¿Para qué sirve el Salmo 117?
El Salmo 117 sirve principalmente para alabar y agradecer a Dios, recordar su misericordia y fortalecer nuestra confianza en su fidelidad.
El Salmo 117 es el más breve de todo el libro de los Salmos, pero sus pocas palabras contienen un mensaje extraordinariamente amplio: todos los pueblos y todas las naciones son invitados a alabar al Señor. La oración rompe cualquier frontera y dirige la mirada hacia un Dios cuya misericordia y fidelidad permanecen para siempre.
Su brevedad hace que pueda aprenderse fácilmente de memoria y convertirse en una oración para cualquier momento del día. Puede rezarse al despertar, antes de comenzar el trabajo, al terminar una jornada, durante una celebración familiar o simplemente cuando deseamos detenernos unos instantes para agradecer.
Rezar el Salmo 117 completo nos recuerda además que la alabanza no pertenece únicamente a una persona o a un pueblo determinado. La invitación alcanza a toda la humanidad. Allí donde exista una persona capaz de reconocer la misericordia y la fidelidad de Dios, puede elevarse esta misma oración.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 117 sirve principalmente como una oración de alabanza y agradecimiento. En solamente dos versículos concentra dos grandes razones para reconocer a Dios: su misericordia hacia nosotros y la permanencia eterna de su verdad.
También es un Salmo especialmente apropiado para comenzar o terminar el día. Su brevedad permite rezarlo incluso cuando disponemos de poco tiempo, pero su significado puede acompañarnos durante muchas horas: recordar que la misericordia de Dios es grande y que su fidelidad no depende de las circunstancias cambiantes de nuestra vida.
Cuando queremos reconocer las bendiciones recibidas y agradecer a Dios por su misericordia.
Como una breve oración para iniciar nuestras actividades poniendo la jornada delante de Dios.
Para detenernos antes de descansar y reconocer el bien que estuvo presente durante la jornada.
Porque su invitación se dirige a pueblos y naciones, recordándonos que la fe también se vive junto a otros.
Cuando las circunstancias cambian y necesitamos apoyarnos en algo que permanezca firme.
Cuando las preocupaciones han ocupado nuestra atención y necesitamos volver a reconocer aquello que también está bien.
El significado del Salmo 117 puede resumirse en una invitación universal a reconocer a Dios. El primer versículo llama a todas las naciones y a todos los pueblos. El segundo explica la razón de esa alabanza: la misericordia de Dios se ha manifestado poderosamente y su verdad permanece eternamente.
A pesar de ser el Salmo más breve, su horizonte es inmenso. No se concentra únicamente en la experiencia individual del salmista. Mira hacia toda la humanidad y presenta la alabanza como una respuesta que puede unir a personas procedentes de lugares, pueblos y culturas diferentes.
“Porque se ha confirmado sobre nosotros su misericordia, y la verdad del Señor permanece eternamente.”
La misericordia y la verdad aparecen como fundamentos de la alabanza. No alabamos solamente cuando nuestra vida se desarrolla exactamente como deseamos. Podemos alabar porque el carácter de Dios permanece incluso cuando nuestras circunstancias cambian.
Para la espiritualidad cristiana, esta apertura hacia todas las naciones posee además un profundo sentido universal: Dios llama a todos los pueblos y su salvación no está destinada a quedar encerrada dentro de fronteras humanas.
El Salmo 117 contiene solamente dos versículos. Sin embargo, la cantidad de palabras no determina la profundidad de una oración.
Algunas de las expresiones espirituales más poderosas pueden ser muy sencillas. Cuando una frase nace de una convicción verdadera, puede acompañarnos durante todo el día.
Existen momentos para una oración prolongada y otros para una oración breve.
Podemos encontrarnos trabajando, viajando, esperando una cita o simplemente atravesando un día muy ocupado. Una pequeña oración pronunciada con atención puede ayudarnos a volver nuestra mirada hacia Dios.
El Salmo comienza directamente con una invitación a la alabanza.
Alabar significa reconocer quién es Dios, contemplar su bondad y responder con gratitud. No consiste únicamente en pedir algo.
Muchas veces nuestra oración comienza cuando necesitamos resolver un problema.
Esto es completamente humano. Sin embargo, el Salmo 117 nos invita también a presentarnos delante de Dios sin una lista de peticiones y simplemente reconocerlo.
Podemos dedicar algunos momentos exclusivamente al agradecimiento.
Sin pedir una nueva oportunidad, una nueva solución o una nueva bendición. Solamente reconocer aquello que ya está presente.
La invitación del Salmo es universal.
No llama únicamente a Israel ni solamente a un pequeño grupo de personas. Convoca a todas las naciones.
Estas palabras fueron escritas en un contexto histórico concreto, pero su horizonte supera cualquier frontera geográfica.
Personas de diferentes países, idiomas y culturas pueden pronunciar hoy la misma alabanza.
El Salmo nos protege de una visión reducida de la fe.
Dios no puede ser apropiado como propiedad exclusiva de una nación, una cultura o una clase social.
Para el cristianismo, esta invitación a todas las naciones encuentra una resonancia especial en la misión universal del Evangelio.
El mensaje de Dios está destinado a cruzar idiomas, fronteras y diferencias culturales.
El segundo llamado refuerza el primero.
Todas las comunidades humanas están invitadas a reconocer a Dios.
Las personas podemos diferenciarnos por nacionalidad, historia, costumbres y muchas otras características.
El Salmo dirige nuestra mirada hacia algo capaz de superar esas diferencias: todos dependemos de una misericordia mayor que nosotros mismos.
Podemos rezar solos y desarrollar una profunda vida espiritual personal.
Pero la Biblia también presenta continuamente la oración compartida. La fe no está diseñada únicamente para vivirse en aislamiento.
Existe algo especial cuando varias personas expresan juntas su gratitud.
La oración comunitaria nos recuerda que nuestra experiencia individual forma parte de una historia mucho más grande.
Hay momentos en los que quizá no tenemos fuerzas para sostener una oración intensa.
En esos días la comunidad puede ayudarnos. Podemos escuchar la oración de otros hasta que nuestro propio corazón vuelva a encontrar palabras.
El segundo versículo comienza ofreciendo una razón para la alabanza.
El Salmo no ordena simplemente alabar sin explicar por qué. Presenta dos motivos fundamentales: misericordia y verdad.
Creer no significa renunciar a pensar.
Podemos preguntarnos por qué creemos, qué experiencias han fortalecido nuestra fe y qué hemos aprendido acerca de Dios a lo largo de nuestra historia.
La misericordia de Dios aparece como una realidad poderosa y comprobada.
No es presentada solamente como una idea teórica. El pueblo puede mirar su propia historia y reconocerla.
Quizá también nosotros podamos reconocer momentos concretos de misericordia.
Una oportunidad que llegó cuando parecía demasiado tarde, una persona que apareció en un momento difícil, un error del que pudimos aprender o una reconciliación que parecía imposible.
Algunas veces identificamos la ayuda de Dios únicamente con aquello que pedimos exactamente.
Pero con el paso del tiempo podemos descubrir que determinadas puertas cerradas, retrasos o cambios también terminaron conduciéndonos hacia algo bueno.
El Salmo no promete que quienes confían en Dios vivirán libres de problemas.
La misericordia puede acompañarnos precisamente dentro de circunstancias difíciles, dándonos fortaleza, orientación y personas con quienes atravesarlas.
Reconocer que nosotros mismos necesitamos misericordia puede hacernos menos duros al juzgar a los demás.
Esto no significa justificar aquello que está mal, sino recordar que todas las personas necesitan oportunidades para reconocer errores, reparar daños y cambiar.
Una experiencia espiritual auténtica debería producir alguna transformación en nuestra manera de relacionarnos.
Si agradecemos continuamente la paciencia de Dios, podemos preguntarnos también cuánto espacio damos nosotros a la paciencia.
Algunas personas consiguen perdonar errores ajenos con mayor facilidad que sus propios errores.
Viven recordando decisiones equivocadas muchos años después de haberlas reconocido y corregido.
La misericordia no significa negar nuestros errores.
Significa reconocerlos, asumir sus consecuencias cuando corresponda, reparar aquello que podamos y permitir después que nuestra vida continúe.
Podemos ser misericordiosos y al mismo tiempo establecer límites frente a comportamientos destructivos.
Perdonar no significa necesariamente regresar a una situación que continúa haciéndonos daño.
El Salmo utiliza un lenguaje comunitario.
No dice solamente “sobre mí”. La misericordia es contemplada como una experiencia compartida.
Podemos agradecer no solamente aquello que sucede personalmente en nuestra vida.
También podemos agradecer por nuestra familia, nuestra comunidad, las personas que trabajan por otros y las pequeñas acciones que hacen más habitable nuestro entorno.
La oración cristiana puede ampliar nuestra preocupación más allá de nosotros mismos.
Podemos aprender a celebrar el bien recibido por otros sin sentir que disminuye aquello que nosotros tenemos.
La comparación puede convertir la bendición de otra persona en motivo de frustración.
El Salmo utiliza un “nosotros” que permite contemplar el bien compartido. La alegría de alguien más también puede convertirse en motivo de agradecimiento.
Junto a la misericordia aparece la verdad.
La bondad de Dios no se presenta como sentimentalismo vacío. Está unida a su fidelidad y a aquello que permanece firme.
Necesitamos ambas.
Una misericordia separada completamente de la verdad podría convertirse en permisividad. Una verdad pronunciada sin misericordia podría convertirse en dureza.
Existen momentos en los que amar a alguien significa hablar honestamente.
Pero la forma en que comunicamos una verdad importa. No toda sinceridad necesita ser cruel.
Podemos construir explicaciones para evitar reconocer algo que necesitamos cambiar.
La oración puede convertirse en un lugar donde dejamos de defendernos y preguntamos sinceramente: ¿qué parte de esta situación necesito asumir?
Vivimos rodeados de imágenes cuidadosamente seleccionadas de la vida de otras personas.
Comparar nuestra realidad completa con la parte visible de la vida ajena puede producir una percepción profundamente injusta.
La verdad puede ayudarnos a regresar a nuestra propia vida.
A reconocer aquello que realmente tenemos, aquello que realmente necesitamos y aquello que realmente podemos cambiar.
El Salmo termina mirando hacia aquello que permanece.
Nuestra vida está llena de cambios: relaciones, trabajos, proyectos, capacidades, circunstancias económicas y etapas personales.
Si nuestra paz depende únicamente de que todo permanezca exactamente como está, viviremos constantemente amenazados por el cambio.
El Salmo dirige nuestra confianza hacia una fidelidad que trasciende nuestras circunstancias.
Una temporada difícil puede terminar.
También una temporada buena puede cambiar. La sabiduría espiritual consiste en disfrutar lo bueno sin convertirlo en nuestra única fuente de seguridad.
Algunas transiciones pueden hacernos sentir que perdimos una parte de nuestra identidad.
Termina un trabajo, cambia una relación, los hijos crecen, envejecemos o un proyecto que ocupó años llega a su fin.
El Salmo recuerda que nuestra historia continúa sostenida por una fidelidad mayor que cada una de esas etapas.
Podemos despertarnos un día llenos de entusiasmo y otro profundamente cansados.
Nuestra percepción cambia, pero Dios no necesita cambiar con ella.
No todas las oraciones producen una emoción intensa.
Algunos días rezaremos con entusiasmo y otros simplemente permaneceremos delante de Dios. La ausencia de una emoción particular no significa que nuestra oración sea inútil.
Contemplar la fidelidad de Dios puede invitarnos a practicarla en nuestras propias relaciones.
Cumplir nuestra palabra, llegar cuando dijimos que llegaríamos, cuidar compromisos y permanecer presentes en momentos difíciles son formas concretas de fidelidad.
Ser fiel no significa tolerar indefinidamente abuso, violencia o daño.
Existen situaciones en las que la decisión responsable consiste precisamente en establecer distancia y buscar ayuda.
Debido a su brevedad, puede convertirse fácilmente en una oración al despertar.
Antes de revisar mensajes, noticias o pendientes, podemos dedicar unos segundos a reconocer que comienza un nuevo día.
Normalmente despertamos pensando inmediatamente en aquello que debemos resolver.
La gratitud no elimina nuestras obligaciones, pero puede impedir que la preocupación sea el primer pensamiento que gobierne toda la jornada.
También podemos rezarlo antes de dormir.
Al final del día podemos preguntarnos dónde encontramos misericordia, qué salió mejor de lo esperado y qué personas hicieron nuestra jornada más llevadera.
Nuestra mente puede recordar con gran facilidad aquello que salió mal.
Practicar conscientemente la gratitud ayuda a observar también aquello que funcionó, aunque haya sido pequeño.
Cuando recibimos una noticia que esperábamos, podemos detenernos antes de continuar con nuestra rutina y agradecer.
La alegría también puede convertirse en oración.
Si únicamente rezamos cuando estamos asustados, nuestra relación espiritual puede quedar asociada exclusivamente con la emergencia.
Alabar durante los momentos buenos amplía nuestra relación con Dios.
Puede parecer extraño alabar cuando atravesamos problemas.
Pero la alabanza no exige negar aquello que está mal. Podemos reconocer simultáneamente una dificultad y algo bueno que todavía permanece.
En una etapa difícil quizá no podamos decir que todo está bien.
Pero tal vez podamos agradecer una persona que permanece a nuestro lado, una posibilidad que todavía existe o simplemente la fuerza para continuar un día más.
No necesitamos obligarnos a llamar bueno a aquello que realmente duele.
Podemos decir: “Esto es difícil” y al mismo tiempo reconocer: “No todo está perdido”.
El Salmo 117 puede rezarse fácilmente en familia porque es breve y sencillo.
Después de leerlo, cada persona podría mencionar una cosa por la que desea agradecer.
La gratitud puede cultivarse desde pequeños mediante prácticas muy sencillas.
No necesita convertirse en un discurso complicado. Preguntar “¿qué fue lo mejor de tu día?” puede abrir un espacio para reconocer el bien.
Cumpleaños, aniversarios, logros académicos, nuevas oportunidades y encuentros familiares pueden convertirse también en momentos de oración.
El Salmo 117 ayuda a integrar la gratitud dentro de nuestras celebraciones.
Cuando alcanzamos una meta podemos acostumbrarnos rápidamente al resultado.
Recordar el camino recorrido nos ayuda a conservar la gratitud y a valorar el esfuerzo propio y el apoyo recibido.
Dar gracias a Dios no debería hacernos olvidar a quienes participaron concretamente en nuestro camino.
Podemos reconocer a familiares, amigos, maestros, compañeros, profesionales y personas que nos ofrecieron oportunidades.
Algunas veces apreciamos profundamente a una persona, pero asumimos que ya lo sabe.
Decir gracias de manera explícita puede fortalecer nuestras relaciones.
Podemos acostumbrarnos a observar primero los defectos de los demás.
La misericordia nos invita a mirar a cada persona reconociendo que su historia contiene dimensiones que quizá desconocemos.
Una respuesta brusca o una actitud distante pueden tener explicaciones que desconocemos.
Esto no justifica cualquier comportamiento, pero puede ayudarnos a evitar juicios precipitados.
La confianza necesita verdad.
Cuando construimos relaciones sobre engaños, tarde o temprano aparece inestabilidad. La fidelidad del Señor puede inspirarnos a buscar mayor coherencia entre aquello que decimos y aquello que hacemos.
No podemos controlar si todas las personas serán fieles con nosotros.
Pero sí podemos trabajar para convertirnos nosotros en personas cuya palabra tenga valor.
Cuando estamos completamente concentrados en un problema, éste puede parecer ocupar toda nuestra realidad.
La alabanza amplía la mirada. Nos recuerda que existe una realidad mayor que aquello que hoy nos preocupa.
Después de rezar quizá todavía tengamos que realizar una llamada difícil, pagar una cuenta, estudiar, trabajar o afrontar una conversación pendiente.
La oración no sustituye nuestras responsabilidades. Puede ayudarnos a regresar a ellas con una perspectiva diferente.
Podemos memorizar fácilmente el Salmo 117 y repetirlo interiormente.
Su brevedad lo convierte en una excelente oración para integrar en la vida cotidiana.
Una misma oración puede adquirir significados distintos dependiendo del momento que estamos viviendo.
Las palabras permanecen iguales, pero nosotros llegamos a ellas con nuevas experiencias.
Hay momentos en los que queremos rezar pero no encontramos palabras.
El Salmo 117 puede convertirse entonces en nuestra oración completa: alabar, recordar la misericordia y descansar en la fidelidad de Dios.
“Naciones todas” y “pueblos todos” continúan siendo palabras extraordinariamente amplias.
Cada generación puede incorporarse a esta invitación.
Para un católico, este Salmo puede recordar que la Iglesia reúne personas de innumerables pueblos y culturas.
En diferentes idiomas y continentes se eleva una misma alabanza a Dios.
Unidad no significa uniformidad absoluta.
Personas diferentes pueden compartir una misma fe conservando expresiones culturales, historias y sensibilidades distintas.
Si todos los pueblos son invitados a alabar al mismo Dios, ninguna nación posee una dignidad humana superior a otra.
La universalidad del Salmo nos invita a mirar a los demás con respeto.
Alabar a Dios significa reconocer que nosotros no somos el centro absoluto de la realidad.
Esta conciencia puede liberarnos de la necesidad de controlar todo y de pensar que cada acontecimiento depende exclusivamente de nosotros.
Dependemos de innumerables personas y circunstancias que no controlamos.
Incluso las cosas más ordinarias de nuestra vida existen gracias al trabajo y la colaboración de muchas personas que quizá nunca conoceremos.
Cuando comprendemos cuánto recibimos, dejamos de considerar todo como un derecho automático.
Esto puede ayudarnos a cuidar mejor aquello que tenemos.
Agradecer un don también significa preguntarnos cómo lo estamos utilizando.
Podemos agradecer nuestro tiempo y al mismo tiempo preguntarnos cómo lo invertimos; agradecer nuestros talentos y preguntarnos qué hacemos con ellos.
Aquello que recibimos puede transformar aquello que ofrecemos.
Quien se sabe perdonado puede aprender a perdonar. Quien fue acompañado puede aprender a acompañar. Quien recibió una oportunidad puede ofrecer oportunidades.
Contemplar la fidelidad de Dios también puede hacernos revisar nuestros compromisos.
Podemos preguntarnos si estamos cuidando nuestra palabra, nuestras responsabilidades y a las personas que confían en nosotros.
La alabanza no termina cuando termina una oración.
Puede continuar en la forma en que trabajamos, tratamos a nuestra familia, cumplimos nuestros compromisos y utilizamos aquello que hemos recibido.
Podemos decir que Dios es misericordioso y después preguntarnos si nuestra propia conducta refleja algo de esa misericordia.
Podemos proclamar que Dios es fiel y después revisar si nosotros somos confiables.
El Salmo 117 demuestra que una oración breve puede abrir preguntas enormes.
¿Por qué agradecemos? ¿Cómo tratamos a otros? ¿En qué fundamentamos nuestra seguridad? ¿Qué permanece cuando nuestras circunstancias cambian?
El Salmo 117 nos enseña que la alabanza puede ser sencilla, universal y profundamente transformadora. En dos versículos dirige nuestra atención hacia tres realidades: toda la humanidad está invitada a reconocer a Dios, su misericordia se manifiesta sobre nosotros y su verdad permanece eternamente.
La oración nos invita a salir de una espiritualidad centrada exclusivamente en nuestras necesidades. Podemos presentarnos delante de Dios simplemente para reconocer el bien, agradecer y recordar aquello que permanece cuando nuestra vida cambia.
También nos recuerda que la misericordia recibida debería producir misericordia, y que contemplar la fidelidad de Dios puede inspirarnos a convertirnos en personas más fieles y confiables.
Aunque sea el Salmo más breve, su mensaje puede acompañar una vida entera: alabar, agradecer, vivir con misericordia y confiar en una fidelidad que permanece.
La enseñanza principal del Salmo 117 es que todos los pueblos están invitados a alabar a Dios porque su misericordia se manifiesta sobre nosotros y su verdad permanece eternamente.
Su brevedad nos recuerda que la oración no necesita ser complicada para ser profunda. Podemos detenernos durante unos segundos en medio de una jornada ocupada y reconocer aquello que hemos recibido.
El Salmo también amplía nuestra mirada. La fe no es únicamente una experiencia individual. Personas de todos los pueblos y naciones pueden elevar una misma alabanza, recordándonos la dignidad común de toda la humanidad.
Finalmente, nos invita a construir nuestra confianza sobre aquello que permanece. Las circunstancias cambian continuamente, pero la fidelidad de Dios no depende de que cada día resulte exactamente como nosotros esperábamos.
Señor Dios mío, hoy quiero alabarte.
No quiero comenzar esta oración pidiendo algo.
Quiero simplemente detenerme delante de ti y decirte: gracias.
Gracias por este día.
Por la vida que continúa.
Por las personas que forman parte de mi historia.
Por aquello que tengo y que tantas veces considero normal.
Gracias por las cosas pequeñas.
Por aquellas que probablemente extrañaría muchísimo si un día dejaran de estar.
Gracias por una comida.
Por un lugar donde descansar.
Por una conversación.
Por una llamada.
Por una persona que pregunta cómo estoy.
Por las oportunidades que todavía puedo aprovechar.
Señor, todos los pueblos están invitados a alabarte.
Recuérdame que el mundo es mucho más grande que mis problemas.
Que existen millones de personas con historias, sueños, preocupaciones y esperanzas.
Ayúdame a no mirar a nadie como si tuviera menos dignidad.
Que no desprecie a quien viene de otro lugar.
A quien habla diferente.
A quien posee costumbres diferentes.
Enséñame a reconocer en cada persona una vida que también tiene valor delante de ti.
Señor, tu misericordia se ha confirmado sobre nosotros.
Quiero recordar dónde he encontrado misericordia en mi propia historia.
Las veces que cometí errores y pude comenzar nuevamente.
Las oportunidades que recibí sin merecerlas completamente.
Las personas que tuvieron paciencia conmigo.
Quienes me dieron otra oportunidad.
Quienes decidieron escucharme antes de juzgarme.
Gracias por esa misericordia.
Y ahora, Señor, enséñame a practicarla.
Que no sea implacable con los errores de otros mientras espero comprensión para los míos.
Dame paciencia con las personas que amo.
Dame prudencia antes de responder cuando estoy enojado.
Dame capacidad para escuchar antes de construir una conclusión.
Dame humildad para reconocer que algunas veces puedo estar equivocado.
Señor, que la misericordia no me haga ignorar la verdad.
Y que la verdad nunca se convierta en una excusa para ser cruel.
Enséñame a unir ambas cosas.
Verdad y misericordia.
Firmeza y compasión.
Límites y respeto.
Justicia y capacidad de perdonar.
Señor, ayúdame también a ser misericordioso conmigo.
Hay errores que ya reconocí.
Cosas que habría querido hacer diferente.
Palabras que habría preferido no pronunciar.
Decisiones que ahora, con lo que sé, habría tomado de otra manera.
Dame humildad para aprender.
Valor para reparar aquello que todavía pueda reparar.
Y misericordia para continuar caminando.
No quiero utilizar mis errores como una cadena permanente.
Quiero convertirlos en aprendizaje.
Señor, tu verdad permanece eternamente.
Yo vivo rodeado de cosas que cambian.
Cambian mis planes.
Cambian las personas.
Cambia mi trabajo.
Cambia mi cuerpo.
Cambian mis prioridades.
Cambian las circunstancias que alguna vez pensé que permanecerían para siempre.
Algunas veces esos cambios me emocionan.
Otras veces me asustan.
Dame un corazón capaz de adaptarse sin perder aquello que verdaderamente importa.
Cuando una etapa termine, acompáñame.
Cuando comience otra, acompáñame.
Cuando algo que parecía seguro cambie, recuérdame que tú permaneces.
Señor, quiero aprender a alabarte también durante los días ordinarios.
No solamente cuando sucede algo extraordinario.
Porque gran parte de mi vida está formada precisamente por días ordinarios.
Enséñame a descubrir su belleza.
Levantarme.
Trabajar.
Comer.
Conversar.
Volver a casa.
Descansar.
Tener cerca a personas conocidas.
Poder hacer planes para mañana.
Que nunca necesite perder lo ordinario para descubrir que era extraordinariamente valioso.
Señor, quiero alabarte cuando reciba buenas noticias.
Que mi primera reacción no sea solamente correr hacia el siguiente objetivo.
Permíteme detenerme.
Celebrar.
Agradecer.
Reconocer a quienes me ayudaron.
Y disfrutar aquello que tanto deseé.
Señor, quiero alabarte también cuando las noticias no sean buenas.
No para fingir que nada sucede.
No para negar mi tristeza.
No para llamar bueno a aquello que duele.
Sino para recordar que una dificultad no contiene toda mi vida.
Que incluso dentro de una temporada complicada pueden existir pequeños lugares de luz.
Una persona que permanece.
Una posibilidad todavía abierta.
Una fuerza que no sabía que tenía.
Una mañana nueva.
Señor, cuando las preocupaciones ocupen toda mi atención, enséñame a ampliar la mirada.
Que pueda reconocer el problema sin convertirlo en toda mi realidad.
Dame claridad para hacer aquello que me corresponde.
Y serenidad para aceptar aquello que no puedo controlar.
Señor, quiero ser una persona fiel.
Que mi palabra tenga valor.
Que cuando diga que haré algo, procure hacerlo.
Que cuide mis compromisos.
Que las personas que confían en mí encuentren razones para seguir confiando.
Cuando falle, dame humildad para reconocerlo.
No quiero defender cada error solamente para proteger mi orgullo.
Quiero aprender a decir: me equivoqué.
Perdóname.
Voy a intentar repararlo.
Señor, que mi alabanza no termine cuando termine esta oración.
Quiero alabarte también mediante mi manera de vivir.
En mi trabajo.
En mi familia.
En la forma en que trato a quienes no pueden ofrecerme nada a cambio.
En la manera en que administro aquello que he recibido.
En las decisiones que nadie más ve.
Que exista coherencia entre las palabras que rezo y la vida que construyo.
Señor, gracias por las personas de otros pueblos, culturas y lugares que enriquecen nuestro mundo.
Líbrame del desprecio.
De sentirme superior por aquello que tengo, por donde nací o por lo que sé.
Recuérdame que todo ser humano posee dignidad.
Que todos necesitamos misericordia.
Que todos conocemos de alguna manera la alegría, el miedo, la pérdida y la esperanza.
Señor, cuando rece este Salmo, quiero recordar que en muchos lugares otras personas también están rezando.
Tal vez en otro idioma.
Tal vez dentro de circunstancias completamente diferentes.
Pero buscando al mismo Dios.
Que esa realidad ensanche mi corazón.
Señor, hoy quiero agradecerte por aquello que todavía no había agradecido.
Por las personas que trabajan para que muchas cosas cotidianas sean posibles.
Por quienes producen nuestros alimentos.
Por quienes cuidan.
Por quienes enseñan.
Por quienes limpian.
Por quienes construyen.
Por quienes atienden a otros durante momentos difíciles.
Recuérdame que mi vida depende del trabajo de muchas personas cuyos nombres quizá nunca conoceré.
Que esta conciencia me haga más humilde.
Y más agradecido.
Señor, cuando sienta que me falta demasiado, ayúdame a mirar también aquello que ya tengo.
No para dejar de esforzarme.
No para renunciar a mis proyectos.
Sino para evitar que la búsqueda constante de lo siguiente me impida disfrutar lo presente.
Quiero tener sueños sin despreciar mi realidad actual.
Quiero avanzar sin olvidar cuánto he avanzado.
Quiero crecer sin convertirme en una persona incapaz de sentirse agradecida.
Señor, tu misericordia se ha confirmado sobre nosotros.
Tu verdad permanece eternamente.
Que estas dos certezas acompañen mi día.
Misericordia para no vivir condenado por mis errores.
Verdad para no esconderme detrás de excusas.
Misericordia para tratar mejor a los demás.
Verdad para establecer límites cuando sean necesarios.
Misericordia para ofrecer nuevas oportunidades.
Verdad para reconocer cuándo algo necesita cambiar.
Señor, quiero terminar esta oración como comenzó el Salmo: alabándote.
Alabado seas por tu misericordia.
Alabado seas por tu fidelidad.
Alabado seas durante los días buenos.
Y cuando los días sean difíciles, dame fuerza para continuar buscándote.
Que mi corazón aprenda a agradecer.
Que mis palabras aprendan a bendecir.
Y que mi vida aprenda a reflejar algo de la misericordia que tantas veces he recibido.
Amén.
El Salmo 117 puede rezarse de manera muy sencilla. Debido a que solamente contiene dos versículos, es especialmente apropiado para incorporarlo a la oración cotidiana y aprenderlo de memoria.
El Salmo 117 sirve principalmente para alabar y agradecer a Dios, recordar su misericordia y fortalecer nuestra confianza en su fidelidad.
Su significado se encuentra en la invitación universal a todos los pueblos para alabar a Dios porque su misericordia se manifiesta sobre nosotros y su verdad permanece eternamente.
Su brevedad forma parte de su particular belleza. En solamente dos versículos expresa una invitación universal a la alabanza y presenta la misericordia y fidelidad de Dios como motivos fundamentales para agradecer.
El Salmo 117 es el Salmo más breve, pues está compuesto únicamente por dos versículos.
Expresa el carácter universal de la invitación. La alabanza al Señor no queda limitada a un solo pueblo, sino que se extiende a todas las naciones.
Se refiere a la bondad y amor misericordioso de Dios manifestados hacia su pueblo. El Salmo presenta esa misericordia como una razón fundamental para alabar.
Significa que la fidelidad de Dios permanece firme y no depende de las circunstancias cambiantes de nuestra vida.
Puede leerse lentamente, deteniéndose especialmente en las palabras “misericordia” y “verdad”, y después mencionar personalmente aquello por lo que queremos agradecer a Dios.
Sí. Debido a su brevedad, es especialmente adecuado como oración diaria al comenzar la mañana, antes de dormir o durante cualquier pequeña pausa.
Que todas las personas están invitadas a alabar a Dios y que tenemos razones permanentes para hacerlo: su misericordia hacia nosotros y su fidelidad eterna.