas veces crece mediante pequeñas concesiones que terminamos considerando normales.
La corrupción comienza muchas veces lentamente
Una mentira que justificamos puede facilitar una segunda mentira. Una pequeña injusticia tolerada puede preparar otra mayor. Un resentimiento alimentado durante meses puede convertirse en una forma habitual de mirar a otra persona.
El Salmo nos invita a detectar esos procesos antes de que se conviertan en una manera permanente de vivir.
“Se han hecho abominables por sus maldades”
La gravedad de las palabras busca despertarnos de la indiferencia. El mal no debe normalizarse simplemente porque muchas personas lo practiquen.
Podemos vivir dentro de una sociedad donde determinadas conductas injustas sean frecuentes y, aun así, conservar la capacidad de reconocer que siguen siendo injustas.
Lo frecuente no se convierte automáticamente en bueno
El hecho de que una práctica esté extendida no constituye por sí mismo una justificación moral.
La conciencia cristiana necesita formarse para distinguir entre aquello que simplemente se acostumbra y aquello que verdaderamente corresponde a la justicia, la verdad y el amor.
“No hay quien obre el bien”
El lenguaje universal del Salmo expresa la profundidad con la que el pecado afecta a la humanidad.
No debemos utilizar esta frase para afirmar que toda persona realiza únicamente acciones malas. La enseñanza espiritual apunta a nuestra necesidad común de Dios y a la imposibilidad de colocarnos orgullosamente como si nosotros mismos fuéramos completamente justos.
El Salmo no solamente habla de los demás
Resultaría muy cómodo leer estas palabras pensando únicamente en personas corruptas, violentas o injustas que conocemos.
Una lectura espiritual más profunda nos pregunta también por nuestras propias incoherencias. Todos necesitamos examinar nuestro corazón y todos necesitamos la gracia de Dios.
“Echó Dios desde el cielo una mirada”
Ahora cambia la perspectiva. Ya no estamos mirando únicamente desde abajo la conducta humana. El Salmo presenta la mirada de Dios.
Esto recuerda que ninguna situación queda completamente fuera de su conocimiento. Dios conoce tanto aquello que aparece públicamente como aquello que permanece escondido.
La mirada de Dios atraviesa las apariencias
Los seres humanos vemos resultados, reputaciones, imágenes y discursos. Podemos equivocarnos fácilmente respecto de las verdaderas intenciones.
Dios conoce el corazón. Esto puede ser una advertencia cuando intentamos aparentar algo que no somos, pero también un consuelo cuando nuestras buenas intenciones han sido malinterpretadas.
“Sobre los hijos de los hombres”
La mirada divina se extiende sobre toda la humanidad.
Nadie queda fuera de esa mirada. Ni el poderoso está demasiado alto para ser visto ni el pequeño es demasiado insignificante para ser conocido por Dios.
“Para ver si hay quien conozca”
Conocer en el lenguaje bíblico posee una profundidad que supera la simple acumulación de información.
Podemos saber muchas cosas sobre religión y, sin embargo, mantener nuestro corazón lejos de Dios. El conocimiento que busca el Salmo está unido a una relación que transforma la vida.
No basta con saber cosas acerca de Dios
Podemos conocer oraciones, doctrinas, tradiciones y textos bíblicos. Todo ello puede ser valioso.
Pero la pregunta decisiva sigue siendo si ese conocimiento está produciendo una vida más justa, humilde, misericordiosa y orientada hacia Dios.
“O quien busque a Dios”
Buscar es una palabra dinámica. Quien busca se mueve, pregunta, persevera y desea encontrar.
La vida espiritual no debería reducirse a conservar pasivamente algunas creencias. Existe una búsqueda constante de Dios que atraviesa la oración, la Escritura, los sacramentos, la caridad y las decisiones cotidianas.
Buscar a Dios también cuando no sentimos nada
Hay temporadas en las que rezar resulta sencillo y otras en las que parece que nuestras palabras no producen ninguna emoción.
Buscar a Dios significa permanecer también entonces. La fidelidad espiritual no puede depender únicamente de nuestras sensaciones.
Buscar a Dios en nuestras decisiones
Podemos preguntarnos qué quiere Dios cuando enfrentamos una decisión difícil, una discusión, una oportunidad económica o un conflicto.
Buscarlo significa permitir que la fe tenga consecuencias reales y no quede confinada únicamente a los momentos explícitamente religiosos.
“Pero todos se han descarriado”
Descarriarse es perder el camino.
La imagen resulta esperanzadora precisamente porque quien ha perdido un camino puede volver a encontrarlo. Reconocer que estamos desviándonos constituye el primer paso para regresar.
Podemos alejarnos sin darnos cuenta
No siempre abandonamos a Dios mediante una decisión dramática.
A veces simplemente dejamos de orar, dejamos de examinar nuestras decisiones, comenzamos a justificar conductas que antes reconocíamos como equivocadas y poco a poco descubrimos que hemos recorrido una gran distancia.
Siempre podemos preguntarnos dónde estamos
El examen de conciencia sirve precisamente para detenernos y observar nuestra dirección.
No necesitamos esperar una gran crisis para corregir el rumbo. Una pequeña corrección realizada a tiempo puede evitar un alejamiento mucho mayor.
“Se han hecho igualmente inútiles”
La expresión no pretende negar la dignidad de las personas. Describe la esterilidad espiritual producida por una vida alejada del bien.
Una existencia puede estar llena de actividad y, sin embargo, producir muy poco fruto verdaderamente bueno si toda esa actividad está dirigida únicamente por el egoísmo.
Actividad no significa necesariamente fecundidad
Podemos estar permanentemente ocupados y aun así descuidar aquello que más importa.
El Salmo nos invita a preguntarnos qué frutos están produciendo nuestros esfuerzos: ¿más justicia?, ¿más amor?, ¿más verdad?, ¿más servicio?, ¿una relación más profunda con Dios?
“No hay quien obre bien, ni uno siquiera”
La repetición intensifica el diagnóstico. Nadie debería colocarse orgullosamente fuera de la necesidad de conversión.
La tradición cristiana reconoce en estas palabras una afirmación sobre la universalidad del pecado y, por tanto, sobre la necesidad universal de la gracia.
La conciencia del pecado debería hacernos humildes
Si comprendemos verdaderamente nuestra propia fragilidad, debería resultar más difícil despreciar a quien está luchando.
Podemos llamar mal al mal y corregir aquello que necesita ser corregido sin olvidar que nosotros mismos dependemos de la misericordia.
“¿No caerán, pues, en cuenta?”
La pregunta expresa sorpresa ante una persona que continúa obrando injustamente como si nunca fuera a comprender las consecuencias.
Hay momentos en los que el pecado produce una especie de ceguera: repetimos una conducta aun cuando existen señales claras de que está destruyendo algo importante.
Reconocer a tiempo puede evitarnos consecuencias mayores
Una corrección, una conversación difícil o una consecuencia pequeña pueden convertirse en oportunidades para despertar.
En vez de rechazarlas automáticamente, podemos preguntarnos si Dios está utilizando alguna de esas circunstancias para mostrarnos algo que necesitamos cambiar.
“Hay un Dios justiciero”
El Salmo afirma que la realidad moral no está vacía. Existe un Dios que conoce el bien y el mal y cuya justicia no depende de la opinión cambiante de los hombres.
Esto constituye un consuelo para quien sufre injusticia y una advertencia para quien piensa que puede actuar sin ninguna responsabilidad.
La justicia de Dios no autoriza nuestra venganza
Confiar en un Dios justo significa precisamente que no necesitamos convertirnos en jueces absolutos de los demás.
Podemos buscar justicia por medios legítimos, proteger al vulnerable y detener un abuso sin alimentar el deseo de destruir personalmente a quien ha actuado mal.
“Todos aquellos que cometen la iniquidad”
El Salmo señala una conducta persistente. No habla simplemente de una persona que reconoce una caída y desea corregirse.
Existe una diferencia espiritual importante entre luchar contra nuestras debilidades y hacer de la injusticia una forma deliberada de vivir.
Nunca deberíamos acostumbrarnos completamente al mal
Mientras algo dentro de nosotros todavía reconoce una conducta como equivocada, existe una puerta abierta a la conversión.
El peligro aumenta cuando dejamos de sentir cualquier necesidad de corregirnos y comenzamos incluso a justificar sistemáticamente aquello que sabemos que perjudica.
“Que devoran a mi pueblo”
La injusticia descrita no permanece en el ámbito privado. Tiene víctimas.
El pecado posee una dimensión social cuando nuestras decisiones perjudican a otras personas, especialmente cuando se aprovechan de quienes tienen menos capacidad para defenderse.
Dios escucha también el sufrimiento del vulnerable
El Salmo recuerda que la fe no puede separarse de la manera en que tratamos a los demás.
No tendría sentido buscar a Dios mediante palabras religiosas mientras utilizamos nuestras decisiones para explotar, engañar o perjudicar deliberadamente al prójimo.
“Como quien come un pedazo de pan”
La imagen muestra algo realizado con una normalidad aterradora.
Quienes practican la injusticia han llegado a tratar el daño como algo cotidiano. Ya no parece provocarles reflexión.
El peligro de normalizar aquello que debería inquietarnos
Una conciencia puede acostumbrarse. La primera mentira puede incomodar mucho; después de muchas, la reacción puede disminuir.
Por eso necesitamos revisar periódicamente nuestra vida y no utilizar simplemente la costumbre como criterio moral.
“Ellos no han invocado a Dios”
La raíz del problema vuelve a aparecer en la relación con Dios.
Invocar a Dios significa reconocer nuestra necesidad de Él. Quien cree bastarse completamente a sí mismo puede terminar tomando decisiones sin preguntarse nunca por una verdad superior a sus propios intereses.
La oración nos recuerda que no somos autosuficientes
Cada vez que oramos reconocemos implícitamente que nuestra inteligencia, nuestros recursos y nuestro control son limitados.
Esa humildad puede protegernos de decisiones nacidas de la arrogancia.
“Temblaron de miedo allí donde no había que temer”
Esta frase describe un miedo que no corresponde verdaderamente a la realidad.
Resulta sorprendentemente actual. Podemos experimentar angustia por escenarios que todavía no han ocurrido, amenazas imaginadas o posibilidades que nuestra mente ha convertido en certezas.
No todo lo que tememos terminará sucediendo
El miedo posee una capacidad extraordinaria para presentarnos posibilidades como si fueran hechos.
El Salmo nos invita a distinguir entre un peligro real que exige prudencia y un temor que crece sin fundamento suficiente.
Podemos llevar nuestros miedos a Dios
No necesitamos avergonzarnos por sentir temor.
Podemos presentarlo en la oración, examinar aquello que realmente sabemos, buscar consejo cuando sea necesario y pedir la serenidad suficiente para no tomar decisiones dominadas únicamente por la ansiedad.
“Dios aniquila el poder”
El Salmo recuerda que ningún poder humano es absoluto.
Personas, instituciones, fortunas e influencias pueden parecer invencibles durante una temporada, pero continúan siendo realidades limitadas.
No debemos convertir el poder humano en un ídolo
Podemos respetar autoridades y reconocer capacidades sin atribuirles un dominio que no poseen.
Ninguna persona controla completamente el futuro. El creyente encuentra aquí una razón para conservar la esperanza incluso cuando se enfrenta a fuerzas aparentemente superiores.
“De los que lisonjean a los hombres”
La lisonja busca muchas veces obtener un beneficio mediante una alabanza interesada.
El Salmo señala así otro peligro: organizar nuestras palabras y decisiones únicamente para conseguir el favor de personas poderosas.
No vivir prisioneros de la aprobación
Todos necesitamos en cierta medida aceptación y reconocimiento. El problema aparece cuando estamos dispuestos a traicionar nuestros principios para obtenerlos.
La libertad espiritual permite respetar a los demás sin convertir su aprobación en nuestra máxima autoridad.
“Serán confundidos”
Aquello que parecía seguro puede quedar expuesto como falso.
La mentira necesita mantener constantemente una apariencia. La verdad posee una estabilidad diferente porque no depende de sostener indefinidamente una ficción.
La verdad puede tardar, pero sigue siendo nuestra mejor defensa
No siempre veremos inmediatamente aclarada una injusticia.
Sin embargo, construir nuestra propia respuesta mediante nuevas mentiras solamente multiplica el problema. El Salmo nos invita a permanecer del lado de la verdad incluso cuando hacerlo resulta más difícil.
“Porque Dios los desechó de sí”
El lenguaje expresa la ruptura producida por una vida obstinadamente orientada contra Dios.
No debemos leerlo como una excusa para decidir nosotros quién está definitivamente condenado. El juicio último pertenece a Dios, que conoce el corazón de cada persona.
Mientras vivimos existe una llamada a la conversión
La advertencia bíblica busca precisamente provocar un cambio.
Cuando la Palabra nos muestra algo que está mal en nuestra vida, la respuesta no debería ser desesperar, sino regresar a Dios y permitir que su gracia nos transforme.
“¡Oh! ¿Quién enviará de Sión al salvador de Israel?”
Después de un diagnóstico tan oscuro aparece una pregunta llena de esperanza.
El salmista sabe que la humanidad necesita salvación. La solución definitiva no puede provenir únicamente de reorganizar externamente las circunstancias; necesitamos también una restauración que venga de Dios.
Sión como lugar de esperanza
Sión ocupa un lugar central en la espiritualidad bíblica como símbolo de la presencia y de las promesas de Dios.
La mirada que antes estaba concentrada en la corrupción se dirige ahora hacia el lugar desde donde el salmista espera salvación.
La lectura cristiana encuentra su esperanza plena en Cristo
Para el cristiano, el deseo bíblico de salvación alcanza su plenitud en Jesucristo.
Él no viene únicamente a modificar circunstancias exteriores, sino a reconciliar al hombre con Dios y abrir un camino de vida nueva.
“Cuando Dios ponga fin al cautiverio de su pueblo”
El cautiverio representa una situación en la que la libertad se ha perdido.
Espiritualmente podemos pensar también en nuestras propias esclavitudes: hábitos que nos dominan, pecados repetidos, resentimientos, dependencias, miedos o formas de vivir de las que parece imposible salir.
Dios puede abrir caminos donde nosotros solamente vemos encierro
Una situación difícil puede hacernos creer que siempre permanecerá igual.
El último versículo del Salmo se niega a aceptar esa desesperanza como conclusión definitiva. Existe la posibilidad de restauración.
La liberación puede requerir también nuestra colaboración
Pedir a Dios que termine un cautiverio no significa que debamos permanecer inmóviles.
Algunas situaciones necesitan decisiones concretas, ayuda profesional, acompañamiento espiritual, límites, perseverancia o un cambio profundo de hábitos. La gracia no elimina nuestra responsabilidad; la fortalece.
“Se regocijará Jacob”
La tristeza no constituye el final del Salmo.
Después de la corrupción, el miedo y el cautiverio aparece nuevamente la alegría. Esta transición resume una de las grandes esperanzas bíblicas: Dios puede restaurar.
“Saltará de gozo Israel”
La salvación no aparece como una idea fría. Produce gozo.
Quien ha experimentado un largo periodo de angustia comprende el valor de recuperar la libertad, la paz y la esperanza.
El Salmo termina donde necesitamos terminar nosotros
Podemos reconocer sinceramente la oscuridad sin hacer de ella nuestra conclusión.
El Salmo 53 contempla el pecado humano con enorme seriedad, pero su última mirada está dirigida hacia la salvación que viene de Dios.
Oración inspirada en el Salmo 53
Señor Dios mío, hoy quiero buscarte con sinceridad.
No solamente hablar de ti.
No solamente recordar que existes.
Quiero buscarte verdaderamente.
Buscarte en mi manera de vivir.
En mis decisiones.
En mis palabras.
En aquello que hago cuando nadie me está mirando.
Señor, tú miras desde el cielo a los hijos de los hombres.
Mírame también a mí.
Mira mi corazón.
Mira aquello que es bueno y ayúdame a conservarlo.
Mira aquello que está desordenado y ayúdame a corregirlo.
Mira aquello que yo mismo todavía no consigo reconocer.
Dame luz para conocerme con verdad.
Señor, no permitas que me acostumbre al mal.
Que nunca llegue a llamar normal a aquello que destruye.
Que nunca justifique una mentira simplemente porque me beneficia.
Que nunca considere aceptable una injusticia porque todos los demás la practican.
Que nunca utilice la costumbre como excusa para dejar de escuchar mi conciencia.
Si me estoy desviando, Señor, muéstramelo.
Si he comenzado a alejarme lentamente de ti, llámame nuevamente.
Si he dejado de orar, despierta en mí el deseo de encontrarte.
Si he dejado de escucharte, abre nuevamente mis oídos.
Si he comenzado a vivir como si tú no formaras parte de mi vida, ayúdame a volver.
No quiero esperar hasta encontrarme completamente perdido.
Quiero corregir hoy aquello que todavía puedo corregir.
Señor, líbrame del orgullo espiritual.
Cuando lea palabras sobre la maldad humana, no permitas que piense solamente en los pecados de otros.
Recuérdame que yo también necesito tu gracia.
Que yo también puedo equivocarme.
Que yo también puedo justificarme.
Que yo también puedo hacer daño.
Que yo también necesito arrepentimiento, perdón y conversión.
Dame humildad para reconocer mis errores.
Dame valentía para corregirlos.
Dame perseverancia para no volver constantemente a ellos.
Señor, quiero ser alguien que te busca.
Que te busca cuando tiene preguntas.
Que te busca cuando tiene miedo.
Que te busca cuando las cosas salen bien.
Que te busca cuando todo parece complicarse.
Que te busca cuando siente tu presencia.
Y que continúa buscándote cuando no siente nada.
Que mi fe no dependa solamente de emociones.
Dame fidelidad.
Señor, enséñame a encontrarte en la oración.
En tu Palabra.
En la Eucaristía.
En la Reconciliación.
En las personas que necesitan ayuda.
En las decisiones difíciles donde debo elegir entre mi comodidad y aquello que es correcto.
Que buscarte no sea solamente una idea.
Que tenga consecuencias en mi vida.
Señor, tú conoces también la injusticia que existe en el mundo.
Conoces a quienes son tratados como si su dignidad no importara.
A quienes son engañados.
A quienes son explotados.
A quienes no pueden defenderse fácilmente.
A quienes sufren decisiones tomadas por personas más poderosas.
No permanezcas lejos de ellos, Señor.
Hazme también sensible a su sufrimiento.
No permitas que mi comodidad me haga indiferente.
Si puedo ayudar, muéstrame cómo.
Si puedo defender, dame valentía.
Si puedo compartir, dame generosidad.
Si debo denunciar algo injusto, dame prudencia y firmeza.
Señor, protege también mi corazón cuando yo tenga poder.
Porque resulta fácil condenar el abuso mientras somos débiles.
Pero necesito tu gracia también cuando las decisiones estén en mis manos.
Si tengo autoridad sobre alguien, ayúdame a utilizarla para servir.
Si administro recursos, hazme justo.
Si alguien depende de una decisión mía, ayúdame a recordar su dignidad.
Si puedo aprovecharme de una situación sin que nadie lo descubra, recuérdame que tú ves mi corazón.
No quiero devorar a nadie para obtener una ventaja.
No quiero construir mi bienestar sobre el sufrimiento injusto de otra persona.
Señor, el Salmo habla también de quienes no te invocan.
Yo quiero invocarte.
No porque sea perfecto.
Precisamente porque no lo soy.
Necesito tu ayuda.
Necesito tu sabiduría.
Necesito tu misericordia.
Necesito que corrijas aquello que yo no sé corregir solo.
Señor, tú conoces mis miedos.
Algunos tienen razones reales.
Hay situaciones que requieren prudencia.
Problemas que necesitan atención.
Decisiones que no debo posponer.
Dame sabiduría para actuar ante ellos.
Pero también existen miedos que han crecido dentro de mi mente.
Cosas que todavía no han sucedido.
Escenarios que imagino una y otra vez.
Posibilidades que trato como si fueran certezas.
Palabras que interpreto de la peor manera posible.
Señor, cuando tiemble donde no hay que temer, dame paz.
Ayúdame a distinguir los hechos de mis imaginaciones.
Lo que sé de aquello que solamente sospecho.
Lo que está ocurriendo de aquello que podría ocurrir.
Lo que depende de mí de aquello que nunca podré controlar.
Dame prudencia sin paranoia.
Confianza sin irresponsabilidad.
Serenidad sin indiferencia.
Señor, cuando alguna persona poderosa me haga sentir pequeño, recuérdame que ningún poder humano es absoluto.
Cuando alguien parezca controlar mi futuro, recuérdame que mi historia sigue estando en tus manos.
Cuando una injusticia parezca invencible, dame paciencia y fortaleza.
Hazme actuar correctamente sin dejarme dominar por el miedo.
Señor, líbrame también de vivir buscando únicamente el favor de los hombres.
No quiero decir aquello que otros desean escuchar simplemente para obtener una ventaja.
No quiero cambiar mis convicciones cada vez que cambia la persona que tengo enfrente.
No quiero depender completamente de los aplausos.
Ni quedar destruido por cada crítica.
Dame libertad interior.
Que pueda escuchar consejos.
Reconocer errores.
Aprender de los demás.
Pero que mi conciencia no esté permanentemente en venta por aprobación.
Señor, también te pido por quienes se han alejado de ti.
Por quienes alguna vez tuvieron fe y ahora no quieren saber nada de ti.
Por quienes nunca te han conocido.
Por quienes están heridos con la Iglesia.
Por quienes han encontrado obstáculos humanos cuando intentaban acercarse a ti.
Por quienes están convencidos de que no te necesitan.
Tú conoces cada historia mejor que yo.
No quiero juzgarlos.
Te pido que los busques.
Que pongas personas buenas en su camino.
Que encuentren respuestas donde existen preguntas sinceras.
Que encuentren misericordia donde llevan heridas.
Y que nosotros, quienes decimos creer en ti, no seamos obstáculos para quienes intentan encontrarte.
Señor, que mi vida haga creíble aquello que mis labios profesan.
Si digo que creo en ti, que eso se note en mi manera de tratar a las personas.
Si digo que amo la verdad, que no viva de mentiras.
Si digo que creo en la justicia, que sea justo también cuando hacerlo me cuesta.
Si digo que creo en la misericordia, que aprenda a practicarla.
Si digo que tú eres mi Dios, que mis decisiones no digan continuamente lo contrario.
Señor, hay también cautiverios dentro de mí.
Cosas de las que quisiera ser libre.
Hábitos que he intentado cambiar.
Pensamientos que vuelven.
Heridas que todavía influyen en mis decisiones.
Resentimientos que me cuesta soltar.
Miedos que me limitan.
Pecados que parecen repetirse.
Señor, pon fin a mis cautiverios.
Pero muéstrame también qué parte me corresponde.
Qué hábito debo cambiar.
Qué ayuda debo buscar.
Qué lugar debo evitar.
Qué relación debo ordenar.
Qué conversación debo tener.
Qué disciplina necesito comenzar.
No quiero pedirte libertad mientras continúo alimentando aquello que me mantiene cautivo.
Dame voluntad para colaborar con tu gracia.
Señor, cuando crea que nada puede cambiar, recuérdame el final de este Salmo.
Después del pecado todavía aparece salvación.
Después del miedo todavía aparece esperanza.
Después del cautiverio todavía aparece libertad.
Después de la tristeza todavía aparece gozo.
Tú puedes escribir capítulos nuevos.
Tú puedes restaurar.
Tú puedes levantar.
Tú puedes convertir.
Tú puedes abrir caminos que hoy todavía no veo.
Señor Jesús, en ti pongo mi esperanza.
Tú eres mi Salvador.
Cuando me pierda, búscame.
Cuando me desvíe, corrígeme.
Cuando caiga, levántame.
Cuando tenga miedo, acompáñame.
Cuando peque, llámame a la conversión.
Cuando esté cansado, fortaléceme.
Cuando no comprenda, enséñame a confiar.
Quiero ser de aquellos que te buscan.
No perfectamente.
Pero sinceramente.
Quiero levantarme cada mañana y volver a orientarme hacia ti.
Quiero terminar cada día examinando dónde estuve y hacia dónde estoy caminando.
Quiero que mi fe sea más que palabras.
Que produzca frutos.
Que haga mi corazón más humilde.
Mis palabras más verdaderas.
Mis decisiones más justas.
Mis manos más generosas.
Mi esperanza más firme.
Señor, mira desde el cielo.
Y cuando mires mi vida, encuentra a alguien que todavía te busca.
Aunque tenga preguntas.
Aunque tenga luchas.
Aunque todavía necesite cambiar muchas cosas.
Que siempre vuelva a buscarte.
Pon fin a aquello que me mantiene cautivo.
Devuélveme la libertad.
Devuélveme la alegría.
Y haz que mi vida pueda regocijarse nuevamente en tu salvación.
Amén.