¿Para qué sirve el Salmo 40?
El Salmo 40 puede rezarse para pedir paciencia durante una espera, agradecer una ayuda recibida, buscar la voluntad de Dios y volver a pedir protección cuando aparecen nuevas dificultades.
El Salmo 40 es una oración de confianza nacida después de una larga espera. El salmista recuerda cómo clamó al Señor, cómo Dios escuchó sus súplicas y cómo lo sacó de una situación que parecía hundirlo. Sin embargo, el Salmo no termina simplemente recordando una liberación pasada. Después de agradecer, el salmista vuelve a encontrarse rodeado de dificultades y necesita pedir ayuda nuevamente. Por eso este Salmo resulta especialmente cercano para quien ha experimentado la ayuda de Dios en otros momentos, pero hoy vuelve a necesitar fuerza, misericordia y esperanza.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 40 puede rezarse cuando estamos esperando una respuesta de Dios y sentimos que la solución tarda en llegar. Sus primeras palabras describen una espera intensa: el salmista no recibió inmediatamente aquello que pedía, pero permaneció aguardando al Señor hasta experimentar su ayuda.
También es un Salmo apropiado para agradecer después de haber superado una etapa difícil. La persona que antes estaba hundida en el “lago de la miseria” descubre que sus pasos han sido afirmados y que ahora puede cantar nuevamente.
Al mismo tiempo, enseña algo profundamente realista: haber recibido ayuda de Dios una vez no significa que nunca volveremos a atravesar dificultades. El mismo salmista que comienza recordando una liberación termina pidiendo nuevamente: “No tardes, Dios mío”.
Cuando una respuesta tarda y necesitamos paciencia para continuar confiando sin abandonar la oración.
Cuando sentimos que estamos atrapados y necesitamos pedir al Señor que vuelva a afirmar nuestros pasos.
Después de superar una dificultad y reconocer que Dios nos sostuvo durante el proceso.
Cuando queremos dejar de vivir solamente según nuestros deseos y aprender a buscar aquello que Dios quiere de nosotros.
Para recordar antiguas ayudas de Dios y convertirlas en fuerza para enfrentar una nueva dificultad.
Para repetir con confianza que, aun en nuestra pobreza y debilidad, el Señor tiene cuidado de nosotros.
El significado del Salmo 40 se desarrolla alrededor de tres grandes movimientos espirituales: esperar, agradecer y volver a confiar. El salmista comienza mirando hacia atrás y recordando una situación en la que parecía estar hundido. Dios escuchó su súplica, lo levantó y afirmó sus pasos.
Esa experiencia produce un “cántico nuevo”. La intervención de Dios no solamente cambia las circunstancias exteriores, sino también la manera en que el salmista comprende su propia vida.
“Yo por mí soy un mendigo y desvalido; pero el Señor tiene cuidado de mí.”
En el centro del Salmo aparece además una enseñanza fundamental: Dios no busca únicamente actos religiosos exteriores. El salmista comprende que la respuesta auténtica a la misericordia divina consiste en escuchar y cumplir la voluntad de Dios, llevando su ley “en medio” del corazón.
Desde la lectura cristiana, las palabras “Aquí estoy; yo vengo” adquieren una profundidad especial, pues la Carta a los Hebreos retoma este pasaje al hablar de Cristo y de su perfecta obediencia a la voluntad del Padre.
Finalmente, el Salmo vuelve al presente. Nuevos males rodean al salmista y sus propios pecados lo abruman. Pero ahora posee memoria: sabe que Dios ya lo ha sostenido. Por eso puede volver a pedir ayuda sin considerar que su nueva dificultad invalida todo aquello que había vivido anteriormente.
El Salmo comienza hablando de una espera intensa. No se trata de una espera cómoda ni indiferente. Existe deseo, necesidad y probablemente sufrimiento.
El salmista ha pedido algo que considera importante y, durante un tiempo, la respuesta no parece llegar.
La espera bíblica no es necesariamente pasividad. Podemos continuar trabajando, buscando soluciones y tomando decisiones responsables mientras esperamos en Dios.
Esperar significa reconocer que existen aspectos de nuestra vida cuyo resultado final no podemos controlar completamente.
Algunas oraciones reciben respuestas rápidas y otras nos acompañan durante meses o incluso años.
El Salmo no ofrece una fórmula para acelerar los tiempos de Dios. Ofrece algo distinto: la experiencia de alguien que pudo continuar esperando.
Después de la espera llega la experiencia de ser escuchado.
La imagen de Dios inclinándose comunica cercanía. El Señor no aparece distante ante el sufrimiento del salmista.
Ser escuchados no significa necesariamente recibir exactamente aquello que imaginábamos.
Algunas respuestas de Dios se comprenden solamente después de atravesar un proceso que inicialmente no habríamos elegido.
El salmista interpreta aquello que ha vivido desde la misericordia.
Su oración no cayó en el vacío. Puede mirar hacia atrás y reconocer que Dios estuvo presente incluso durante el tiempo en que todavía estaba esperando.
Cuando atravesamos una nueva dificultad podemos olvidar rápidamente todo aquello que ya hemos superado.
Recordar las ocasiones en que encontramos ayuda puede devolvernos perspectiva.
La imagen expresa una situación en la que el salmista se sentía hundido.
Existen etapas así: cuanto más intentamos salir utilizando únicamente nuestras fuerzas, más parece que nos hundimos.
Puede ser una crisis familiar, una pérdida, una situación económica, una etapa espiritual difícil, una consecuencia de nuestros errores o cualquier circunstancia que parezca atraparnos.
El Salmo nos permite llamar a Dios precisamente desde allí.
El cieno representa aquello que no ofrece un suelo firme.
Es una poderosa imagen de las situaciones en las que sentimos que no encontramos dónde apoyarnos.
Hay momentos en que cambian simultáneamente varias seguridades de nuestra vida.
Precisamente entonces necesitamos encontrar un fundamento más profundo que las circunstancias del momento.
Dios no solamente saca al salmista del peligro. También le devuelve estabilidad.
La verdadera recuperación no consiste únicamente en escapar de aquello que nos hacía daño, sino en aprender a caminar nuevamente.
Superar una crisis puede ser solamente el comienzo.
Después necesitamos reconstruir rutinas, relaciones, confianza, proyectos y, algunas veces, nuestra propia manera de comprender la vida.
La experiencia de salvación produce una respuesta nueva.
Quien antes solamente podía pedir ayuda ahora puede también agradecer.
Algunas experiencias difíciles cambian nuestra manera de agradecer.
Después de haber perdido temporalmente la paz, cosas que antes parecían pequeñas pueden adquirir un valor enorme.
La alegría no queda centrada solamente en la solución obtenida.
El salmista dirige su gratitud hacia Dios, a quien reconoce como origen de su nueva esperanza.
La experiencia personal comienza a convertirse en testimonio.
Aquello que Dios realiza en una persona puede fortalecer también la esperanza de otras.
No necesitamos convertir cada experiencia en un discurso público.
Pero compartir prudentemente cómo atravesamos una dificultad puede ayudar a otra persona que hoy se encuentra en un lugar parecido.
El testimonio auténtico no debería terminar haciendo que los demás admiren solamente a quien cuenta la historia.
Debería ayudarlos a descubrir que ellos también pueden confiar en Dios.
El Salmo llama dichosa a la persona cuya esperanza está puesta en el Señor.
Esta felicidad no significa ausencia de problemas. El propio Salmo demostrará después que el salmista vuelve a estar rodeado de dificultades.
La esperanza cristiana no depende de que todo salga bien simultáneamente.
Puede existir una confianza profunda incluso mientras todavía estamos resolviendo problemas concretos.
El texto habla de una confianza radical.
Podemos utilizar recursos humanos, buscar consejo, trabajar y planificar; pero ninguna de esas cosas necesita ocupar el lugar definitivo de Dios.
Dinero, influencia, reconocimiento, inteligencia o capacidad pueden ayudarnos, pero ninguno garantiza que podamos controlar todo cuanto ocurrirá.
La fe nos permite utilizar esas herramientas sin convertirlas en absolutos.
La vanidad representa aquello que promete mucho pero finalmente no puede sostener nuestra vida.
El salmista aprende a distinguir entre aquello que parece seguro y aquello que verdaderamente merece su confianza.
No todo camino atractivo conduce hacia un buen destino.
Algunas promesas rápidas pueden alejarnos precisamente de aquello que estamos buscando.
La memoria del salmista se amplía. Ya no recuerda solamente una liberación.
Al mirar su historia descubre muchas señales de la acción de Dios.
Nuestra mente puede concentrarse fácilmente en aquello que falta.
La gratitud nos ayuda a recordar también aquello que sí hemos recibido, superado y aprendido.
La alabanza surge de reconocer que Dios no puede reducirse a una herramienta más entre nuestras soluciones.
Él ocupa un lugar único en la vida del creyente.
El salmista reconoce que existe una sabiduría divina que supera su comprensión inmediata.
Confiar no significa entender todos los acontecimientos, sino creer que nuestra visión limitada no contiene toda la realidad.
Las obras de Dios resultan innumerables para el salmista.
La expresión invita a desarrollar una mirada capaz de descubrir la gracia también en acontecimientos ordinarios.
El Salmo entra ahora en un tema fundamental: la relación entre culto exterior y obediencia interior.
Las prácticas religiosas pierden su verdadero sentido cuando quedan completamente separadas de una vida orientada hacia Dios.
Podemos cumplir prácticas religiosas y, sin embargo, negarnos a cambiar aquello que sabemos que está mal.
El Salmo nos invita a unir oración, culto y vida.
La imagen destaca la capacidad de escuchar.
Antes de ofrecer algo a Dios necesitamos aprender a escuchar qué espera Él de nosotros.
Podemos pedir constantemente a Dios que bendiga nuestros planes sin detenernos a preguntar si esos planes están realmente orientados hacia el bien.
La oración madura incluye también disponibilidad para escuchar.
Esta es una de las expresiones más poderosas del Salmo.
El salmista deja de ofrecer solamente cosas y comienza a ofrecerse a sí mismo.
Podemos decir también: “Aquí estoy”, con nuestras capacidades y limitaciones, nuestra historia, nuestros proyectos y nuestras heridas.
La verdadera entrega comienza cuando dejamos de esconder partes de nuestra vida delante de Dios.
La tradición cristiana encuentra una profundidad especial en estos versículos porque son retomados en la Carta a los Hebreos al hablar de Cristo.
Jesús lleva hasta su plenitud la obediencia a la voluntad del Padre, haciendo de toda su vida una entrega.
La voluntad de Dios se convierte en el centro de la respuesta del salmista.
Después de haber recibido ayuda, no quiere simplemente regresar a vivir exactamente como antes.
Superar una dificultad puede dejarnos una enseñanza.
Quizá necesitamos cambiar hábitos, prioridades, relaciones o nuestra manera de utilizar aquello que hemos recibido.
La obediencia no aparece solamente como obligación.
El salmista desea que su propia voluntad aprenda a coincidir cada vez más con aquello que Dios quiere.
Algunas veces sabemos cuál sería el camino correcto y, sin embargo, no tenemos deseos de recorrerlo.
También podemos pedir a Dios que transforme nuestros deseos y fortalezca nuestra voluntad.
La ley deja de ser solamente una norma exterior.
El salmista quiere interiorizarla hasta convertirla en criterio para sus decisiones.
La vida espiritual madura cuando aquello que creemos comienza a influir realmente en la manera en que tratamos a las personas, trabajamos, utilizamos el dinero y tomamos decisiones.
No basta con conocer el camino; necesitamos caminarlo.
La experiencia de Dios lleva al salmista a hablar.
Aquello que antes recibió personalmente comienza ahora a compartirlo con la comunidad.
No todos están llamados a expresarla de la misma manera.
Algunas personas lo harán mediante palabras; otras, principalmente mediante una vida coherente, servicio, generosidad y acompañamiento.
El agradecimiento busca expresión.
El salmista no quiere olvidar aquello que Dios hizo por él una vez que la dificultad ha terminado.
Durante una crisis podemos orar intensamente y después, cuando todo mejora, regresar rápidamente a la indiferencia.
El Salmo invita a conservar la memoria agradecida.
El testimonio del salmista posee un contenido claro: Dios salva y permanece fiel.
Su experiencia personal se convierte en anuncio de una verdad que considera útil también para los demás.
La misericordia ocupa un lugar central.
El salmista no presenta solamente a un Dios poderoso, sino a un Dios cuya grandeza se manifiesta también mediante la compasión.
Después de recordar todo aquello que Dios ha hecho, aparece nuevamente una súplica.
El salmista sabe que continúa necesitando misericordia.
Podemos agradecer sinceramente una bendición pasada y, al mismo tiempo, pedir ayuda por un problema presente.
Ambas cosas pertenecen a una relación viva con Dios.
El salmista identifica aquello que lo ha sostenido.
No atribuye su permanencia únicamente a su propia fuerza, sino al cuidado de Dios.
La fidelidad de Dios ha acompañado diferentes circunstancias.
Esta memoria se convierte ahora en argumento para volver a confiar.
El tono cambia radicalmente.
La persona que comenzó contando cómo había sido rescatada vuelve a encontrarse rodeada de problemas.
Haber superado una dificultad no significa que nunca aparecerá otra.
Una nueva crisis no demuestra que nuestra fe anterior fuera falsa ni que Dios haya dejado de acompañarnos.
No todos los problemas del salmista proceden del exterior.
También reconoce sus propias faltas y las consecuencias interiores que producen.
Una oración sincera no convierte siempre a los demás en culpables de todo.
También nos permite preguntarnos qué necesitamos corregir nosotros.
La expresión comunica una sensación de desbordamiento.
El salmista contempla sus errores y siente que son demasiados para contarlos.
Podemos llegar a pensar que hemos acumulado demasiadas decisiones equivocadas para regresar.
Sin embargo, el salmista precisamente desde esa conciencia continúa pidiendo misericordia.
La carga exterior e interior termina debilitándolo profundamente.
Ya no habla desde una posición de autosuficiencia.
No necesitamos esperar a sentirnos fuertes para acercarnos a Dios.
Algunas de las oraciones más sinceras nacen precisamente cuando reconocemos nuestra incapacidad.
La petición vuelve a ser directa.
El salmista sabe que Dios ya lo ha librado anteriormente y por eso se atreve a pedirlo otra vez.
No existe un límite después del cual debamos pensar que ya hemos pedido demasiado.
La relación con Dios permite regresar una y otra vez con nuestras necesidades.
El salmista pide experimentar nuevamente la atención de Dios.
Su necesidad más profunda no es solamente que cambien las circunstancias, sino sentirse acompañado dentro de ellas.
Los versículos siguientes presentan a personas que desean el mal del salmista.
Su oración pide que esos planes fracasen y que quienes buscan destruirlo no alcancen su objetivo.
No necesitamos convertirlos en deseos de violencia contra personas concretas.
Podemos pedir que Dios detenga la injusticia, deshaga los planes dañinos, proteja a quienes sufren y conduzca también a quienes obran mal hacia la conversión.
La petición puede comprenderse como el deseo de que el mal no avance.
Pedir justicia significa pedir que aquello que destruye sea detenido.
El salmista experimenta también burla y desprecio.
El sufrimiento puede hacerse todavía más doloroso cuando alguien encuentra satisfacción en nuestra caída.
Aquello que otras personas dicen sobre nosotros no posee automáticamente autoridad para definir quiénes somos.
Podemos revisar humildemente las críticas verdaderas sin permitir que el desprecio destruya nuestra dignidad.
Después de pedir que el mal sea detenido, el Salmo dirige la mirada hacia quienes buscan a Dios.
Para ellos pide alegría.
La fe no debería reducirse solamente a pedir ayuda durante las crisis.
También puede convertirse en fuente de alegría, gratitud y comunión.
La alabanza aparece incluso antes de que la nueva dificultad esté completamente resuelta.
Esto muestra una confianza que no depende exclusivamente del resultado inmediato.
Podemos agradecer lo que Dios ya ha hecho mientras continuamos pidiendo aquello que todavía necesitamos.
La memoria de la gracia pasada puede sostener la esperanza presente.
El Salmo termina con una confesión de pobreza.
El salmista deja de apoyarse en una imagen de autosuficiencia y reconoce cuánto necesita recibir.
Reconocer que necesitamos a Dios no significa despreciar nuestras capacidades.
Significa aceptar que nuestras capacidades tienen límites y que no podemos producir por nosotros mismos todo aquello que necesitamos.
Esta frase transforma completamente la confesión anterior.
El salmista es desvalido, pero no está olvidado. Es necesitado, pero no está abandonado.
No siempre podremos identificar inmediatamente cómo se manifestará ese cuidado.
Puede llegar mediante fortaleza interior, personas que nos ayudan, oportunidades, decisiones prudentes o caminos que solamente se hacen visibles poco a poco.
El salmista recuerda quién ha sido Dios para él.
No está hablando solamente desde una teoría, sino desde una historia en la que ya experimentó protección.
Durante una nueva crisis podemos volver a los momentos en que encontramos fuerzas para continuar cuando pensábamos que no podríamos hacerlo.
Esa memoria no garantiza que el nuevo camino sea fácil, pero puede ayudarnos a no comenzar desde cero.
El Salmo termina exactamente donde comenzó: esperando.
Pero existe una diferencia. Al principio esperaba recordando solamente su necesidad; al final espera recordando también que Dios ya lo ha cuidado.
Una nueva espera puede seguir siendo dolorosa.
Sin embargo, podemos atravesarla llevando con nosotros la memoria de todas aquellas ocasiones en que pensamos que no habría salida y finalmente encontramos un camino.
La enseñanza principal del Salmo 40 es que esperar en Dios no es inútil, aunque muchas veces la respuesta no llegue cuando nosotros queremos. El salmista conoce la ansiedad de esperar y también la alegría de descubrir posteriormente que su oración había sido escuchada.
El Salmo enseña además que las liberaciones que experimentamos deben transformarnos. Después de ser levantado, el salmista no se limita a celebrar: desea cumplir la voluntad de Dios y llevar su ley en el corazón.
Otra enseñanza fundamental consiste en recordar. La memoria espiritual permite mirar las dificultades actuales desde la perspectiva de todo aquello que ya hemos atravesado. Cuando vuelven los problemas, no comenzamos necesariamente desde cero: llevamos con nosotros las experiencias anteriores de misericordia, aprendizaje y ayuda.
El Salmo también reconoce nuestros errores. Podemos sufrir por circunstancias externas y al mismo tiempo necesitar arrepentirnos de decisiones propias. Ambas realidades pueden presentarse sinceramente delante de Dios.
Finalmente, el Salmo 40 deja una de las afirmaciones más consoladoras para quien se siente pequeño o desvalido: “el Señor tiene cuidado de mí”. Nuestra debilidad no nos vuelve invisibles para Dios. Precisamente desde ella podemos volver a pedir: “Tú eres, ¡oh Señor!, mi libertador y protector. No tardes, Dios mío”.
Señor Dios mío, hoy quiero poner delante de ti aquello que estoy esperando.
Tú conoces las peticiones que llevo repitiendo durante días, meses o quizá mucho más tiempo.
Conoces también mi cansancio cuando parece que nada cambia.
Dame paciencia para esperar sin abandonar aquello que responsablemente me corresponde hacer.
Dame sabiduría para distinguir entre aquello que debo continuar intentando y aquello que necesito finalmente entregar en tus manos.
Cuando piense que no me escuchas, recuérdame que tu silencio no significa necesariamente tu ausencia.
Mira mis necesidades y escucha benignamente mis súplicas.
Señor, si estoy hundido en algún lago de miseria, extiende tu mano sobre mí.
Si he perdido estabilidad, vuelve a afirmar mis pasos.
Si estoy intentando salir y siento que vuelvo a hundirme, dame paciencia para avanzar poco a poco.
Muéstrame también las ayudas que ya has puesto cerca de mí y que quizá todavía no he sabido reconocer.
Cuando llegue la salida, no permitas que olvide rápidamente lo que viví.
Pon en mi boca un cántico nuevo.
Que después del dolor pueda volver a agradecer.
Que aquello que aprenda durante esta etapa pueda servir algún día para acompañar a otra persona.
No permitas que mi testimonio termine hablando solamente de mí.
Que quien escuche mi historia pueda descubrir también motivos para confiar en ti.
Señor, quiero poner mi esperanza en ti.
Ayúdame a no convertir el dinero, el éxito, las personas, el trabajo o mis propias capacidades en seguridades absolutas.
Permíteme utilizar todos esos bienes con gratitud y responsabilidad, pero conservando libre el centro de mi corazón.
Recuérdame las maravillas que ya has realizado en mi vida.
Recuérdame las dificultades que pensé que nunca superaríamos y que hoy forman parte del pasado.
Recuérdame las personas que llegaron en el momento necesario.
Recuérdame las puertas que se abrieron cuando no encontraba salida.
Recuérdame también las veces en que una puerta cerrada terminó protegiéndome de un camino que no me convenía.
Señor, no quiero ofrecerte solamente palabras.
Quiero poder decirte sinceramente: Aquí estoy.
Aquí están mis capacidades.
Aquí están mis limitaciones.
Aquí están mis planes.
Aquí están mis miedos.
Aquí están mis heridas y también mis deseos.
Enséñame a buscar tu voluntad.
Cuando mis deseos no coincidan con aquello que es bueno, transforma mi corazón.
Cuando conozca el camino correcto pero me falte voluntad para recorrerlo, fortaléceme.
Que tu ley no permanezca solamente en mis labios.
Escríbela en medio de mi corazón.
Que mi fe pueda verse también en la manera en que trato a los demás.
Que pueda verse en mis decisiones.
Que pueda verse en mi manera de trabajar.
Que pueda verse en la forma en que utilizo aquello que me has dado.
Dame valentía para hablar de tu misericordia cuando pueda ayudar a alguien.
Y cuando mis palabras no sean necesarias, permite que mi manera de vivir también hable de ti.
Señor, hoy vuelvo a necesitar tu piedad.
Aunque ya me hayas ayudado muchas veces, todavía existen dificultades que me superan.
No permitas que me avergüence de regresar a ti con una nueva petición.
Tú conoces los males que me rodean y conoces también mis propios pecados.
Dame humildad para reconocer aquello que yo mismo necesito corregir.
Perdóname cuando haya tomado decisiones equivocadas.
Ayúdame a reparar aquello que todavía pueda reparar.
Y no permitas que mis errores me convenzan de que ya no puedo volver a ti.
Si existen personas que desean mi mal, protégeme de aquello que quieran hacer injustamente.
Detén los planes que puedan causar daño.
Dame prudencia para defenderme sin convertirme en aquello que rechazo.
Líbrame del deseo de venganza.
Haz justicia y conduce también hacia la conversión a quienes necesitan abandonar caminos de maldad.
Que todos los que te buscan puedan encontrar alegría en ti.
Que incluso durante la espera podamos decir: Glorificado sea el Señor.
Y cuando vuelva a sentirme pequeño, recuérdame estas palabras: el Señor tiene cuidado de mí.
Cuando me sienta desvalido, ten cuidado de mí.
Cuando me sienta olvidado, recuérdame tu presencia.
Cuando no encuentre salida, sé mi libertador.
Cuando tenga miedo, sé mi protector.
Cuando mis fuerzas se terminen, sostén mis pasos.
Y mientras espero nuevamente tu ayuda, conserva viva mi esperanza.
Tú eres, Señor, mi libertador y protector.
No tardes, Dios mío.
Amén.
El Salmo 40 puede rezarse especialmente cuando estamos esperando una respuesta, cuando acabamos de superar una dificultad o cuando necesitamos recordar una antigua ayuda de Dios para enfrentar un nuevo problema.
El Salmo 40 puede rezarse para pedir paciencia durante una espera, agradecer una ayuda recibida, buscar la voluntad de Dios y volver a pedir protección cuando aparecen nuevas dificultades.
Su significado está centrado en la confianza. El salmista recuerda cómo Dios lo ayudó anteriormente y utiliza esa memoria para continuar confiando cuando vuelve a encontrarse rodeado de problemas.
Es una imagen de liberación. Describe una situación en la que la persona se sentía atrapada o hundida y posteriormente recuperó estabilidad gracias a la ayuda de Dios.
Representa la nueva alabanza que nace después de experimentar la ayuda de Dios. El sufrimiento no posee ya la última palabra y la persona puede volver a agradecer.
Expresa disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. En la lectura cristiana, estos versículos adquieren además especial importancia porque son retomados en la Carta a los Hebreos en relación con Cristo.
El pasaje subraya que el culto exterior no puede separarse de la obediencia interior. Dios busca un corazón dispuesto a escuchar y cumplir su voluntad, no solamente actos religiosos realizados exteriormente.
Porque la vida espiritual no elimina todas las dificultades futuras. El Salmo muestra precisamente cómo una experiencia anterior de ayuda puede convertirse en fundamento para confiar nuevamente.
Pueden rezarse pidiendo que la injusticia sea detenida y que los planes destinados a causar daño fracasen, sin convertir la oración en un deseo de violencia o venganza contra personas concretas.
Puede rezarse recordando primero una ayuda recibida, agradeciendo a Dios, presentándole después la dificultad actual y terminando con la confianza de que el Señor continúa cuidándonos.
Enseña que podemos esperar en Dios, recordar agradecidamente sus ayudas anteriores, buscar su voluntad y volver a confiar incluso cuando aparecen nuevas dificultades.