¿Para qué sirve el Salmo 111?
El Salmo 111 sirve especialmente para alabar y agradecer a Dios, recordar sus obras, fortalecer la confianza en su fidelidad y pedir sabiduría para vivir con verdad y rectitud.
El Salmo 111 es una hermosa oración de alabanza que contempla las obras de Dios y descubre en ellas su grandeza, su justicia, su misericordia y su fidelidad. El salmista no se limita a agradecer un favor particular: mira toda la historia de la relación entre Dios y su pueblo y encuentra motivos para reconocer que el Señor permanece fiel.
A lo largo del Salmo aparecen algunos de los grandes temas de la fe bíblica: las maravillas de Dios, su alianza, el alimento que concede, la verdad de sus mandamientos, la redención de su pueblo y la sabiduría que nace del santo temor del Señor.
Rezar el Salmo 111 completo puede ayudarnos cuando queremos dar gracias, recuperar la capacidad de reconocer el bien recibido, fortalecer nuestra confianza en las promesas de Dios o pedir sabiduría para tomar decisiones. Es también una invitación a recordar, porque quien recuerda la fidelidad de Dios encuentra razones para afrontar el futuro con esperanza.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 111 sirve para alabar a Dios y recordar conscientemente todo aquello que Él ha realizado. Es especialmente apropiado para momentos de agradecimiento, pero también puede ayudarnos cuando estamos atravesando una etapa difícil y necesitamos recuperar la memoria de las ocasiones en las que hemos recibido ayuda, fortaleza o consuelo.
Este Salmo también relaciona la verdadera sabiduría con el temor del Señor. Por ello puede rezarse cuando necesitamos tomar decisiones importantes, ordenar nuestras prioridades o buscar una vida más coherente con la verdad y el bien.
Cuando queremos reconocer los dones recibidos y alabar a Dios con todo el corazón.
Cuando una dificultad presente nos hace olvidar todo aquello que Dios ya ha hecho en nuestra vida.
Cuando necesitamos tomar una decisión con prudencia, verdad y rectitud.
Cuando sentimos incertidumbre y necesitamos apoyarnos nuevamente en sus promesas.
Cuando queremos reconocer el alimento, las oportunidades, las personas y los recursos que sostienen nuestra vida.
Cuando deseamos que nuestra fe se refleje también en nuestras decisiones y acciones cotidianas.
El significado del Salmo 111 se encuentra en la memoria agradecida de las obras de Dios. El salmista contempla lo que el Señor ha realizado y descubre en ello una revelación de su carácter: Dios es justo, misericordioso, compasivo, fiel y verdadero.
El Salmo avanza desde la alabanza hacia la sabiduría. Primero observa las obras de Dios, después recuerda su alianza y sus mandamientos y finalmente concluye que el temor del Señor es el principio de la sabiduría.
“El temor del Señor es el principio o la suma de la sabiduría.”
Este temor no debe entenderse simplemente como miedo. En el lenguaje bíblico expresa reverencia, reconocimiento de la grandeza de Dios y voluntad de vivir tomando seriamente su presencia y sus mandamientos.
El Salmo 111 nos enseña así que la verdadera sabiduría no consiste solamente en acumular conocimientos. Una persona puede saber muchas cosas y, sin embargo, tomar decisiones destructivas. La sabiduría bíblica integra conocimiento, prudencia, verdad, justicia y una relación correcta con Dios.
El Salmo comienza directamente con una decisión de alabanza. El salmista no está simplemente describiendo a Dios desde lejos; está dirigiéndose personalmente a Él.
La alabanza es una forma de reconocer quién es Dios y aquello que ha realizado.
Muchas veces pensamos en la alabanza únicamente como palabras de admiración. Sin embargo, en este Salmo está profundamente relacionada con la memoria.
Alabamos porque recordamos las obras de Dios y reconocemos en ellas su fidelidad.
El salmista desea una alabanza completa, no superficial.
El corazón, en el lenguaje bíblico, representa el centro interior de la persona: pensamientos, deseos, voluntad y decisiones.
Podemos realizar prácticas religiosas mientras nuestra atención permanece completamente distante.
El Salmo nos invita a recuperar la interioridad y preguntarnos qué significan realmente para nosotros las palabras que pronunciamos.
La alabanza no aparece únicamente como una experiencia privada. El salmista alaba dentro de una comunidad.
La fe tiene una dimensión personal, pero también comunitaria. Necesitamos espacios donde podamos recordar junto con otros aquello que Dios ha realizado.
Existen momentos en los que nuestra propia esperanza se debilita.
En esas etapas, la fe de otras personas puede ayudarnos a recordar aquello que temporalmente nos cuesta ver.
El segundo versículo dirige nuestra atención hacia las obras de Dios.
La grandeza divina puede contemplarse en la creación, en la historia de la salvación, en la providencia cotidiana y en innumerables acontecimientos que sostienen la vida.
Muchas cosas buenas pueden convertirse en invisibles simplemente porque nos acostumbramos a ellas.
Respirar, despertar, compartir una comida, recibir afecto o disponer de una nueva oportunidad pueden parecer ordinarios hasta que aprendemos nuevamente a observarlos.
Es difícil agradecer aquello que nunca nos detenemos a reconocer.
Por eso una práctica sencilla de gratitud puede modificar nuestra percepción: no inventa cosas buenas, sino que nos ayuda a descubrir las que ya existen.
El salmista contempla una sabiduría y un propósito en las obras del Señor.
No significa que nosotros comprendamos inmediatamente todo lo que sucede, sino que reconocemos que nuestra perspectiva es limitada.
Algunas experiencias solamente adquieren una interpretación más clara después de mucho tiempo.
La fe nos permite convivir con preguntas abiertas sin concluir precipitadamente que toda nuestra historia carece de sentido.
El lenguaje expresa admiración. Las obras de Dios conducen al salmista hacia el reconocimiento de su grandeza.
La creación puede convertirse así en una invitación a levantar la mirada más allá de nosotros mismos.
La rutina puede hacer que atravesemos los días sin prestar verdadera atención.
El Salmo 111 nos invita a detenernos y contemplar. El asombro puede abrir nuevamente un espacio para la gratitud.
Frente a la inestabilidad humana, la justicia de Dios aparece como algo permanente.
Los criterios sociales pueden cambiar, las opiniones pueden modificarse y las personas pueden actuar contradictoriamente, pero Dios permanece fiel a su verdad.
Creer en la justicia divina significa reconocer que el bien y el mal no son simplemente categorías que dependen de nuestra conveniencia.
Nuestra propia conducta también debe dejarse examinar a la luz de la verdad y la rectitud.
La memoria ocupa un lugar central en la espiritualidad bíblica.
Israel recuerda una y otra vez aquello que Dios ha realizado porque el recuerdo fortalece la identidad y la esperanza.
Cuando atravesamos una crisis, nuestra atención puede concentrarse exclusivamente en el problema presente.
Recordar momentos anteriores en los que encontramos ayuda, fortaleza o una salida puede impedir que el presente borre toda nuestra historia.
Podemos acostumbrarnos a recordar principalmente aquello que salió mal.
El Salmo propone también conservar memoria del bien, de las respuestas recibidas, de las personas que nos ayudaron y de las puertas que se abrieron.
Las obras de Dios revelan no solamente poder, sino misericordia.
Esto es fundamental porque un poder sin compasión podría producir temor, pero el Salmo presenta a un Dios cuya grandeza está acompañada por misericordia.
La compasión significa que nuestra debilidad no resulta indiferente para Dios.
Podemos acercarnos a Él también cuando estamos cansados, confundidos o conscientes de nuestros errores.
Recibir misericordia no significa que nuestros errores dejen de importar.
Significa que el fracaso no necesita convertirse en nuestra identidad definitiva y que todavía existe posibilidad de conversión.
El Salmo reconoce a Dios como proveedor.
El alimento representa una de las necesidades humanas más fundamentales y recuerda que nuestra vida depende constantemente de dones que no producimos completamente solos.
Hablar de providencia no significa esperar pasivamente que todo aparezca sin esfuerzo.
Dios puede sostenernos también mediante nuestro trabajo, la ayuda de otras personas, oportunidades inesperadas y recursos que aprendemos a administrar responsablemente.
Detrás de aquello que utilizamos diariamente existe frecuentemente el trabajo de muchas personas.
Reconocer la providencia puede hacernos también más conscientes y agradecidos hacia quienes contribuyen al bienestar común.
La alianza expresa una relación establecida por Dios con su pueblo.
El salmista encuentra seguridad en la certeza de que Dios no olvida aquello que ha prometido.
Nosotros podemos olvidar compromisos, cambiar prioridades o permitir que las emociones modifiquen rápidamente nuestras decisiones.
El Salmo contrapone esa inestabilidad humana con la fidelidad de Dios.
La fidelidad resulta especialmente importante cuando la respuesta que esperamos todavía no aparece.
Confiar no significa saber exactamente cómo terminará cada situación, sino continuar creyendo que Dios permanece presente.
El poder de Dios se hace visible mediante sus obras.
En la historia bíblica, ese poder aparece repetidamente unido a la liberación y a la conducción de su pueblo.
Podemos sentirnos atraídos por lo extraordinario y olvidar las formas discretas en las que el bien transforma una vida.
Una reconciliación, una conversión sincera, una decisión correcta o la fortaleza para continuar también pueden ser signos profundamente significativos.
El versículo recuerda la historia del pueblo de Israel y la tierra recibida.
Para nosotros puede convertirse también en una invitación a reconocer que aquello que poseemos implica responsabilidad.
Un talento, una oportunidad, una posición o un recurso económico pueden ser bendiciones.
Pero también nos preguntan qué haremos con aquello que hemos recibido.
Verdad y justicia aparecen juntas.
No puede existir una justicia auténtica construida deliberadamente sobre la mentira.
Algunas veces preferimos una versión de los hechos que nos favorezca.
La madurez espiritual exige estar dispuestos a reconocer también aquello que cuestiona nuestra propia conducta.
Podemos preocuparnos por grandes injusticias mientras ignoramos pequeñas conductas injustas dentro de nuestras propias relaciones.
Cumplir una promesa, pagar justamente, reconocer un error y no aprovecharse de alguien también forman parte de una vida recta.
Los mandamientos aparecen como una referencia estable.
No son presentados como obstáculos arbitrarios, sino como orientaciones fundadas en verdad y rectitud.
Si cada decisión depende únicamente de aquello que sentimos en el momento, podemos terminar contradiciéndonos continuamente.
Los principios nos ofrecen una referencia especialmente valiosa cuando nuestras emociones son intensas.
Tener principios no elimina la necesidad de pensar.
La vida presenta situaciones complejas y necesitamos aprender a aplicar la verdad con prudencia, caridad y atención a las circunstancias reales.
El fundamento importa.
Una decisión puede parecer conveniente a corto plazo y, sin embargo, estar construida sobre una base que tarde o temprano producirá problemas.
La verdad, la responsabilidad y la rectitud pueden exigir más esfuerzo inicialmente.
Sin embargo, ofrecen una base mucho más firme para nuestras relaciones, proyectos y decisiones.
El Salmo recuerda a Dios como liberador.
La redención expresa rescate, libertad y recuperación de aquello que parecía perdido.
Para el cristiano, la idea de redención alcanza una profundidad especial en Jesucristo.
En Él contemplamos la iniciativa de Dios que busca reconciliar, perdonar y abrir nuevamente el camino hacia la vida.
Redención significa que el pasado no necesariamente posee la última palabra.
No podemos cambiar aquello que ya ocurrió, pero sí podemos permitir que Dios transforme nuestra manera de vivir a partir de ahora.
Nuevamente aparece la fidelidad.
El Salmo insiste en ella porque nuestra esperanza necesita algo más firme que las circunstancias cambiantes.
Trabajo, relaciones, planes, salud, economía y muchas otras dimensiones de nuestra vida pueden modificarse inesperadamente.
La fe busca encontrar un fundamento que permanezca incluso en medio de esos cambios.
La palabra “terrible” en este lenguaje expresa una grandeza que inspira reverencia y profundo respeto.
La santidad de Dios nos recuerda que no podemos reducirlo a nuestras preferencias ni utilizar su Nombre para justificar cualquier deseo personal.
Podemos acostumbrarnos tanto al lenguaje religioso que dejamos de percibir su profundidad.
Reconocer la santidad de Dios significa acercarnos con confianza, pero también con humildad y respeto.
El último versículo introduce una expresión fundamental de la sabiduría bíblica.
El temor del Señor no es simplemente terror ante un castigo. Es reverencia, reconocimiento de nuestra condición de criaturas y disposición a orientar la vida según Dios.
Una relación sana con Dios no consiste en imaginarlo esperando constantemente una oportunidad para castigarnos.
La misma oración que habla del temor del Señor acaba de describirlo como misericordioso y compasivo.
Podemos amar a Dios y, al mismo tiempo, reconocer su grandeza.
La cercanía no necesita convertirse en trivialización, así como la reverencia no necesita convertirse en terror.
La sabiduría comienza reconociendo que nosotros no somos la medida absoluta de todas las cosas.
Necesitamos verdad, corrección y una referencia que trascienda nuestros impulsos inmediatos.
Una persona puede poseer gran cantidad de información y utilizarla de manera irresponsable.
La sabiduría pregunta no solamente qué podemos hacer, sino también qué debemos hacer y cuáles serán las consecuencias.
El Salmo no presenta la sabiduría como una teoría abstracta.
Dice que son sabios quienes obran con este temor. La sabiduría termina haciéndose visible en la conducta.
Podemos utilizar este Salmo como una oración de discernimiento.
Antes de decidir, conviene preguntarnos si estamos actuando desde el miedo, la prisa, el orgullo o desde una consideración responsable de la verdad y del bien.
La presión puede hacernos reaccionar rápidamente.
La sabiduría algunas veces consiste en concedernos el tiempo suficiente para comprender mejor aquello que tenemos delante.
Reconocer que no conocemos todo puede evitarnos muchos errores.
Buscar orientación en personas prudentes y competentes no disminuye nuestra capacidad; puede fortalecerla.
Cuando la mente se concentra exclusivamente en aquello que podría salir mal, este Salmo propone recordar.
Podemos mirar nuestra historia y reconocer que no todos nuestros temores se cumplieron y que muchas veces encontramos recursos para afrontar situaciones difíciles.
La gratitud no pretende negar aquello que duele.
Podemos estar preocupados por algo real y, al mismo tiempo, reconocer que nuestra vida contiene también bienes, apoyos y razones para esperar.
No necesitamos esperar una crisis para rezar.
También podemos acercarnos a Dios simplemente para agradecer una noticia, una oportunidad, una recuperación, un encuentro o un día tranquilo.
Algunas personas pasan rápidamente de una meta conseguida hacia la siguiente preocupación.
Detenernos a celebrar y agradecer puede ayudarnos a reconocer el camino recorrido.
La referencia a las obras de Dios puede inspirarnos también a examinar nuestras propias obras.
Podemos preguntarnos si nuestro trabajo está fundado en verdad y rectitud y si aquello que construimos produce un bien real.
La integridad puede parecer costosa cuando existen atajos.
Sin embargo, construir sobre engaños suele crear una fragilidad que tarde o temprano aparece.
Recordar juntos aquello que hemos superado puede fortalecer los vínculos familiares.
Las familias también necesitan una memoria del bien y no solamente una colección de conflictos pasados.
Enseñar a agradecer no consiste solamente en exigir determinadas palabras.
También implica mostrar con nuestro ejemplo que reconocemos el esfuerzo, la ayuda y los dones que recibimos.
Cuando finalmente atravesamos una etapa complicada, existe el riesgo de continuar inmediatamente sin detenernos.
Este Salmo invita a hacer memoria y reconocer cómo llegamos hasta aquí.
Nuestro esfuerzo importa, pero rara vez conseguimos algo completamente solos.
Existen personas, circunstancias, oportunidades y dones que hicieron posible aquello que alcanzamos.
Agradecer nos recuerda que somos capaces de muchas cosas, pero también dependientes de muchas otras.
Esta conciencia puede protegernos del orgullo sin disminuir el valor de nuestro esfuerzo.
El Salmo afirma precisamente lo contrario: “Se acordará siempre de su alianza”.
Puede haber momentos en los que no percibimos respuesta, pero nuestra percepción inmediata no agota la realidad de la presencia de Dios.
Confiar en Dios no significa permanecer inmóviles frente a aquello que podemos hacer.
Podemos orar y actuar, confiar y planificar, pedir ayuda y asumir nuestra responsabilidad.
El Salmo no presenta una alabanza vacía. Cada afirmación se apoya en aquello que Dios ha realizado.
Nuestra propia oración puede volverse más profunda cuando dejamos de utilizar únicamente frases generales y comenzamos a nombrar concretamente aquello por lo que estamos agradecidos.
Podemos mencionar personas, oportunidades, aprendizajes, alimentos, reconciliaciones, trabajos, descansos y pequeñas alegrías.
Cuando la gratitud se vuelve concreta, también nuestra percepción del bien puede hacerse más clara.
El Salmo 111 nos enseña a mirar hacia atrás sin quedar atrapados en el pasado.
Recordamos para reconocer la fidelidad de Dios y encontrar fuerzas para avanzar.
La gratitud bíblica no exige negar las dificultades.
Podemos reconocer simultáneamente aquello que duele y aquello que permanece siendo bueno.
El Salmo termina trasladando la alabanza hacia nuestra manera de vivir.
Si reconocemos que Dios es verdadero y justo, nuestra propia vida debería buscar también verdad y justicia.
El Salmo 111 nos enseña a contemplar, recordar y actuar.
Contemplamos las obras de Dios y descubrimos su grandeza. Recordamos su misericordia, su providencia, su alianza y su redención. Finalmente, permitimos que esa memoria transforme nuestra conducta.
La verdadera alabanza no termina cuando dejamos de pronunciar palabras. Continúa cuando procuramos vivir con verdad, rectitud, gratitud y sabiduría.
Por eso el Salmo termina hablando del temor del Señor: después de reconocer todo aquello que Dios ha hecho, la respuesta adecuada consiste en tomarlo seriamente y orientar nuestra vida hacia el bien.
La enseñanza principal del Salmo 111 es que recordar las obras de Dios fortalece nuestra gratitud, nuestra confianza y nuestra sabiduría. La fe no vive únicamente de aquello que esperamos recibir mañana, sino también de la memoria de aquello que ya hemos recibido.
El Salmo presenta a Dios como misericordioso, compasivo, fiel, justo y proveedor. Su alianza permanece y sus obras están fundadas en verdad y rectitud.
Al mismo tiempo, el Salmo evita que la alabanza se convierta en una experiencia puramente emocional. Termina hablando de la manera en que vivimos: la sabiduría pertenece a quienes reconocen a Dios y permiten que ese reconocimiento oriente sus acciones.
Dar gracias, entonces, no consiste solamente en decir que estamos agradecidos. También significa aprender a utilizar responsablemente aquello que hemos recibido y procurar que nuestras propias obras estén fundadas en la verdad, la justicia y el bien.
Señor Dios mío, hoy quiero alabarte con todo mi corazón.
No solamente con palabras.
Quiero detenerme y recordar tus obras.
Porque muchas veces avanzo demasiado rápido.
Recibo algo bueno y poco después ya estoy pensando en aquello que todavía me falta.
Consigo superar una dificultad y enseguida aparece una nueva preocupación.
Por eso hoy, Señor, quiero detenerme.
Quiero mirar hacia atrás.
Y reconocer que no todo ha sido dolor.
No todo ha sido dificultad.
No todo ha sido incertidumbre.
También ha habido personas buenas.
Puertas abiertas.
Alimentos sobre mi mesa.
Conversaciones que me ayudaron.
Problemas que parecían enormes y que finalmente pude atravesar.
Días tranquilos que quizá no agradecí.
Pequeñas alegrías que llegaron sin hacer ruido.
Señor, grandes son tus obras.
Dame ojos capaces de reconocerlas.
Porque puedo acostumbrarme demasiado rápido al bien.
Puedo convertir un regalo en algo que considero obligación.
Puedo olvidar cuánto deseaba aquello que hoy considero normal.
Devuélveme la capacidad de asombro.
Que pueda agradecer lo grande.
Pero también lo pequeño.
El descanso.
Una comida.
Una llamada.
Una oportunidad.
Una persona que permanece.
Un problema que se resolvió.
Una mañana en la que simplemente puedo comenzar nuevamente.
Señor, tu justicia permanece.
Cuando las opiniones cambien, ayúdame a buscar la verdad.
Cuando resulte más cómodo justificarme, dame humildad para reconocer mis errores.
Cuando pueda beneficiarme de algo injusto, dame integridad para rechazarlo.
Cuando nadie esté mirando, recuérdame que mi carácter también se construye en secreto.
Señor, misericordioso y compasivo, gracias porque conoces mi fragilidad.
Tú sabes cuántas veces me equivoco.
Cuántas veces prometo cambiar y vuelvo a caer.
Cuántas veces sé lo correcto y aun así elijo algo diferente.
No permitas que mis errores me hagan esconderme de ti.
Dame arrepentimiento verdadero.
No solamente remordimiento.
Dame voluntad para corregir.
Para pedir perdón.
Para reparar aquello que pueda reparar.
Y para aprender aquello que necesito aprender.
Señor, gracias por el alimento.
Por aquello que sostiene mi cuerpo.
Por las manos que trabajaron para que pudiera llegar hasta mí.
Por el trabajo que permite conseguirlo.
Por las personas que comparten.
Y por todo aquello que tantas veces recibo sin detenerme a agradecer.
Hazme también generoso.
Que reconocer lo recibido me haga más consciente de quien tiene menos.
Que la gratitud no termine encerrándome en mí mismo.
Enséñame a compartir.
Tiempo.
Recursos.
Conocimiento.
Atención.
Una palabra de ánimo.
Aquello que pueda hacer bien a otra persona.
Señor, tú recuerdas tu alianza.
Yo, en cambio, olvido con facilidad.
Cuando llega una dificultad, algunas veces olvido todas las anteriores que pude superar.
Cuando tengo miedo, mi memoria se llena solamente de posibilidades negativas.
Ayúdame a recordar.
No para negar los problemas.
Sino para ponerlos en perspectiva.
Recuérdame las veces en que pensé que no podría continuar y continué.
Las veces en que apareció una solución que yo todavía no podía ver.
Las personas que llegaron cuando las necesitaba.
Las decisiones difíciles que terminaron enseñándome algo.
Señor, manifiesta tus obras también en mi vida.
Pero no permitas que solamente busque cosas espectaculares.
Ayúdame a reconocerte también en lo cotidiano.
En la paciencia que antes no tenía.
En una relación que comienza a sanar.
En una decisión que finalmente me atrevo a tomar.
En la fuerza para abandonar un hábito que me hacía daño.
En la capacidad de pedir ayuda.
En el valor de empezar nuevamente.
Señor, que mis propias obras busquen también la verdad y la justicia.
Que aquello que construyo no necesite sostenerse sobre engaños.
Que mis palabras sean confiables.
Que mis compromisos tengan valor.
Que cuando prometa algo, procure cumplirlo.
Que cuando no pueda cumplir, tenga honestidad para reconocerlo.
Dame integridad en mi trabajo.
En mis relaciones.
En mis decisiones económicas.
En aquello que digo.
En aquello que hago cuando nadie puede comprobarlo.
Señor, gracias porque eres Dios de redención.
Tú puedes hacer surgir un camino incluso después de nuestros errores.
Hay cosas de mi pasado que no puedo cambiar.
Palabras que ya dije.
Oportunidades que dejé pasar.
Decisiones que hoy tomaría de otra manera.
No puedo regresar y escribir nuevamente esos días.
Pero sí puedo, con tu ayuda, vivir de otra manera a partir de ahora.
Redime aquello que pueda ser redimido.
Enséñame a transformar mis errores en aprendizaje.
Mis heridas en compasión.
Mis pérdidas en una mayor conciencia de aquello que realmente importa.
Señor, necesito sabiduría.
No solamente información.
Puedo conocer muchos datos y aun así tomar una mala decisión.
Dame sabiduría para distinguir aquello que parece bueno de aquello que realmente lo es.
Dame paciencia para no decidir solamente por impulso.
Dame humildad para pedir consejo.
Dame claridad para reconocer mis propios intereses cuando intentan disfrazarse de razones.
Dame valor para elegir lo correcto aunque no sea lo más fácil.
Y dame paz para aceptar que algunas veces no tendré certeza absoluta antes de decidir.
Señor, enséñame tu santo temor.
No quiero vivir aterrorizado ante ti.
Quiero vivir consciente de tu grandeza.
Recordar que no soy el centro de todas las cosas.
Que mis deseos no convierten automáticamente algo en bueno.
Que mis opiniones pueden estar equivocadas.
Que necesito aprender.
Corregirme.
Escuchar.
Crecer.
Que el temor del Señor sea para mí principio de sabiduría.
Que me haga más prudente, no más temeroso.
Más humilde, no más inseguro.
Más justo, no más severo.
Más consciente de mis decisiones.
Señor, quiero que mi gratitud se convierta también en una manera de vivir.
Si he recibido paciencia, que sea paciente.
Si he recibido perdón, que aprenda a perdonar.
Si he recibido ayuda, que esté dispuesto a ayudar.
Si he recibido oportunidades, que no las desprecie.
Si he recibido talentos, que los desarrolle responsablemente.
Si he recibido amor, que no tenga miedo de amar.
Señor, cuando vuelva a preocuparme, recuérdame tus obras.
Cuando vuelva a sentir que todo está perdido, recuérdame el camino que ya hemos recorrido.
Cuando vuelva a creer que estoy solo, ayúdame a reconocer a las personas que has puesto junto a mí.
Cuando vuelva a pensar solamente en aquello que me falta, abre mis ojos a aquello que ya tengo.
Y cuando lleguen días buenos, no permitas que me olvide de agradecer.
Quiero alabarte en la dificultad.
Pero también quiero aprender a alabarte cuando todo marcha bien.
Quiero recordarte cuando necesito ayuda.
Pero también cuando simplemente quiero decir: gracias.
Gracias, Señor, por tus obras.
Por tu misericordia.
Por tu compasión.
Por tu providencia.
Por tu alianza.
Por tu verdad.
Por tu justicia.
Por tu redención.
Y por la sabiduría que nace cuando aprendemos a reconocerte como Señor.
Que mi vida conserve memoria de tus maravillas.
Que mis palabras expresen gratitud.
Que mis decisiones busquen rectitud.
Y que mis obras sean también una forma de alabarte.
Amén.
Para rezar el Salmo 111 conviene hacerlo lentamente y relacionar cada una de sus afirmaciones con experiencias concretas de nuestra propia vida. Es un Salmo especialmente apropiado para practicar la gratitud y pedir sabiduría.
El Salmo 111 sirve especialmente para alabar y agradecer a Dios, recordar sus obras, fortalecer la confianza en su fidelidad y pedir sabiduría para vivir con verdad y rectitud.
El Salmo contempla las obras de Dios y reconoce en ellas su justicia, misericordia, providencia y fidelidad. Finalmente enseña que el temor del Señor es el principio de la sabiduría.
Sí. Es una profunda oración de alabanza y gratitud que recuerda las maravillas realizadas por Dios y su fidelidad hacia su pueblo.
Significa que la verdadera sabiduría comienza reconociendo a Dios con reverencia y orientando nuestra vida según la verdad y el bien. No se refiere simplemente a sentir miedo de Dios.
Expresa la fidelidad de Dios. El Salmo afirma que Él no abandona ni olvida aquello que ha establecido con su pueblo.
Sí. Su último versículo relaciona directamente el temor del Señor con la sabiduría, por lo que puede ser especialmente apropiado antes de tomar decisiones importantes.
Sí. Recordar las obras y la fidelidad de Dios puede ayudarnos a poner la preocupación presente dentro de una historia más amplia y recuperar esperanza.
Puede leerse lentamente, deteniéndose en cada obra de Dios que menciona y relacionándola con motivos concretos de gratitud en nuestra propia vida. Al final puede pedirse sabiduría para actuar con verdad y rectitud.
Enseña que agradecer implica recordar. Cuando conservamos memoria de las obras de Dios, reconocemos más fácilmente su misericordia, su providencia y su fidelidad.
Que las obras de Dios revelan su fidelidad y merecen nuestra alabanza, y que la respuesta adecuada no consiste solamente en agradecer con palabras, sino en aprender a vivir con sabiduría, verdad y rectitud.