Explicación del Salmo 141
“Señor, a ti he clamado”
El Salmo comienza con una oración directa. El salmista no esconde su necesidad ni intenta aparentar que puede resolverlo todo por sí mismo.
Clamar significa reconocer que necesitamos ayuda. En determinados momentos nuestra oración puede comenzar exactamente así: diciendo a Dios aquello que nos preocupa sin intentar adornarlo.
“Óyeme benigno”
El salmista confía en que Dios puede escucharlo con bondad.
No se acerca solamente a un poder superior, sino a un Dios al que puede dirigir su voz con confianza.
Podemos hablar con Dios desde nuestra realidad
No necesitamos esperar a sentirnos espiritualmente perfectos para comenzar a orar.
Podemos acercarnos cansados, preocupados, confundidos o incluso enojados y comenzar desde allí.
“Atiende mi voz”
Existe una necesidad profundamente humana de ser escuchados.
Cuando atravesamos un problema, muchas veces una de las primeras cosas que necesitamos es poder expresar aquello que llevamos dentro.
Orar antes de reaccionar
La estructura del Salmo resulta especialmente útil para momentos de conflicto.
Antes de hablar con quien nos ha molestado, podemos hablar primero con Dios. Esa pausa puede cambiar completamente nuestra respuesta.
“Ascienda mi oración... como el olor del incienso”
El incienso que asciende se convierte en una hermosa imagen de la oración que se eleva hacia Dios.
Nuestra oración puede parecernos sencilla, pero no por ello carece de valor.
No necesitamos oraciones complicadas
Podemos pensar que una oración necesita muchas palabras para ser profunda.
Sin embargo, una frase pronunciada sinceramente puede contener más verdad que un discurso repetido sin atención.
La oración como ofrecimiento
Comparar la oración con el incienso nos recuerda que orar no consiste únicamente en pedir cosas.
También podemos ofrecer a Dios nuestro tiempo, gratitud, atención y deseo de permanecer cerca de Él.
“La elevación de mis manos”
El cuerpo también puede participar en la oración.
Levantar las manos expresa apertura, necesidad y entrega. No es obligatorio adoptar una postura determinada, pero nuestros gestos pueden ayudarnos a expresar aquello que interiormente queremos decir.
La oración al terminar el día
La referencia al sacrificio de la tarde permite relacionar este Salmo con la oración vespertina.
Al finalizar el día podemos entregar a Dios aquello que ocurrió, agradecer lo bueno, reconocer nuestros errores y dejar en sus manos lo que todavía no hemos podido resolver.
“Pon, Señor, un guardia en mi boca”
Esta es probablemente la frase más conocida del Salmo 141.
El salmista comprende que uno de los peligros más cercanos no está necesariamente fuera de él. Puede encontrarse en sus propias palabras.
No todo lo que pensamos necesita ser dicho
Tener un pensamiento no significa que debamos expresarlo inmediatamente.
Parte de la madurez consiste en aprender a filtrar aquello que puede ser verdadero pero innecesario, aquello que puede ser correcto pero inoportuno y aquello que simplemente nace del enojo.
El silencio puede protegernos
Existen palabras que una vez pronunciadas ya no pueden recuperarse completamente.
Una pausa de algunos minutos puede evitar consecuencias que durarían mucho más tiempo.
Un guardia, no una prisión
Cuidar nuestra boca no significa permanecer siempre callados.
Hay momentos en que debemos hablar, defender a alguien, denunciar una injusticia o expresar claramente un límite.
La petición consiste en aprender a hablar de manera adecuada, no en renunciar a nuestra voz.
Antes de responder un mensaje
El Salmo puede aplicarse de manera muy concreta a nuestra vida cotidiana.
Si recibimos un mensaje que nos enfurece, quizá no necesitemos responder en ese mismo instante.
Podemos leerlo, respirar, pensar y responder después con mayor claridad.
Las palabras escritas también necesitan un guardia
Hoy muchas de nuestras palabras quedan registradas en mensajes, correos electrónicos y redes sociales.
La prudencia que pide este Salmo resulta especialmente necesaria cuando una reacción impulsiva puede permanecer visible mucho después de que la emoción haya desaparecido.
Preguntarnos para qué vamos a decir algo
Antes de hablar podemos preguntarnos cuál es nuestro objetivo.
¿Queremos solucionar algo? ¿Aclarar un hecho? ¿Establecer un límite? ¿O simplemente queremos que la otra persona sienta el mismo dolor que nosotros sentimos?
La intención modifica nuestras palabras
Una misma verdad puede decirse de maneras muy diferentes.
Podemos utilizarla para ayudar a alguien a comprender o para humillarlo. La intención importa.
“Un candado que cierre enteramente mis labios”
La imagen del candado expresa la necesidad de un límite fuerte cuando nuestras emociones pueden llevarnos demasiado lejos.
Hay ocasiones en las que la mejor respuesta inmediata es ninguna respuesta.
Cuando estamos demasiado enojados
Si sentimos que no podemos hablar sin insultar, quizá todavía no sea el momento adecuado para tener esa conversación.
Podemos pedir tiempo y regresar al asunto cuando podamos expresarnos con mayor serenidad.
Callar temporalmente no significa evitar el problema
Existe una diferencia entre posponer una conversación para prepararnos mejor y evitarla indefinidamente.
El silencio prudente debe ayudarnos a hablar mejor después, no convertirse necesariamente en una forma de huir.
“No permitas que se deslice mi corazón”
El Salmo pasa de los labios al corazón.
Esto muestra que el problema no comienza únicamente cuando pronunciamos algo. Muchas veces empieza mucho antes, en aquello que alimentamos interiormente.
Las palabras suelen revelar lo que acumulamos
Si durante semanas alimentamos resentimiento, probablemente llegará un momento en que ese resentimiento aparecerá en nuestras palabras.
Cuidar la boca también requiere cuidar el corazón.
Atender los problemas antes de explotar
Muchas discusiones aparentemente desproporcionadas no nacen solamente de lo ocurrido ese día.
Pueden ser el resultado de molestias acumuladas durante mucho tiempo.
Hablar antes de acumular demasiado
Expresar con respeto una incomodidad pequeña puede evitar que después salga convertida en una explosión mucho mayor.
La comunicación saludable no espera necesariamente hasta que el problema sea insoportable.
“Palabras maliciosas”
Las palabras pueden utilizarse para manipular, ridiculizar, provocar, engañar o destruir la reputación de alguien.
El salmista pide protección para no participar de esa manera de hablar.
No responder a la malicia con malicia
Cuando alguien nos trata mal podemos sentir que tenemos derecho a responder exactamente de la misma manera.
El Salmo propone algo más difícil: no permitir que la conducta de otra persona decida en qué clase de persona nos convertiremos nosotros.
“Para pretextar excusas en los pecados”
Esta expresión señala otra tendencia profundamente humana: justificar aquello que hacemos mal.
Podemos encontrar explicaciones para casi cualquier comportamiento cuando no queremos reconocer nuestra responsabilidad.
Explicar no siempre significa justificar
Puede haber razones que ayuden a comprender por qué actuamos de determinada manera.
Pero comprender una causa no elimina automáticamente nuestra responsabilidad por aquello que hicimos.
“Yo reaccioné así porque él empezó”
Esta es una de las excusas más comunes durante un conflicto.
La conducta de otra persona puede explicar nuestro enojo, pero seguimos siendo responsables de la manera en que decidimos responder.
Dejar de justificar nuestros errores
Una de las formas más claras de crecimiento consiste en poder decir: “Esto lo hice mal”.
Sin agregar inmediatamente una lista de razones para convertir nuestro error en culpa de alguien más.
La responsabilidad nos devuelve capacidad de cambiar
Reconocer nuestra responsabilidad puede resultar incómodo, pero también es liberador.
Si aceptamos que una parte depende de nosotros, entonces existe una parte que podemos modificar.
“En sus delicias no quiero tomar parte”
El salmista decide no participar de aquello que considera contrario a Dios, incluso cuando pueda resultar atractivo.
No toda tentación se presenta con apariencia desagradable. Algunas cosas nos atraen precisamente porque ofrecen placer, aceptación o alguna ventaja inmediata.
No todo lo agradable nos conviene
Podemos disfrutar algo en el momento y lamentar después sus consecuencias.
La madurez implica aprender a mirar más allá de la satisfacción inmediata.
La presión del grupo
En ocasiones sabemos que algo está mal, pero tememos quedar fuera si no participamos.
El Salmo nos ayuda a pedir fortaleza para conservar nuestros principios sin necesidad de despreciar a quienes piensan diferente.
No necesitamos hacer todo lo que hacen los demás
Que una conducta sea común no significa automáticamente que sea buena.
Podemos preguntarnos qué consecuencias tiene, qué valores compromete y si realmente queremos incorporarla a nuestra vida.
Elegir nuestro ambiente
El entorno influye más de lo que a veces reconocemos.
Si estamos continuamente rodeados de determinadas conductas, pueden comenzar a parecernos normales aunque antes las consideráramos equivocadas.
Influencia no significa condenar personas
Reconocer que un ambiente no nos conviene no requiere considerar inferiores a quienes permanecen en él.
Podemos simplemente reconocer nuestros límites y elegir aquello que nos ayuda a crecer.
“El justo me corregirá”
El versículo quinto contiene una de las enseñanzas más exigentes del Salmo.
El salmista acepta que puede necesitar corrección.
Nadie ve perfectamente sus propios errores
Todos tenemos puntos ciegos.
Podemos detectar fácilmente determinadas conductas en otros y tardar mucho más en reconocerlas cuando aparecen en nosotros.
Necesitamos personas capaces de decirnos la verdad
Una amistad verdadera no consiste únicamente en apoyarnos en todo.
También puede incluir la valentía de decirnos respetuosamente que estamos cometiendo un error.
Corrección con caridad y misericordia
El texto no presenta cualquier forma de corrección como deseable.
Habla de una reprensión acompañada por caridad y misericordia.
Corregir no es humillar
Podemos señalar un error sin destruir la dignidad de la persona.
Cuando una corrección busca principalmente avergonzar, exhibir o demostrar superioridad, pierde gran parte de su capacidad para ayudar.
La verdad y la caridad deben caminar juntas
La caridad sin verdad puede convertirse en complacencia.
La verdad sin caridad puede convertirse en crueldad.
El Salmo propone una corrección donde ambas permanecen unidas.
Aprender a recibir una corrección
Nuestra reacción automática puede ser defendernos.
Antes de hacerlo podemos preguntarnos: ¿hay algo verdadero en lo que esta persona está diciendo?
No toda crítica es correcta
Aceptar correcciones no significa creer automáticamente todo lo que alguien diga sobre nosotros.
También necesitamos discernimiento para distinguir una observación constructiva de una crítica injusta o manipuladora.
Observar quién nos está corrigiendo
Puede ser útil considerar si la persona conoce suficientemente la situación, si busca nuestro bien y si existe coherencia entre aquello que aconseja y su propia conducta.
No todas las opiniones tienen necesariamente el mismo peso.
No rodearnos únicamente de personas que siempre nos dan la razón
Es agradable recibir aprobación constante, pero no siempre nos ayuda a crecer.
Una persona que nunca puede cuestionarnos quizá tampoco pueda advertirnos cuando estamos tomando una mala decisión.
La aprobación equivocada también puede hacernos daño
El salmista rechaza el bálsamo del pecador.
Una aprobación puede sentirse agradable y aun así conducirnos en una dirección equivocada.
No confundir apoyo con complicidad
Apoyar a una persona no significa justificar absolutamente todas sus decisiones.
Podemos amar a alguien y al mismo tiempo decirle que creemos que determinada conducta le está haciendo daño.
Cuando nosotros debemos corregir
Antes de corregir a alguien podemos examinar nuestras propias intenciones.
¿Queremos ayudar? ¿Estamos seguros de los hechos? ¿Es el momento adecuado? ¿Podemos hablar sin humillar?
Elegir el momento correcto
Una verdad pronunciada en el peor momento puede encontrar un corazón completamente cerrado.
La prudencia también consiste en saber cuándo hablar.
Corregir en privado cuando sea posible
Muchos asuntos pueden tratarse mejor sin convertirlos en un espectáculo público.
Proteger la dignidad del otro puede facilitar que escuche aquello que necesitamos decir.
Las imágenes difíciles del Salmo
Los versículos siguientes utilizan expresiones intensas sobre la caída de quienes actúan injustamente y el peligro extremo que ha vivido el salmista.
Son imágenes nacidas de una situación de amenaza y deben comprenderse dentro del clamor por justicia y protección.
No convertir el Salmo en una oración de venganza personal
Desde la fe cristiana, estos pasajes no deben utilizarse para alimentar deseos de violencia contra personas concretas.
Podemos rezarlos pidiendo que las obras injustas sean detenidas, que las trampas fracasen y que nosotros podamos permanecer en el camino correcto.
“Estuvimos a punto de morir”
El salmista no minimiza la gravedad de aquello que ha vivido.
La espiritualidad no exige describir como pequeño aquello que realmente fue doloroso.
Reconocer una experiencia difícil
Podemos confiar en Dios y al mismo tiempo reconocer que algo nos afectó profundamente.
Sanar no comienza necesariamente negando el dolor, sino aprendiendo a atravesarlo.
“Mis ojos están levantados hacia ti”
Después de describir una situación extrema, el salmista vuelve su mirada hacia Dios.
El problema existe, pero deja de ser lo único que contempla.
Hacia donde miramos influye en nuestro interior
Si dedicamos todo el día a revisar aquello que nos preocupa, nuestra percepción puede terminar dominada completamente por el problema.
Levantar los ojos hacia Dios significa recordar que existe una realidad mayor que aquello que estamos atravesando.
No ignorar el problema, pero tampoco contemplarlo todo el día
Podemos dedicar un tiempo concreto a resolver aquello que necesita atención y después permitirnos regresar a otras áreas de nuestra vida.
Descansar también puede ser parte de una respuesta saludable.
“En ti he esperado”
Esperar en Dios no significa permanecer pasivos.
Podemos actuar responsablemente mientras reconocemos que no controlamos todos los resultados.
Hacer nuestra parte y entregar el resultado
Hay una gran diferencia entre responsabilidad y control absoluto.
Podemos preparar, trabajar, hablar, corregir y tomar decisiones; pero muchas consecuencias dependerán también de factores que no están en nuestras manos.
“Guárdame de los lazos”
El salmista vuelve a pedir protección frente a trampas.
Esto puede aplicarse espiritualmente a aquellas situaciones que parecen ofrecernos una ventaja inmediata pero terminan atrapándonos.
Algunas trampas parecen oportunidades
No todo aquello que promete un beneficio rápido necesariamente nos conviene.
Podemos preguntarnos qué compromisos exige, qué consecuencias puede tener y si nos obliga a actuar contra nuestros principios.
La tentación de responder de la misma manera
Cuando alguien utiliza métodos injustos contra nosotros podemos pensar que solamente podremos defendernos utilizando exactamente los mismos métodos.
Esa puede convertirse en una trampa: ganar una discusión y perder nuestra integridad.
No permitir que otros definan nuestras reglas
La conducta de otra persona no tiene por qué convertirse en nuestro estándar.
Podemos decidir cómo queremos actuar incluso dentro de una situación injusta.
Las emboscadas también pueden ser interiores
No todos los peligros vienen de otras personas.
Algunas de nuestras propias debilidades pueden aparecer repetidamente en determinadas circunstancias: orgullo, impulsividad, necesidad de aprobación, enojo o miedo.
Conocer nuestras vulnerabilidades
Saber dónde solemos equivocarnos no debe producir vergüenza permanente.
Puede ayudarnos a prepararnos mejor y evitar decisiones que ya sabemos que después lamentaremos.
Identificar nuestros detonantes
Podemos observar qué situaciones hacen que perdamos fácilmente la serenidad.
Conocerlas permite desarrollar respuestas más conscientes.
Cuando el problema son nuestras palabras
Si descubrimos que frecuentemente decimos cosas de las que después nos arrepentimos, podemos trabajar de manera concreta sobre ese patrón.
Por ejemplo, retrasar respuestas, evitar conversaciones importantes cuando estamos demasiado alterados o escribir primero aquello que queremos decir y revisarlo antes de enviarlo.
Cuando hablamos de otras personas
El Salmo puede convertirse en una guía contra el chisme.
Antes de repetir algo podemos preguntarnos si sabemos que es verdad, si tenemos derecho a compartirlo y si hacerlo produce algún bien.
No todo lo verdadero necesita divulgarse
Incluso una información verdadera puede pertenecer a la intimidad de otra persona.
La prudencia no consiste solamente en evitar mentiras; también incluye respetar aquello que no nos corresponde contar.
Cuando hablamos de nosotros mismos
Cuidar las palabras también significa evitar describirnos continuamente de una manera destructiva.
Reconocer nuestros errores es diferente de convertir cada error en una declaración sobre nuestro valor como personas.
Hablar con verdad también sobre nuestras capacidades
La humildad no exige negar todo lo bueno que podemos hacer.
Podemos reconocer fortalezas y debilidades sin necesidad de exagerar ninguna de las dos.
Cuando alguien nos corrige en el trabajo
Una observación profesional puede sentirse personal aunque no necesariamente lo sea.
Podemos separar el contenido de la corrección de la incomodidad que produce recibirla.
Buscar la parte útil de una crítica
Incluso una crítica expresada imperfectamente puede contener información que nos ayude.
Podemos conservar aquello que sea útil y descartar aquello que no corresponda.
Cuando la corrección es injusta
Humildad no significa aceptar acusaciones falsas.
Podemos responder con claridad, aportar hechos y defender nuestra posición sin necesidad de convertir la conversación en un ataque personal.
Cuando debemos pedir disculpas
Si descubrimos que la corrección era válida, una disculpa sencilla puede ser mucho más poderosa que una larga defensa.
Reconocer un error no elimina nuestro valor; demuestra capacidad para aprender.
La oración puede cambiar nuestra conversación
Rezar “Pon, Señor, un guardia en mi boca” antes de una conversación difícil puede ayudarnos a entrar en ella con una disposición diferente.
Quizá sigamos necesitando decir cosas difíciles, pero podemos intentar decirlas sin destruir.
Hablar menos puede ayudarnos a escuchar más
Algunas discusiones se prolongan porque ambas personas están preparando su siguiente respuesta mientras la otra habla.
Escuchar realmente puede revelar que el problema no era exactamente aquello que habíamos supuesto.
Comprender no significa necesariamente estar de acuerdo
Podemos entender la perspectiva de otra persona y continuar pensando de manera diferente.
Comprender simplemente permite que nuestra respuesta se dirija al problema real.
Evitar las palabras absolutas
Expresiones como “siempre haces esto” o “nunca haces aquello” suelen intensificar las discusiones.
Hablar de hechos concretos puede facilitar una conversación más útil.
Hablar desde nuestra experiencia
En lugar de afirmar automáticamente las intenciones de otra persona, podemos explicar cómo nos afectó determinada conducta.
Eso reduce la necesidad de adivinar aquello que el otro pensaba.
El Salmo 141 dentro de la familia
Las palabras pronunciadas dentro de la familia pueden dejar recuerdos muy duraderos.
Precisamente porque existe confianza, podemos bajar la guardia y decir cosas que jamás diríamos a otras personas.
No utilizar las vulnerabilidades del otro como armas
Conocer profundamente a alguien nos permite saber exactamente qué palabras pueden lastimarlo.
El amor exige no utilizar ese conocimiento para ganar una discusión.
En la pareja
Durante una discusión podemos concentrarnos tanto en ganar que olvidamos que continuaremos compartiendo la vida después de que termine.
Resolver el problema es más importante que derrotar a la persona que amamos.
Con los hijos
Corregir con caridad y misericordia también puede aplicarse a la educación.
Es posible señalar una conducta equivocada sin hacer sentir al niño que él mismo es irremediablemente malo.
En las amistades
Una amistad donde nadie puede expresar una preocupación por miedo a perder la relación puede volverse frágil.
Las relaciones maduras aprenden a atravesar conversaciones incómodas sin convertirlas automáticamente en rupturas.
En las redes sociales
La distancia de una pantalla puede hacernos escribir cosas que probablemente no diríamos frente a frente.
El guardia de nuestra boca también necesita estar presente en nuestros dedos.
No toda provocación necesita respuesta pública
Podemos elegir no participar en discusiones cuyo único resultado probable será multiplicar insultos.
Retirarnos de una conversación inútil no significa necesariamente que no tengamos argumentos.
Cuando necesitamos defender a otra persona
Guardar nuestra boca tampoco significa permanecer indiferentes ante una injusticia.
A veces precisamente debemos hablar porque alguien vulnerable necesita que otra persona levante la voz.
Prudencia y valentía no son contrarias
Podemos ser prudentes y valientes al mismo tiempo.
La prudencia ayuda a elegir la manera, el momento y los medios adecuados para actuar.
“Mientras que yo pasaré libre y seguro”
El Salmo termina con una imagen de liberación.
El deseo del salmista no es permanecer eternamente contemplando las trampas. Quiere continuar su camino.
No vivir alrededor de aquello que intentó detenernos
Después de una experiencia difícil podemos continuar dedicándole tanta atención que, aunque el peligro haya terminado, seguimos atrapados psicológicamente en él.
La verdadera liberación también implica volver a caminar.
Aprender y continuar
No necesitamos olvidar todas las lecciones de una experiencia dolorosa.
Podemos conservar la sabiduría sin conservar permanentemente el miedo.
La libertad de no responder a todo
Parte de pasar libre y seguro consiste en descubrir que no necesitamos participar en cada conflicto al que somos invitados.
Podemos elegir dónde colocar nuestra atención y nuestra energía.
La libertad de reconocer un error
También existe libertad cuando dejamos de defender una postura solamente porque ya la habíamos sostenido.
Podemos cambiar de opinión cuando descubrimos que estábamos equivocados.
La libertad de no necesitar aprobación de todos
Si necesitamos que absolutamente todas las personas estén de acuerdo con nosotros, terminaremos modificándonos constantemente para obtener aceptación.
Podemos escuchar consejos sin convertir cada opinión ajena en una sentencia sobre nuestro valor.
La libertad de elegir buenas influencias
Podemos acercarnos más a personas que nos ayudan a crecer y reducir nuestra exposición a ambientes que constantemente nos empujan hacia decisiones destructivas.
Elegir nuestro entorno también forma parte de cuidar nuestro corazón.
La enseñanza profunda del Salmo 141
El Salmo 141 nos enseña que una de las formas más importantes de protección espiritual consiste en aprender a gobernarnos a nosotros mismos.
Podemos pedir a Dios que nos proteja de las trampas exteriores, pero también necesitamos pedirle protección frente a nuestras reacciones impulsivas.
El salmista pide un guardia para su boca porque sabe que una palabra puede construir o destruir.
Pide protección para su corazón porque comprende que las palabras comienzan mucho antes de llegar a los labios.
Rechaza las excusas porque sabe que justificar continuamente nuestros errores impide corregirlos.
Prefiere la corrección misericordiosa del justo antes que la aprobación cómoda de quien lo conduce por un camino equivocado.
Y finalmente levanta sus ojos hacia Dios.
Esa es la ruta espiritual del Salmo: orar, vigilar, corregir, discernir, resistir y confiar.
No se trata de convertirnos en personas silenciosas que nunca expresan lo que piensan.
Se trata de aprender a utilizar nuestra voz de una manera que corresponda con aquello que creemos.
Hablar cuando debemos hablar.
Callar cuando nuestras palabras solamente aumentarían el daño.
Aceptar la verdad cuando necesitamos ser corregidos.
Rechazar aquello que puede apartarnos de nuestros principios.
Y mantener los ojos puestos en Dios mientras atravesamos los lazos y dificultades del camino.
Oración inspirada en el Salmo 141
Señor Dios mío,
a ti dirijo
hoy mi voz.
Escúchame
con bondad.
Recibe
esta oración
sencilla
que nace
de mi corazón.
Que llegue
hasta ti
como incienso.
Recibe
mis preocupaciones.
Mis dudas.
Mis cansancios.
Mis errores.
Y también
mi deseo
sincero
de vivir
de una manera
mejor.
Señor,
pon un guardia
en mi boca.
No permitas
que una emoción
de unos minutos
me haga pronunciar
palabras
que puedan doler
durante años.
Cuando esté
enojado,
ayúdame
a detenerme.
Cuando me sienta
provocado,
dame serenidad.
Cuando quiera
responder
inmediatamente,
recuérdame
que también
puedo esperar.
Pon un guardia
en mis labios
cuando tenga
la tentación
de insultar.
Cuando quiera
humillar.
Cuando quiera
utilizar
una verdad
solamente
para lastimar.
Cuando esté
a punto
de repetir
algo
que ni siquiera
sé si es cierto.
Señor,
cuida
también
mis palabras
escritas.
Mis mensajes.
Mis correos.
Mis publicaciones.
Mis comentarios.
Que no escriba
desde una emoción
aquello
que después
desearía borrar.
Dame sabiduría
para preguntarme
antes de hablar:
¿Es verdad?
¿Es necesario?
¿Es el momento?
¿Estoy intentando
solucionar algo
o solamente
quiero herir?
Señor,
no permitas
que mi corazón
se deslice
lentamente
hacia aquello
que sé
que está mal.
Ayúdame
a reconocer
los pequeños pasos
que pueden
terminar llevándome
muy lejos
de donde
quiero estar.
Muéstrame
mis excusas.
Esas explicaciones
que utilizo
para no reconocer
mis errores.
Dame humildad
para decir:
me equivoqué.
Sin culpar
inmediatamente
a alguien más.
Sin inventar
una justificación.
Sin proteger
mi orgullo
a costa
de la verdad.
Señor,
si debo
pedir perdón,
dame valor
para hacerlo.
Si debo
reparar
algún daño,
muéstrame
cómo hacerlo.
Si mis palabras
lastimaron,
enséñame
a utilizar
nuevas palabras
para comenzar
a sanar.
Señor,
protégeme
de las malas
influencias.
No permitas
que haga algo
solamente
porque todos
a mi alrededor
lo hacen.
Dame criterio.
Dame convicciones.
Dame fortaleza
para decir no
cuando sea
necesario.
Y humildad
para hacerlo
sin sentirme
superior
a los demás.
Señor,
coloca
en mi camino
personas buenas
capaces
de decirme
la verdad.
Personas
que me quieran
lo suficiente
para no aprobar
automáticamente
cada decisión
que tomo.
Cuando alguien
me corrija
con caridad,
ayúdame
a escuchar.
Que mi primera
reacción
no sea
defenderme.
Dame serenidad
para preguntarme
si existe
algo verdadero
en aquello
que estoy
escuchando.
Y si la corrección
es justa,
dame humildad
para aceptarla.
Si es injusta,
dame claridad
para responder
sin odio.
Señor,
cuando yo
tenga que corregir
a otra persona,
dame caridad
y misericordia.
Que no utilice
la verdad
como una piedra.
Que no disfrute
exhibiendo
los errores
de alguien.
Que sepa
elegir
el momento.
Las palabras.
El lugar.
Y la intención.
Que mi deseo
sea ayudar,
no demostrar
superioridad.
Señor,
guarda
mi corazón
de la necesidad
constante
de aprobación.
No permitas
que cambie
mis principios
solamente
para sentirme
aceptado.
Enséñame
a escuchar
consejos
sin convertirme
en esclavo
de todas
las opiniones.
Dame discernimiento
para reconocer
a quién debo
escuchar.
Señor,
cuando exista
una tentación,
ayúdame
a mirar
más allá
del momento.
Que pueda
pensar
también
en las consecuencias.
No permitas
que cambie
algo valioso
por una satisfacción
pasajera.
Si un ambiente
me está haciendo
daño,
dame valor
para alejarme.
Si una costumbre
está comenzando
a dominarme,
ayúdame
a reconocerla
antes
de que crezca.
Si necesito ayuda,
quita de mí
la vergüenza
de pedirla.
Señor,
mis ojos
están levantados
hacia ti.
Cuando los problemas
ocupen
toda mi atención,
recuérdame
levantar
nuevamente
la mirada.
No quiero
pasar
todo el día
pensando
en aquello
que me preocupa.
Ayúdame
a resolver
lo que pueda.
A aceptar
lo que todavía
necesita tiempo.
Y a entregarte
aquello
que está
fuera
de mis manos.
Señor,
en ti
he esperado.
Protégeme
de las trampas
que otros
puedan preparar.
Pero protégeme
también
de mis propias
trampas.
De mi orgullo.
De mi impulsividad.
De mi resentimiento.
De mi necesidad
de tener
siempre
la última palabra.
De mi deseo
de ganar
una discusión
aunque termine
perdiendo
la paz.
Señor,
enséñame
a escuchar.
A comprender
antes
de responder.
A no interpretar
automáticamente
cada desacuerdo
como un ataque.
A distinguir
entre una crítica
y una agresión.
Entre una corrección
y una humillación.
Entre prudencia
y miedo.
Entre silencio
y cobardía.
Señor,
dame valor
para hablar
cuando deba hablar.
Cuando alguien
necesite
ser defendido.
Cuando una injusticia
necesite
ser señalada.
Cuando un límite
necesite
ser establecido.
Que el guardia
de mi boca
no me quite
la voz.
Que solamente
la purifique.
Señor,
bendice
mis relaciones.
En mi familia,
ayúdame
a no utilizar
las debilidades
de quienes amo
para ganar
discusiones.
En mis amistades,
dame sinceridad
acompañada
de cariño.
En mi trabajo,
dame profesionalismo
para recibir
observaciones
sin convertir
todo en algo
personal.
En internet,
dame prudencia
para recordar
que detrás
de cada pantalla
existe
una persona.
Señor,
si alguien
prepara
una emboscada
contra mí,
dame sabiduría
para reconocerla.
Si existe
una situación
peligrosa,
dame prudencia
para protegerme.
Si debo
establecer distancia,
dame firmeza.
Si debo
pedir ayuda,
dame humildad.
Pero no permitas
que viva
sospechando
de todo
y de todos.
Quiero ser
prudente,
no vivir
dominado
por el miedo.
Señor,
permite
que pueda
pasar libre
y seguro.
Libre
de aquello
que intenta
atraparme.
Libre
de los errores
que repito.
Libre
de palabras
que destruyen.
Libre
de la necesidad
de justificar
siempre
mis equivocaciones.
Libre
de la aprobación
que me aleja
de aquello
que sé
que es correcto.
Libre
del resentimiento.
Libre
del orgullo.
Libre
para escuchar.
Libre
para aprender.
Libre
para reconocer
mis errores.
Libre
para cambiar.
Libre
para seguir
caminando.
Pon,
Señor,
un guardia
en mi boca.
Una luz
en mi mente.
Rectitud
en mi corazón.
Fortaleza
en mis decisiones.
Y mantén
mis ojos
levantados
hacia ti.
Amén.