¿Para qué sirve el Salmo 93?
El Salmo 93 sirve para fortalecer nuestra confianza en el poder y la estabilidad de Dios, especialmente cuando atravesamos incertidumbre, cambios o problemas que parecen superar nuestras fuerzas.
El Salmo 93 es una breve pero poderosa proclamación de la grandeza de Dios. Frente a un mundo que puede parecer inestable, ruidoso y agitado, este Salmo dirige nuestra mirada hacia una certeza superior: el Señor reina y su poder permanece por encima de cualquier fuerza que pueda levantarse.
Las aguas y las olas representan aquello que se agita, amenaza y parece imposible de controlar. Sin embargo, el salmista contempla incluso la fuerza del mar y declara que Dios es todavía más admirable en las alturas. Por eso, el Salmo 93 puede convertirse en una oración de confianza cuando sentimos que las circunstancias están fuera de nuestro control.
Rezar este Salmo es recordar que nuestra seguridad definitiva no se encuentra en conseguir que nada cambie, sino en permanecer unidos a Aquel que permanece cuando todo lo demás se mueve.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 93 sirve para fortalecer nuestra confianza en Dios cuando atravesamos situaciones de incertidumbre, cambios inesperados, problemas que parecen crecer o circunstancias que sentimos fuera de nuestro control. Su mensaje central recuerda que, aunque las aguas se levanten y el mundo parezca agitarse, Dios permanece firme.
También puede rezarse para recuperar serenidad, pedir fortaleza ante una crisis, recordar que Dios es mayor que nuestros problemas y renovar nuestra confianza en su Palabra.
Para recordar que Dios permanece firme cuando no sabemos qué ocurrirá.
Para encontrar un punto de apoyo espiritual cuando muchas cosas parecen desordenarse al mismo tiempo.
Cuando nuestras preocupaciones hacen demasiado ruido y necesitamos volver a confiar.
Para recordar que ninguna dificultad es superior al poder de Dios.
Cuando necesitamos apoyarnos nuevamente en las promesas y testimonios del Señor.
Cuando debemos aceptar que no podemos controlar completamente lo que sucede.
El significado del Salmo 93 gira alrededor de una verdad fundamental: Dios reina y su autoridad no depende de las circunstancias humanas. Su trono no aparece como consecuencia de una victoria reciente ni de una situación favorable. El salmista afirma que está establecido desde siempre y que Dios existe desde la eternidad.
Frente a esta estabilidad aparecen los ríos y las aguas levantando su voz. La imagen transmite fuerza, ruido, agitación y amenaza. Es una representación poderosa de todo aquello que puede hacernos sentir pequeños o vulnerables.
“Maravillosas son las encrespaduras del mar; mas admirable es el Señor en las alturas.”
El Salmo no afirma que las aguas carezcan de fuerza. Reconoce su grandeza y, precisamente después de reconocerla, proclama que Dios es mayor. La fe bíblica no necesita disminuir nuestros problemas para engrandecer a Dios.
Finalmente, el Salmo pasa del poder de Dios a la confianza en sus testimonios y a la santidad de su casa. No basta reconocer que Dios es poderoso: también debemos aprender a confiar en su Palabra y orientar nuestra vida hacia Él.
El Salmo comienza directamente con una proclamación: Dios reina.
Antes de hablar de los problemas, del ruido de las aguas o de cualquier amenaza, establece primero quién posee la autoridad definitiva.
Con frecuencia hacemos exactamente lo contrario. Primero contemplamos aquello que nos preocupa, calculamos todas las posibilidades negativas y permitimos que el miedo crezca.
Después intentamos recordar a Dios.
El Salmo cambia ese orden. Antes de mirar las aguas, mira al Señor.
Nuestra vida puede transformarse rápidamente. Una noticia puede cambiar nuestros planes, una relación puede atravesar dificultades, un proyecto puede fracasar o una preocupación puede aparecer inesperadamente.
Ninguna de esas cosas modifica quién es Dios.
La gloria expresa la grandeza y majestad de Dios.
El salmista contempla al Señor como Rey y reconoce que su grandeza supera cualquier poder visible.
Existen problemas que parecen ocupar todo nuestro horizonte.
Pensamos en ellos al despertar, durante el día y antes de dormir.
El Salmo no nos obliga a fingir que son pequeños. Nos invita a recordar que no son lo más grande que existe.
Dios aparece revestido de fuerza.
No es una presencia débil frente al caos. El lenguaje del Salmo transmite autoridad, estabilidad y capacidad para sostener aquello que ha creado.
Podemos resolver muchas cosas mediante inteligencia, esfuerzo, disciplina y ayuda de otras personas.
Pero también existen situaciones donde descubrimos claramente nuestros límites.
Reconocerlos no significa rendirnos. Significa dejar de exigirnos una omnipotencia que nunca hemos tenido.
Una parte importante de la paz espiritual consiste en aprender esta verdad.
Tenemos responsabilidades reales, pero no somos responsables de controlar cada resultado.
Confiar en Dios no significa abandonar nuestras responsabilidades.
Podemos actuar, prepararnos, buscar soluciones, pedir consejo y tomar decisiones prudentes.
Después debemos reconocer que existen elementos que no podemos dominar.
La imagen transmite estabilidad.
Frente al movimiento de las aguas que aparecerá después, la tierra está firmemente establecida.
Cuando muchas áreas de nuestra vida cambian simultáneamente podemos sentir que no tenemos dónde apoyarnos.
El Salmo invita a buscar nuestra estabilidad última en Dios.
Confiar en Dios no garantiza que nuestra vida permanecerá exactamente igual.
Podemos experimentar cambios importantes y conservar una profunda estabilidad interior.
Algunas veces confundimos estabilidad con inmovilidad.
Sin embargo, una persona profundamente arraigada puede atravesar cambios sin perder aquello que realmente sostiene su vida.
El reinado de Dios no es improvisado.
Su autoridad no apareció recientemente ni depende de que los acontecimientos humanos sean favorables.
Muchas veces nuestra oración empieza cuando algo nos preocupa.
Para nosotros, ese puede ser el comienzo de la crisis. Pero Dios no acaba de llegar a nuestra historia.
Su presencia precede nuestras preocupaciones.
Nuestra perspectiva está limitada por el tiempo.
Recordamos una parte del pasado, conocemos una pequeña porción del presente y desconocemos gran parte del futuro.
Dios no está limitado de la misma manera.
El futuro puede inquietarnos precisamente porque todavía no podemos verlo.
Imaginamos escenarios y algunas veces sufrimos anticipadamente por cosas que quizá nunca sucedan.
La fe no consiste en saber exactamente qué ocurrirá.
Consiste también en reconocer que aquello que todavía desconocemos no queda fuera de la presencia de Dios.
Después de contemplar la estabilidad divina aparece una imagen completamente distinta: las aguas comienzan a levantarse.
La escena transmite movimiento, amenaza y fuerza.
Cada persona conoce momentos donde siente que las aguas están subiendo.
Puede tratarse de problemas económicos, familiares, laborales, emocionales o de decisiones difíciles.
Algunas dificultades comienzan siendo pequeñas y poco a poco ocupan más espacio.
La incertidumbre aumenta y nuestra mente empieza a imaginar hasta dónde podrían llegar.
Los problemas no solamente existen: algunas veces hacen ruido.
Exigen nuestra atención continuamente y pueden impedirnos escuchar cualquier otra cosa.
Una preocupación puede convertirse en una conversación constante dentro de nuestra mente.
Repetimos escenarios, imaginamos respuestas y volvemos una y otra vez sobre las mismas preguntas.
Pensar en un problema puede ayudarnos a resolverlo.
Pero repetir indefinidamente aquello que ya hemos analizado puede agotarnos sin producir ninguna solución nueva.
La oración puede convertirse en un espacio donde dejamos de alimentar por unos minutos la conversación de nuestros temores.
No para ignorar la realidad, sino para contemplarla desde una perspectiva más amplia.
La repetición aumenta la intensidad de la imagen.
No se trata de una pequeña corriente tranquila. El salmista contempla aguas poderosas.
La fe no exige llamar pequeño a aquello que realmente es grande.
Podemos reconocer honestamente la gravedad de una situación y seguir confiando en Dios.
Si existe un problema real debemos reconocerlo.
Si necesitamos ayuda debemos buscarla.
Si debemos tomar una decisión difícil debemos afrontarla.
La confianza en Dios acompaña la responsabilidad; no la sustituye.
La palabra “estruendo” expresa perfectamente la experiencia de determinadas crisis.
Todo parece suceder al mismo tiempo y resulta difícil pensar con claridad.
No siempre nos derrumba un único problema.
Algunas veces es la acumulación: una preocupación familiar, un pendiente económico, cansancio, trabajo, una conversación difícil y varias pequeñas cosas ocurriendo simultáneamente.
Cuando las aguas hacen demasiado ruido necesitamos distinguir qué requiere atención ahora y qué puede esperar.
Podemos pedir a Dios claridad para dar solamente el siguiente paso.
Muchas situaciones que parecen imposibles cuando las contemplamos completas se vuelven manejables cuando las dividimos en pequeños pasos.
La oración puede ayudarnos a recuperar esa perspectiva.
El salmista reconoce la impresionante fuerza del mar.
No necesita despreciar su poder para afirmar la grandeza de Dios.
Algunas situaciones realmente son mayores que nuestras capacidades individuales.
Admitirlo puede ser un acto de sabiduría.
Dios puede ayudarnos mediante otras personas.
Familiares, amigos, profesionales, comunidades y personas con experiencia pueden convertirse en instrumentos de apoyo.
Aquí aparece el centro espiritual del Salmo.
Las aguas son impresionantes, pero Dios es más grande.
Esta distinción puede transformar nuestra perspectiva.
Cuando una preocupación ocupa toda nuestra atención comienza a comportarse interiormente como si fuera absoluta.
El Salmo vuelve a colocar cada cosa en su lugar.
El miedo puede advertirnos de peligros reales, pero no debería gobernar todas nuestras decisiones.
Podemos escucharlo sin entregarle el trono de nuestra vida.
Las aguas pueden levantar su voz, pero no poseen la última palabra.
El Salmo dirige nuestra mirada hacia una realidad situada por encima del estruendo.
Vivimos expuestos continuamente a acontecimientos preocupantes.
Estar informados puede ser importante, pero una exposición constante al conflicto y al miedo puede hacernos sentir que solamente existe caos.
Así como cuidamos aquello que comemos, conviene cuidar aquello que permitimos entrar continuamente en nuestra mente.
La oración, el silencio, la lectura espiritual y las relaciones sanas pueden ayudarnos a recuperar equilibrio.
Algunas veces las aguas no están fuera de nosotros.
Son pensamientos, recuerdos, preocupaciones y posibilidades que se levantan unas detrás de otras.
Nuestra mente puede construir escenarios que todavía no existen.
Una posibilidad negativa no es automáticamente una realidad futura.
Podemos preguntarnos: ¿Qué está ocurriendo realmente ahora? ¿Qué puedo hacer hoy? ¿Qué parte debo entregar a Dios porque todavía no depende de mí?
Estas preguntas pueden reducir el ruido de preocupaciones futuras.
El deseo de control busca eliminar toda incertidumbre.
La confianza acepta que cierta incertidumbre forma parte de la vida y decide avanzar aun así.
Podemos hablar, establecer límites, expresar necesidades y tomar decisiones sobre nuestra propia conducta.
Pero no podemos garantizar cómo responderán los demás.
Podemos planificar responsablemente, pero ningún plan elimina todos los imprevistos.
El Salmo 93 nos ayuda a planificar sin convertir nuestros planes en nuestra única seguridad.
Un cambio inesperado puede hacernos sentir que hemos perdido estabilidad.
En esos momentos podemos recordar que nuestra seguridad más profunda nunca debía depender exclusivamente de que todo ocurriera exactamente como habíamos imaginado.
Mudanzas, cambios laborales, nuevas etapas familiares, pérdidas, comienzos y despedidas pueden modificar profundamente nuestra rutina.
La presencia de Dios puede convertirse en el hilo que une una etapa con la siguiente.
No siempre podremos conseguir que el exterior permanezca tranquilo.
Pero podemos desarrollar una vida interior menos dependiente de cada cambio externo.
Después de contemplar el poder de Dios sobre las aguas, el Salmo dirige la atención hacia su Palabra.
El Dios poderoso es también el Dios en quien podemos confiar.
Durante una crisis podemos olvidar convicciones que parecían claras durante tiempos tranquilos.
El miedo puede hacernos interpretar toda nuestra historia desde el problema presente.
Recordar momentos anteriores de ayuda puede impedir que cada nueva dificultad parezca la primera crisis que hemos enfrentado.
Hemos atravesado otras aguas antes.
Cuando nuestras emociones cambian rápidamente necesitamos principios más estables que nuestros estados de ánimo.
La Palabra de Dios puede ofrecer ese punto de referencia.
La Escritura debe leerse con atención a su sentido, su contexto y la fe de la Iglesia.
Confiar en la Palabra no significa utilizar versículos aislados como garantías automáticas de que ocurrirá exactamente aquello que deseamos.
No consiste en asegurar que nunca tendremos dificultades.
Consiste en creer que ninguna dificultad puede colocarnos fuera de la presencia y del amor de Dios.
El Salmo termina hablando de santidad.
Después de reconocer que Dios reina, surge una consecuencia: nuestra vida debe orientarse hacia aquello que corresponde a su presencia.
No basta decir que Dios tiene autoridad mientras vivimos como si nuestras decisiones no tuvieran ninguna dimensión moral.
La fe busca transformar también nuestra manera de actuar.
Puede manifestarse en decisiones aparentemente pequeñas: decir la verdad, cumplir nuestra palabra, tratar dignamente a otros, reconocer errores, evitar una injusticia y elegir el bien cuando nadie nos observa.
La tradición cristiana nos invita a comprender que nuestra relación con Dios no queda limitada a un edificio.
Estamos llamados a llevar su presencia a nuestra vida diaria.
El Salmo termina nuevamente con una perspectiva de permanencia.
Comenzó proclamando la estabilidad del reinado de Dios y concluye mirando hacia los siglos.
Muchas cosas que hoy ocupan enormemente nuestra atención terminarán pasando.
Algunas preocupaciones actuales incluso perderán importancia dentro de algunos años.
No todos los problemas poseen la misma importancia.
El Salmo puede ayudarnos a distinguir entre aquello que requiere una respuesta seria y aquello a lo que quizá estamos entregando demasiado espacio interior.
El Salmo 93 puede convertirse entonces en una oración muy sencilla:
“Señor, esto me supera, pero no te supera a ti”.
Podemos reconocerlo sin vergüenza.
La valentía cristiana no consiste en no sentir miedo, sino en impedir que el miedo sea nuestra única voz.
Podemos pedir a Dios que calme el ruido suficiente para distinguir los hechos de nuestras suposiciones y actuar con prudencia.
Algunas veces no podemos solucionar el problema de otra persona.
Podemos acompañarla, escucharla, ofrecer ayuda concreta y poner su vida en manos de Dios.
El silencio puede sentirse como otra forma de tormenta.
En ese tiempo podemos continuar orando sin necesidad de fingir que comprendemos lo que está sucediendo.
Podemos hablarle con sinceridad.
La confianza auténtica no consiste en esconder nuestras preguntas, sino en llevarlas delante de Él.
Cuando estamos dentro de una etapa difícil podemos sentir que nuestra vida entera se reduce a ella.
Pero una temporada, por intensa que sea, no necesariamente representa el final de nuestra historia.
El Salmo eleva nuestra mirada.
Las olas existen, pero también existe algo por encima de ellas.
Naturalmente podemos pedir que una dificultad termine.
Pero también podemos pedir sabiduría, fortaleza, paciencia y claridad mientras la atravesamos.
Existen momentos donde la solución todavía no ha llegado y, sin embargo, podemos comenzar a recuperar serenidad.
Esa paz no nace de tener todas las respuestas, sino de saber dónde hemos puesto nuestra confianza.
Si Dios ocupa el lugar central, otras cosas encuentran gradualmente su proporción correcta.
Aquello que parecía absoluto vuelve a ser solamente una parte de nuestra vida.
Incluso durante una etapa difícil pueden continuar existiendo personas que nos aman, oportunidades, aprendizajes, responsabilidades y pequeños momentos buenos.
No permitamos que una tormenta vuelva invisible todo lo demás.
Esta es una de las lecciones espirituales más profundas del Salmo.
Podemos actuar responsablemente y después dejar espacio para que la vida continúe desarrollándose sin exigir conocer de antemano cada detalle.
Reconocer que Dios reina no significa que nuestras decisiones carezcan de importancia.
Precisamente porque nuestra vida importa, estamos llamados a elegir responsablemente y orientar nuestra libertad hacia el bien.
La existencia del mal y del sufrimiento plantea preguntas profundas que el Salmo no pretende resolver mediante una explicación sencilla.
Su respuesta es una proclamación de esperanza: el caos no posee autoridad definitiva.
La fe cristiana contempla la historia desde una perspectiva que supera el instante presente.
Por eso puede continuar esperando incluso cuando todavía existen cosas que necesitan ser reparadas.
Oramos, discernimos, trabajamos, buscamos ayuda, protegemos aquello que debemos proteger y seguimos realizando el bien que está a nuestro alcance.
La confianza no es pasividad.
Cada noche quedan pendientes.
Parte de confiar consiste en aceptar que podemos descansar aunque el mundo continúe girando y algunas respuestas todavía estén pendientes.
El Salmo 93 nos enseña a contemplar nuestras tormentas desde la grandeza de Dios.
No promete una existencia sin aguas agitadas. Nos recuerda algo más profundo: las aguas nunca se convierten en Dios.
Pueden levantarse, hacer ruido y parecernos enormes, pero por encima de ellas permanece el Señor.
La enseñanza principal del Salmo 93 es que Dios permanece firme y soberano aun cuando nuestra realidad parece agitada. Las circunstancias cambian, los problemas pueden crecer y nuestras seguridades humanas pueden tambalearse, pero el Señor permanece.
El Salmo no minimiza el poder de las aguas. Reconoce su estruendo y su fuerza, pero inmediatamente dirige nuestra mirada más arriba: “mas admirable es el Señor en las alturas”.
Esta enseñanza nos invita a actuar responsablemente frente a nuestros problemas sin convertirlos en la realidad absoluta de nuestra existencia. Podemos reconocer aquello que nos supera y, al mismo tiempo, confiar en que no supera a Dios.
El Salmo termina recordándonos que su Palabra es digna de confianza y que reconocer el reinado de Dios debe conducirnos hacia una vida de santidad, fidelidad y esperanza.
Señor Dios mío,
hoy quiero recordar que tú reinas.
Antes de mirar mis problemas,
quiero mirarte a ti.
Antes de escuchar el ruido de mis preocupaciones,
quiero recordar tu voz.
Antes de pensar en todo aquello que puede salir mal,
quiero recordar todo aquello que permanece firme en ti.
Señor,
tú te has revestido de gloria.
Tú eres fuerte.
Tú eres eterno.
Y yo necesito recordar
que no estoy solo frente a aquello que me preocupa.
Hay cosas que puedo resolver.
Dame inteligencia para resolverlas.
Hay cosas que debo enfrentar.
Dame valor para enfrentarlas.
Hay decisiones que debo tomar.
Dame sabiduría para tomarlas.
Y hay cosas que simplemente
no puedo controlar.
Dame humildad para aceptarlo.
Señor,
algunas veces quiero tener todo bajo control.
Quiero saber qué ocurrirá mañana.
Quiero conocer el resultado
antes de dar el siguiente paso.
Quiero garantías.
Quiero certezas.
Quiero eliminar cualquier posibilidad
de que algo salga diferente de mis planes.
Pero no puedo hacerlo.
Señor,
enséñame a vivir sin exigirle a la vida
una seguridad absoluta que solamente puedo encontrar en ti.
Tú eres desde la eternidad.
Mi vida es pequeña delante de tu grandeza,
pero no es pequeña para tu amor.
Tú conoces mi historia.
Conoces aquello que ya viví.
Conoces este momento.
Y conoces también
aquello que todavía no puedo ver.
Señor,
cuando tenga miedo del futuro,
recuérdame que el futuro no está fuera de tu presencia.
Cuando imagine escenarios negativos,
ayúdame a distinguir
entre aquello que realmente está sucediendo
y aquello que solamente estoy imaginando.
Dame serenidad para regresar al presente.
Señor,
hoy escucho también mis propios ríos.
Algunas preocupaciones han levantado su voz.
Algunas preguntas hacen ruido dentro de mí.
Algunas situaciones parecen olas
que vienen una detrás de otra.
Tú sabes cuáles son.
Tú sabes aquello que me preocupa
aunque yo no consiga explicarlo perfectamente.
Señor,
no te pido fingir que estas aguas no existen.
Existen.
Algunas son verdaderamente grandes.
Algunas necesitan soluciones.
Algunas necesitan tiempo.
Algunas requieren ayuda de otras personas.
Y algunas solamente pueden ser entregadas a ti.
Dame sabiduría para distinguir unas de otras.
Señor,
cuando el ruido sea demasiado grande,
ayúdame a detenerme.
A respirar.
A orar.
A mirar nuevamente la realidad.
A preguntarme qué puedo hacer ahora
en lugar de intentar resolver toda mi vida
en un solo momento.
Señor,
dame claridad para el siguiente paso.
Quizá no necesito conocer todavía
los siguientes cien.
Dame luz suficiente para caminar hoy.
Y cuando llegue mañana,
vuelve a acompañarme.
Señor,
las aguas pueden ser poderosas,
pero tú eres más admirable.
Mis problemas pueden ser grandes,
pero no son Dios.
Mis temores pueden hablar fuerte,
pero no tienen autoridad absoluta sobre mi vida.
Mis circunstancias pueden cambiar,
pero tú permaneces.
Señor,
no permitas que el miedo ocupe tu lugar.
Que pueda escucharlo cuando me advierta
de algo que realmente necesita atención,
pero que no se convierta en mi rey.
Que mis decisiones no nazcan solamente
del temor.
Dame prudencia.
Dame serenidad.
Dame perspectiva.
Señor,
cuando una situación me supere,
enséñame a pedir ayuda.
Quita de mí el orgullo
que quiere resolverlo todo solo.
Pon cerca de mí personas sabias.
Personas capaces de escuchar.
Personas capaces de orientarme.
Y dame humildad para recibir
la ayuda que llegue.
Señor,
cuando alguien que amo
esté atravesando sus propias aguas,
enséñame también a acompañar.
Que no pretenda tener siempre
una respuesta para todo.
Algunas veces quizá solamente necesite escuchar.
Estar presente.
Ayudar en algo concreto.
Y rezar.
Señor,
cuando cambien mis planes,
no permitas que piense
que todo está perdido.
Dame flexibilidad para adaptarme.
Sabiduría para descubrir nuevas posibilidades.
Y confianza para comenzar nuevamente
cuando sea necesario.
Señor,
algunas veces me aferro demasiado
a la manera exacta
en que creo que deberían ocurrir las cosas.
Y cuando no ocurren así,
siento que todo salió mal.
Enséñame a distinguir
entre mis planes
y aquello que realmente necesito.
Señor,
quiero confiar en tus testimonios.
Cuando mis emociones cambien,
recuérdame aquello que ya sé.
Cuando una crisis me haga olvidar
todo el camino recorrido,
devuélveme la memoria.
Recuérdame otras aguas
que ya atravesé.
Recuérdame problemas
que alguna vez parecieron enormes
y que hoy forman parte del pasado.
Recuérdame las personas que aparecieron.
Las puertas que se abrieron.
La fuerza que encontré.
Las veces que pude continuar
cuando pensé que no podría hacerlo.
Señor,
dame una fe que no dependa
de que todo esté tranquilo.
Porque habrá días tranquilos
y habrá días de olas.
Habrá momentos de claridad
y otros donde no sabré qué hacer.
Quiero aprender a encontrarte
en todos ellos.
Señor,
cuando no pueda cambiar inmediatamente
mis circunstancias,
trabaja dentro de mí.
Dame paciencia.
Dame fortaleza.
Dame sabiduría.
Dame esperanza.
Y cuando llegue el momento de actuar,
dame decisión.
Señor,
no quiero utilizar la confianza
como excusa para permanecer inmóvil.
Muéstrame aquello que sí me corresponde hacer.
Si debo hablar,
dame las palabras.
Si debo guardar silencio,
dame prudencia.
Si debo avanzar,
dame valor.
Si debo esperar,
dame paciencia.
Si debo alejarme,
dame claridad.
Señor,
enséñame también a descansar.
Algunas noches intento seguir resolviendo
problemas solamente con mi pensamiento.
Doy vueltas a las mismas posibilidades.
Repito conversaciones.
Imagino escenarios.
Y termino agotado.
Ayúdame a reconocer
cuándo ya hice suficiente por hoy.
Señor,
mientras yo descanso,
tú continúas siendo Dios.
El mundo no depende de que yo permanezca despierto.
Mis preocupaciones no se solucionan
simplemente porque piense en ellas toda la noche.
Dame la gracia de entregar el día
y comenzar nuevamente mañana.
Señor,
santifica también mi vida.
Si verdaderamente creo que tú reinas,
que eso pueda verse en mis decisiones.
En mi manera de tratar a otros.
En mi manera de trabajar.
En mi honestidad.
En aquello que hago
cuando nadie me está observando.
Señor,
limpia aquello que necesita cambiar en mí.
No quiero pedirte solamente
que ordenes las circunstancias externas.
Ordena también mi interior.
Si existe orgullo,
dame humildad.
Si existe resentimiento,
enséñame a sanar.
Si existe egoísmo,
enséñame generosidad.
Si existe miedo,
dame confianza.
Si existe confusión,
dame claridad.
Señor,
quiero construir mi vida
sobre aquello que permanece.
No solamente sobre circunstancias favorables.
No solamente sobre dinero.
No solamente sobre reconocimiento.
No solamente sobre planes.
No solamente sobre la aprobación de otras personas.
Quiero construir sobre ti.
Señor,
cuando las aguas estén tranquilas,
que no me olvide de ti.
Y cuando se levanten,
que no piense que me has abandonado.
Tú eres el mismo
durante la calma
y durante la tormenta.
Señor,
hoy pongo delante de ti
aquello que no puedo controlar.
Las respuestas de otras personas.
Los acontecimientos futuros.
Las posibilidades que todavía desconozco.
Los resultados que no dependen completamente de mí.
No quiero cargar con una responsabilidad
que nunca me correspondió.
Señor,
hazme responsable de aquello que sí puedo hacer
y libre de la obsesión
por aquello que no puedo dominar.
Que pueda repetir cuando lo necesite:
las aguas pueden levantarse,
pero Dios permanece.
Las olas pueden hacer ruido,
pero Dios permanece.
Los planes pueden cambiar,
pero Dios permanece.
Mis emociones pueden cambiar,
pero Dios permanece.
Señor,
tú eres más grande
que aquello que hoy me preocupa.
No porque mi preocupación sea insignificante,
sino porque tu grandeza no tiene comparación.
Por eso hoy decido confiar.
Haré aquello que me corresponde.
Buscaré ayuda cuando la necesite.
Daré el siguiente paso.
Y aquello que no pueda sostener,
lo pondré en tus manos.
Tú reinas.
Tú permaneces.
Tú eres desde la eternidad.
Y por encima del estruendo
de todas mis aguas,
seguiré levantando los ojos hacia ti.
Amén.
Para rezar el Salmo 93, busca unos minutos de tranquilidad y piensa en aquello que actualmente sientes fuera de tu control. Después lee lentamente el Salmo y permite que la imagen de las aguas te ayude a identificar tus propias preocupaciones.
El Salmo 93 sirve para fortalecer nuestra confianza en el poder y la estabilidad de Dios, especialmente cuando atravesamos incertidumbre, cambios o problemas que parecen superar nuestras fuerzas.
Su significado central es que Dios reina y permanece firme por encima del caos. Las aguas pueden levantarse y hacer ruido, pero ninguna fuerza supera al Señor.
Dentro de la poesía del Salmo representan fuerzas impresionantes y amenazadoras. En la oración personal pueden ayudarnos a expresar aquellas situaciones que sentimos grandes, inestables o difíciles de controlar.
Significa que podemos reconocer la verdadera magnitud de nuestros problemas sin olvidar que Dios es mayor. La fe no necesita minimizar una dificultad para confiar en Él.
Sí. Es especialmente apropiado cuando sentimos miedo o incertidumbre, porque ayuda a recordar que nuestras emociones y circunstancias cambian, mientras Dios permanece.
No. Su mensaje no consiste en garantizar una vida sin dificultades, sino en proclamar que Dios permanece por encima de ellas y que podemos confiar en Él mientras actuamos responsablemente.
Puedes leerlo lentamente, identificar las preocupaciones que hoy hacen ruido en tu vida, decidir qué acciones concretas te corresponden y entregar a Dios aquello que está fuera de tu control.
Sí. Puede ser especialmente útil cuando las preocupaciones dificultan el descanso. Su mensaje recuerda que podemos terminar el día aunque todavía existan asuntos pendientes, porque Dios continúa siendo Dios mientras nosotros descansamos.
Expresa confianza en la verdad y fidelidad de Dios. El Salmo une su poder con su confiabilidad: no solamente reconoce que Dios es grande, sino también que podemos apoyarnos en su Palabra.
Que nuestras circunstancias pueden agitarse sin que Dios deje de ser firme. Podemos reconocer la fuerza de nuestras dificultades, hacer aquello que nos corresponde y confiar el resto al Señor.