¿Para qué sirve el Salmo 71?
El Salmo 71 sirve para renovar la confianza en Dios, pedir protección, afrontar con esperanza el paso del tiempo y recordar que las experiencias vividas pueden fortalecer nuestra fe frente a nuevas dificultades.
El Salmo 71 es una profunda oración de confianza pronunciada por alguien que contempla toda su vida a la luz de la fidelidad de Dios. El salmista recuerda que desde su juventud ha esperado en el Señor y, al llegar a la vejez, vuelve a pedir que no lo abandone cuando sus fuerzas comiencen a disminuir.
Este Salmo puede acompañarnos cuando atravesamos etapas de cambio, cuando sentimos temor ante el paso del tiempo, cuando necesitamos protección frente a una dificultad o cuando queremos recordar todo aquello que Dios nos ha permitido superar a lo largo de nuestra historia.
El Salmo 71 completo ofrece además una hermosa enseñanza sobre la esperanza perseverante. El salmista ha conocido tribulaciones, pero también consuelo. Por eso decide continuar esperando, añadir nuevas alabanzas y transmitir a las generaciones futuras las maravillas que ha experimentado.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 71 sirve para renovar nuestra confianza en Dios cuando sentimos que nuestras fuerzas disminuyen, cuando atravesamos cambios importantes o cuando necesitamos recordar que la fidelidad divina puede acompañarnos durante todas las etapas de la vida.
También es especialmente significativo para las personas mayores, pues contiene una de las peticiones más conmovedoras del libro de los Salmos: “No me abandones en el tiempo de la vejez”. Sin embargo, su mensaje no pertenece solamente a una edad determinada. Habla a cualquier persona que necesite mirar hacia atrás, reconocer el camino recorrido y encontrar esperanza para aquello que todavía falta por vivir.
Cuando necesitamos recordar que nuestra esperanza puede permanecer firme a pesar de las circunstancias.
Para pedir compañía, fortaleza y protección cuando las fuerzas comienzan a disminuir.
Cuando necesitamos refugio y sentimos que estamos atravesando una situación peligrosa o incierta.
Cuando queremos reconocer las dificultades que ya hemos superado y agradecer el camino recorrido.
Cuando una nueva tribulación nos hace olvidar las veces anteriores en que pudimos volver a levantarnos.
Cuando deseamos compartir con otras generaciones aquello que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida.
El significado del Salmo 71 está profundamente relacionado con la fidelidad de Dios a través del tiempo. El salmista contempla su historia completa: recuerda su juventud, reconoce la protección recibida desde sus primeros días, contempla su presente y finalmente mira hacia la vejez.
La oración nace en medio de una dificultad. Existen adversarios, acusaciones y temor al abandono. Sin embargo, la memoria se convierte en una fuente de esperanza. El salmista recuerda que Dios ya lo ha acompañado anteriormente y utiliza esa experiencia para sostener su confianza presente.
“Por mi parte no cesaré, ¡oh Señor!, de esperar en ti; y añadiré siempre nuevas alabanzas.”
Esta declaración resume una de las enseñanzas centrales del Salmo. La esperanza no aparece porque hayan desaparecido todas las dificultades. Surge mientras todavía existen problemas. El salmista decide continuar esperando.
El Salmo también presenta la vejez como una etapa que conserva propósito. El salmista desea vivir lo suficiente para anunciar a la generación siguiente aquello que ha conocido de Dios. Su experiencia puede convertirse en una herencia espiritual para quienes vienen detrás.
El Salmo comienza declarando dónde está colocada la esperanza del salmista. Antes de describir sus problemas, establece aquello que considera su fundamento.
Todos colocamos esperanza en diferentes cosas: nuestros planes, recursos, capacidades, relaciones o expectativas. Muchas de ellas pueden ser buenas, pero ninguna está completamente libre de cambiar.
La esperanza bíblica no significa ignorar la realidad. El salmista sabe perfectamente que existen dificultades.
Su decisión consiste en no permitir que esas dificultades sean la única realidad desde la cual interpreta su futuro.
El salmista teme quedar avergonzado después de haber depositado su confianza en Dios.
Es una oración muy humana. Cuando confiamos profundamente, también aparece la vulnerabilidad de preguntarnos qué ocurrirá si las cosas no salen como esperamos.
Una de las dimensiones más difíciles de la fe consiste en confiar sin conocer exactamente cómo se resolverá una situación.
Podemos pedir aquello que deseamos y al mismo tiempo mantenernos abiertos a caminos diferentes de los que habíamos imaginado.
El salmista pide que Dios intervenga de acuerdo con su justicia.
No está apelando únicamente a su propia capacidad para defenderse. Presenta su causa delante de Dios y pide ser liberado del peligro.
La oración contiene el deseo profundo de ser escuchado.
En momentos difíciles, saber que alguien nos escucha puede ser ya una forma importante de consuelo.
El salmista no pide solamente una solución aislada. Pide protección.
Quiere encontrar en Dios un lugar seguro desde el cual pueda enfrentar aquello que está ocurriendo.
La imagen del asilo comunica descanso y seguridad.
Cuando estamos preocupados, nuestra mente puede permanecer constantemente en estado de alerta. Necesitamos espacios donde podamos descansar sin sentir que debemos resolverlo todo en ese mismo instante.
Algunas circunstancias externas tardarán en cambiar.
Mientras buscamos soluciones, necesitamos también un lugar interior donde recuperar serenidad, ordenar pensamientos y evitar decisiones tomadas únicamente desde el miedo.
El salmista recuerda quién ha sido Dios para él.
Esta memoria personal es importante: no habla solamente de una idea aprendida, sino de una confianza construida a lo largo de una historia.
Cuando aparece un nuevo problema solemos concentrarnos tanto en él que olvidamos dificultades anteriores que también parecieron enormes.
Recordar aquello que ya hemos atravesado puede ayudarnos a recuperar perspectiva.
La oración vuelve a ser concreta. Existe algo de lo que el salmista necesita ser liberado.
También nosotros podemos nombrar delante de Dios aquello que actualmente amenaza nuestra paz o nuestra seguridad.
Pedir protección no significa permanecer pasivos frente a una situación peligrosa.
Podemos rezar mientras establecemos límites, buscamos consejo, acudimos a personas confiables o tomamos las medidas responsables que correspondan.
El Salmo comienza ahora a recorrer la vida del salmista.
Su relación con Dios no pertenece solamente al presente. Tiene raíces profundas que se remontan a su juventud.
Nuestra manera de comprender a Dios puede cambiar con los años.
Las preguntas de la juventud no siempre son las mismas de la madurez, y las necesidades de cada etapa pueden transformar también nuestra manera de orar.
El salmista lleva su memoria hasta el comienzo mismo de su existencia.
Con esta imagen reconoce que su vida entera ha estado bajo una providencia que comenzó antes incluso de que pudiera comprenderla.
Algunas veces solamente recordamos aquello que salió mal.
El Salmo nos invita a contemplar también todo aquello que hizo posible que llegáramos hasta este momento.
La gratitud ocupa un lugar permanente en la vida del salmista.
No significa que todo haya sido sencillo. Precisamente los versículos posteriores mostrarán cuántas dificultades ha experimentado.
Existe una alabanza que nace de la inocencia y otra que nace después de haber atravesado pruebas.
La segunda conoce las heridas, pero también conoce la capacidad de levantarse nuevamente.
El salmista reconoce que otras personas observan su vida con asombro.
Puede haber sobrevivido a circunstancias que parecían difíciles de superar, convirtiéndose su propia historia en testimonio de perseverancia.
No todos los testimonios necesitan grandes discursos.
Algunas veces la constancia, la manera de atravesar una dificultad o la capacidad de conservar esperanza dicen más que muchas palabras.
Frente a la mirada de los demás, el salmista vuelve a colocar su atención en Dios.
No atribuye únicamente a sí mismo el hecho de haber llegado hasta allí.
La oración comienza a transformarse en alabanza.
El salmista desea que sus palabras no estén ocupadas solamente por sus problemas, sino también por el reconocimiento del bien recibido.
Si hablamos continuamente de aquello que tememos, nuestra atención puede terminar completamente dominada por el problema.
La gratitud no elimina las dificultades, pero puede impedir que olvidemos todo aquello que todavía permanece bien.
Este es uno de los versículos más conmovedores del Salmo.
El salmista mira hacia una etapa en la que sabe que su autonomía puede disminuir y expresa abiertamente su temor a quedar abandonado.
El paso del tiempo puede traer experiencia y serenidad, pero también cambios físicos, pérdidas y nuevas dependencias.
El Salmo no romantiza esa realidad. La presenta directamente delante de Dios.
El salmista sabe que su capacidad física no permanecerá siempre igual.
Esta aceptación no es pesimismo. Es una mirada realista sobre la condición humana.
Vivimos en una cultura que puede valorar a las personas principalmente por aquello que producen.
El Salmo recuerda que una persona continúa teniendo dignidad cuando ya no puede hacer todo aquello que hacía anteriormente.
Este versículo puede convertirse también en una llamada hacia nosotros.
Si alguien pide a Dios no ser abandonado durante la vejez, quizá nosotros podamos convertirnos en parte de la respuesta mediante nuestra presencia, paciencia y cuidado.
Los adversarios del salmista consideran que su vulnerabilidad demuestra que Dios lo ha abandonado.
Es una conclusión precipitada: confunden una etapa difícil con una ausencia definitiva de Dios.
Podemos cometer el mismo error cuando observamos nuestra propia vida.
Un capítulo difícil no permite conocer todavía el desenlace completo de una historia.
Esta es precisamente la mentira que el salmista teme escuchar.
En momentos de debilidad podemos interpretar rápidamente cada dificultad como evidencia de abandono.
Nuestras emociones son reales y merecen ser escuchadas, pero no siempre describen completamente la realidad.
Podemos sentir soledad y al mismo tiempo existir personas dispuestas a acompañarnos. Podemos sentir desesperanza y todavía existir posibilidades que no hemos visto.
El salmista responde a su miedo mediante una oración de cercanía.
No pide comprender todas las razones de aquello que ocurre. Pide que Dios permanezca cerca.
Cuando sufrimos, muchas veces buscamos respuestas.
Sin embargo, existen situaciones para las que ninguna explicación inmediata resulta suficiente. En ellas, la compañía puede ser más importante que una teoría.
La petición vuelve a ser urgente.
La fe del salmista no le impide reconocer que necesita ayuda ahora.
El Salmo contiene una petición fuerte contra quienes calumnian y buscan perjudicar al salmista.
Desde una lectura cristiana podemos transformar estas palabras en una petición para que la mentira, la injusticia y los planes dañinos pierdan su fuerza.
Perdonar no significa llamar bueno a aquello que estuvo mal.
Podemos pedir que la verdad sea conocida, que una injusticia sea reparada y que exista protección, sin permitir que el deseo de venganza controle nuestra vida.
Este versículo representa uno de los grandes puntos de inflexión del Salmo.
El salmista no puede controlar aquello que hacen sus adversarios, pero sí puede decidir qué hará él: continuará esperando.
No podemos controlar todas las circunstancias ni todas las decisiones de otras personas.
Podemos, en cambio, trabajar sobre nuestra propia respuesta: qué decimos, qué hacemos, dónde buscamos ayuda y cuánto espacio permitimos que el problema ocupe dentro de nosotros.
El salmista espera tener nuevos motivos para agradecer.
Su historia no está cerrada. Cree que todavía pueden existir experiencias que se añadan a todas aquellas que ya puede recordar.
Con el paso de los años podemos sentir que las mejores experiencias pertenecen únicamente al pasado.
El Salmo propone una mirada diferente: mientras exista vida, todavía pueden aparecer nuevos motivos de gratitud.
La experiencia personal comienza a convertirse en testimonio.
El salmista quiere hablar de aquello que ha aprendido, no para colocarse a sí mismo en el centro, sino para señalar la fidelidad que reconoce detrás de su historia.
El salmista reconoce sus límites frente a la sabiduría humana.
Esta humildad es importante. Podemos compartir aquello que hemos experimentado sin pretender poseer respuestas para todas las preguntas.
Recordar aparece nuevamente como una práctica espiritual.
La memoria permite unir diferentes etapas de nuestra vida y reconocer patrones que en su momento quizá no pudimos ver.
Puede ser útil recordar personas, oportunidades, decisiones y momentos que fueron importantes para superar etapas difíciles.
La gratitud se vuelve más concreta cuando dejamos de hablar solamente en términos generales y recordamos hechos específicos.
El salmista contempla su propia vida como un proceso de aprendizaje.
No solamente ha vivido acontecimientos; ha aprendido a través de ellos.
Algunas enseñanzas solamente se comprenden después de haberlas vivido.
La paciencia, la prudencia, el perdón, los límites y la capacidad de comenzar nuevamente suelen aprenderse lentamente.
El salmista habla desde la experiencia.
No necesita contar historias ajenas cuando su propia vida contiene suficientes razones para hablar de aquello que ha visto.
Estas dos palabras contienen una idea importante.
El salmista reconoce todo lo vivido hasta este momento, pero su historia todavía continúa.
La petición vuelve a aparecer porque realmente importa al salmista.
No solamente teme perder fuerzas. Quiere conservar propósito durante esa etapa de su vida.
El salmista desea permanecer para anunciar a quienes vienen después aquello que ha aprendido.
Su experiencia acumulada puede convertirse en un regalo para una generación que todavía está comenzando su propio camino.
Compartir experiencia no significa exigir que otros vivan exactamente como nosotros.
Podemos contar aquello que aprendimos, reconocer nuestros errores y permitir que la siguiente generación tome también sus propias decisiones.
El horizonte del Salmo se amplía.
Una vida no existe solamente para sí misma. Nuestras decisiones, enseñanzas y ejemplos pueden influir en personas que vienen detrás.
Este versículo puede invitarnos a pensar en nuestra propia herencia.
Más allá de bienes materiales, podemos dejar historias, valores, conocimientos, recuerdos, reconciliaciones y ejemplos que continúen produciendo bien.
Después de recorrer su historia, el salmista llega a una expresión de admiración.
La memoria de lo vivido desemboca nuevamente en alabanza.
El Salmo no afirma que una vida acompañada por Dios esté libre de sufrimiento.
Al contrario, el salmista reconoce haber atravesado numerosas y dolorosas tribulaciones.
No necesitamos reescribir nuestra historia como si todo hubiera sido bueno.
Podemos reconocer claramente aquello que dolió y, al mismo tiempo, reconocer que no consiguió destruir toda nuestra vida.
Esta es una de las imágenes más esperanzadoras del Salmo.
Después de haber atravesado tribulaciones profundas, el salmista puede decir que volvió a vivir.
Cuando estamos dentro de una crisis podemos sentir que nuestra vida será siempre igual.
Sin embargo, nuestra propia historia puede contener pruebas de que las etapas cambian.
La imagen expresa una recuperación desde un lugar extremadamente profundo.
El salmista no habla de una dificultad pequeña. Habla de haber llegado muy abajo y haber podido regresar.
Algunas experiencias pueden hacernos sentir que hemos perdido demasiado.
El Salmo 71 conserva abierta la posibilidad de reconstrucción incluso después de haber atravesado momentos muy oscuros.
Después de la tribulación aparece el consuelo.
No necesariamente como olvido de aquello que ocurrió, sino como una nueva capacidad para vivir sin que el dolor gobierne cada momento.
Algunas heridas no desaparecen de un día para otro.
Podemos notar la recuperación cuando comenzamos nuevamente a interesarnos por el futuro, disfrutar pequeños momentos y pensar en proyectos que antes parecían imposibles.
Los últimos versículos están llenos de música y alabanza.
El salmista quiere celebrar aquello que antes solamente podía pedir.
La oración termina muy lejos del miedo con el que comenzó.
La persona que pidió protección termina imaginándose cantando con alegría.
El recorrido completo del Salmo muestra una transformación.
Comienza con una persona que pide no ser confundida y termina con alguien dispuesto a hablar durante todo el día de la justicia de Dios.
Juventud, madurez, vejez, tribulación, protección, memoria, enseñanza y esperanza aparecen reunidas en un mismo Salmo.
Por eso el Salmo 71 puede acompañarnos en muchas etapas diferentes: nos recuerda que nuestra historia todavía puede seguir produciendo significado.
La enseñanza principal del Salmo 71 es que la esperanza puede acompañarnos durante toda la vida. El salmista recuerda a Dios desde su juventud, pide no ser abandonado en la vejez y utiliza toda su historia como fundamento para continuar confiando.
También nos enseña que recordar puede ser una forma de fortalecer la fe. Cuando una nueva dificultad parece demasiado grande, podemos mirar hacia atrás y reconocer otras etapas que también parecieron imposibles y que, sin embargo, logramos atravesar.
El Salmo concede además una enorme dignidad a la vejez. La disminución de las fuerzas no significa la desaparición del propósito. El salmista todavía tiene algo que comunicar: desea contar a la generación siguiente aquello que ha aprendido.
Sus peticiones contra quienes procuran su daño pueden convertirse para nosotros en una oración para que la injusticia sea detenida, la mentira sea descubierta y el mal pierda su fuerza, dejando el juicio en manos de Dios.
Finalmente, el Salmo 71 nos invita a no pensar que nuestra historia ya terminó mientras todavía tenemos vida. Después de muchas tribulaciones pueden aparecer nuevos consuelos, nuevas alabanzas y nuevas razones para decir: “No cesaré de esperar en ti”.
En ti, Señor, quiero poner nuevamente mi esperanza.
Hay muchas cosas en las que puedo apoyarme.
Mis capacidades.
Mis planes.
Mi experiencia.
Las personas que me rodean.
Los recursos que he conseguido.
Y doy gracias por todo ello.
Pero también sé que muchas cosas pueden cambiar.
Por eso quiero recordar que mi esperanza más profunda no puede depender solamente de aquello que hoy parece seguro.
Sé para mí un Dios protector.
Sé mi refugio cuando aparezcan situaciones que no puedo controlar.
Dame un lugar interior donde pueda recuperar la calma.
Cuando mi mente quiera resolver diez problemas al mismo tiempo, ayúdame a detenerme.
Cuando imagine todos los escenarios negativos posibles, devuélveme al presente.
Cuando tenga que tomar una decisión, dame prudencia.
Cuando tenga que esperar, dame paciencia.
Cuando tenga que actuar, dame valor.
Y cuando tenga que reconocer que no puedo solo, dame humildad para pedir ayuda.
Señor, tú conoces mi historia.
Conoces aquello que recuerdo y aquello que he olvidado.
Conoces los días felices.
Las decisiones acertadas.
Los errores que todavía me enseñan.
Las personas que llegaron.
Las personas que se fueron.
Las oportunidades que aproveché.
Y aquellas que dejé pasar.
Tú conoces cada etapa.
Ayúdame a mirar mi propia historia con verdad.
No quiero recordar solamente aquello que salió mal.
Quiero recordar también todo aquello que pude superar.
Las veces que pensé que no podría continuar y continué.
Las preocupaciones que alguna vez ocuparon todos mis pensamientos y que hoy apenas recuerdo.
Las puertas que se cerraron y me obligaron a buscar caminos diferentes.
Las personas que aparecieron cuando necesitaba ayuda.
Los momentos en los que recibí una fuerza que no sabía que tenía.
Haz que esa memoria fortalezca mi esperanza presente.
Señor, desde mi juventud han cambiado muchas cosas.
También yo he cambiado.
Algunas cosas que antes parecían enormes ahora parecen pequeñas.
Y algunas cosas que antes no valoraba ahora comprendo que eran importantes.
Gracias por todo lo que la vida me ha enseñado.
Gracias incluso por las lecciones que hubiera preferido aprender de otra manera.
No permitas que desperdicie aquello que he aprendido.
Dame sabiduría para utilizar mi experiencia sin convertirme en una persona cerrada.
Que los años no me hagan pensar que ya lo sé todo.
Que pueda seguir aprendiendo.
Seguir preguntando.
Seguir escuchando.
Seguir cambiando aquello que todavía necesita cambiar.
Señor, cuando llegue el tiempo de la vejez, no me abandones.
Cuando mis fuerzas no sean las mismas, recuérdame que mi dignidad tampoco depende de ellas.
Cuando necesite ayuda para cosas que antes hacía solo, dame humildad para recibirla.
Cuando mi cuerpo cambie, dame paciencia.
Cuando algunas posibilidades desaparezcan, ayúdame a descubrir las que todavía permanecen.
No permitas que piense que mi valor disminuye porque mi productividad disminuya.
Enséñame a encontrar propósito en cada etapa.
Y desde ahora hazme sensible con quienes ya viven esa realidad.
Que no olvide a las personas mayores de mi familia.
Que tenga paciencia para escucharlas.
Que no las trate como si su experiencia ya no tuviera importancia.
Que pueda acompañarlas.
Que pueda llamarlas.
Que pueda hacerles sentir que todavía pertenecen.
Señor, cuando me falten fuerzas, no me desampares.
Y cuando vea a otra persona perdiendo fuerzas, no permitas que yo la abandone.
Dios mío, protégeme también de quienes puedan aprovecharse de mi vulnerabilidad.
Dame discernimiento.
Si alguien habla falsamente de mí, permite que la verdad aparezca.
Si alguien busca perjudicarme, ayúdame a protegerme con prudencia.
Si necesito establecer límites, dame firmeza.
Si necesito pedir consejo, dame humildad.
Si necesito acudir a otras personas para defender aquello que es justo, dame claridad.
Pero líbrame también de vivir permanentemente a la defensiva.
No quiero convertir cada desacuerdo en persecución.
No quiero pensar que toda crítica nace de mala intención.
Dame capacidad para distinguir.
Para escuchar aquello que puede ayudarme.
Para rechazar aquello que busca destruirme.
Y para no responder impulsivamente cuando estoy herido.
Señor, no te alejes de mí.
Hay momentos en los que necesito respuestas.
Pero hay otros en los que necesito principalmente sentir compañía.
Cuando no comprenda lo que está ocurriendo, permanece conmigo.
Cuando una explicación no sea suficiente, dame paz.
Cuando tenga que atravesar un proceso largo, dame constancia.
Acude, Dios mío, a socorrerme.
Tú sabes exactamente dónde necesito ayuda.
Algunas necesidades puedo explicarlas.
Otras apenas sé cómo nombrarlas.
Recíbelas todas.
Señor, no quiero que el resentimiento gobierne mi vida.
Si alguien me hizo daño, pongo también esa herida delante de ti.
Haz justicia.
Permite que la verdad sea conocida.
Protege a quien necesite protección.
Pero no permitas que yo permanezca encadenado a quien me lastimó solamente porque sigo pensando cada día en aquello que ocurrió.
Quiero ser libre.
Libre para continuar.
Libre para aprender.
Libre para volver a confiar prudentemente.
Libre para disfrutar las cosas buenas sin permitir que una herida antigua ocupe todo el presente.
Por mi parte, Señor, no quiero cesar de esperar en ti.
Aunque todavía existan preguntas.
Aunque algunas cosas no hayan salido como esperaba.
Aunque haya planes que necesiten cambiar.
Aunque tenga que comenzar nuevamente en algún aspecto de mi vida.
Quiero continuar esperando.
Y quiero añadir nuevas alabanzas.
No quiero pensar que todos mis mejores recuerdos pertenecen al pasado.
Todavía pueden ocurrir cosas buenas.
Todavía puedo conocer personas.
Todavía puedo aprender.
Todavía puedo construir.
Todavía puedo reconciliarme.
Todavía puedo cambiar.
Todavía puedo ayudar.
Todavía puedo encontrar nuevos motivos para agradecer.
No permitas que una edad, una pérdida o un fracaso me convenzan de que mi historia ya terminó.
Señor, quiero hacer memoria.
Enséñame a detenerme de vez en cuando y mirar el camino recorrido.
No para vivir atrapado en el pasado.
Sino para reconocer cuánto he cambiado.
Cuánto he aprendido.
Cuánto he recibido.
Y cuántas cosas que parecían imposibles finalmente quedaron atrás.
Tú has sido mi maestro desde mi tierna edad.
Continúa enseñándome.
Enséñame mediante las personas que encuentro.
Mediante mis errores.
Mediante las oportunidades.
Mediante las dificultades.
Mediante la Escritura.
Mediante el silencio.
Y mediante aquellas experiencias sencillas que solamente comprendemos cuando prestamos atención.
Señor, dame también algo bueno que transmitir a quienes vienen detrás.
Que mi experiencia no se convierta solamente en nostalgia.
Que pueda transformarse en sabiduría.
Ayúdame a compartir aquello que aprendí sin imponerlo.
A aconsejar sin controlar.
A contar mis errores sin vergüenza cuando puedan ayudar a alguien.
A escuchar también a las generaciones nuevas.
Porque ellas tendrán preguntas diferentes.
Desafíos diferentes.
Herramientas diferentes.
Y caminos que yo quizá nunca tuve que recorrer.
Dame humildad para aprender también de ellas.
Señor, he conocido tribulaciones.
Algunas pequeñas.
Otras que dejaron marcas profundas.
Hubo momentos en los que pensé que nunca volvería a sentirme igual.
Y quizá realmente no volví a ser exactamente igual.
Pero continué viviendo.
Aprendí.
Cambié.
Volví a reír.
Volví a hacer planes.
Volví a encontrar motivos para levantarme.
Gracias por haberme hecho revivir tantas veces.
Cuando nuevamente me encuentre en un abismo, recuérdame que ya he salido de otros.
No para minimizar mi dolor presente.
Sino para impedir que piense que este dolor será necesariamente eterno.
Vuelve a mí y consuélame.
Haz que poco a poco regrese la tranquilidad.
Que vuelva el deseo de hacer planes.
Que vuelva la capacidad de disfrutar.
Que vuelva la curiosidad por aquello que todavía puede ocurrir.
Que vuelva la esperanza.
Y cuando llegue el consuelo, ayúdame a reconocerlo.
Porque algunas veces esperamos un milagro enorme y no vemos las pequeñas señales de recuperación que ya están apareciendo.
Un día con menos miedo.
Una noche de mejor descanso.
Una conversación que nos devuelve ánimo.
Una idea nueva.
Una oportunidad.
Una sonrisa que vuelve después de mucho tiempo.
Ayúdame a valorar también esas pequeñas cosas.
Señor, quiero que mis labios puedan rebosar de gozo.
No porque mi vida haya sido perfecta.
Sino porque después de todo sigo aquí.
Sigo aprendiendo.
Sigo amando.
Sigo intentando.
Sigo esperando.
Y todavía tengo cosas por vivir.
Que mi historia completa pueda convertirse algún día en una alabanza.
No solamente mis éxitos.
También aquello que tuve que reconstruir.
No solamente mis alegrías.
También las lágrimas que me enseñaron compasión.
No solamente aquello que hice bien.
También los errores que me hicieron más humilde.
No solamente mi juventud.
También cada etapa que todavía me permitas vivir.
En ti, Señor, tengo puesta mi esperanza.
Sé mi protector.
Sé mi refugio.
No me abandones cuando disminuyan mis fuerzas.
Hazme revivir cuando atraviese nuevas tribulaciones.
Consuélame cuando esté herido.
Y dame siempre nuevos motivos para alabarte.
Que mientras tenga voz pueda agradecer.
Mientras tenga experiencia pueda compartir.
Mientras tenga tiempo pueda amar.
Y mientras tenga vida pueda continuar esperando en ti.
Amén.
Para rezar el Salmo 71 puede ser especialmente útil contemplar nuestra propia historia. No es solamente una oración para pedir ayuda presente; también invita a recordar el camino recorrido y reconocer aquello que hemos aprendido a través de los años.
El Salmo 71 sirve para renovar la confianza en Dios, pedir protección, afrontar con esperanza el paso del tiempo y recordar que las experiencias vividas pueden fortalecer nuestra fe frente a nuevas dificultades.
El significado del Salmo 71 gira alrededor de la fidelidad de Dios a través de toda la vida. El salmista recuerda su juventud, contempla su vejez, reconoce las tribulaciones superadas y decide continuar esperando.
Sí, contiene peticiones especialmente significativas para esa etapa, como “No me abandones en el tiempo de la vejez”. Sin embargo, su mensaje de esperanza, protección y memoria puede acompañar a personas de cualquier edad.
Expresa una decisión de perseverar en la esperanza incluso mientras todavía existen dificultades. El salmista no espera solamente cuando todo va bien, sino también durante la tribulación.
Enseña que la vejez conserva dignidad y propósito. El salmista desea utilizar su experiencia para transmitir a la siguiente generación aquello que ha aprendido y conocido de Dios.
Pueden convertirse en una petición para que Dios detenga la injusticia, descubra la mentira y proteja al inocente. No necesitan utilizarse como una invitación a la violencia o a la venganza personal.
Puedes leerlo lentamente mientras recuerdas diferentes etapas de tu vida, agradecer por las dificultades superadas, presentar tus preocupaciones actuales y pedir fortaleza para aquello que todavía falta por recorrer.
Expresa la experiencia de haber atravesado profundas tribulaciones y haber recuperado nuevamente la vida, la esperanza y el consuelo. Es una imagen de restauración después del sufrimiento.
Sí. Sus palabras pueden convertirse en una hermosa oración por las personas mayores, pidiendo que sean acompañadas, protegidas, consoladas y valoradas durante esa etapa de su vida.
Que podemos mirar nuestra historia, reconocer las tribulaciones atravesadas y encontrar en esa memoria razones para continuar esperando. Mientras exista vida, todavía pueden existir nuevos motivos de alabanza.