¿Para qué sirve el Salmo 90?
El Salmo 90 puede rezarse para pedir sabiduría, valorar mejor nuestro tiempo, ordenar nuestras prioridades y poner nuestro trabajo y nuestros proyectos en las manos de Dios.
El Salmo 90 es una profunda meditación sobre la eternidad de Dios y la brevedad de la vida humana. Tradicionalmente atribuido a Moisés, varón de Dios, contempla el paso del tiempo, nuestra fragilidad y la necesidad de aprender a vivir con un corazón verdaderamente sabio.
Este Salmo no pretende llenarnos de temor ante el paso de los años. Su mensaje nos invita a comprender que precisamente porque nuestro tiempo es limitado, cada día posee un valor inmenso. La vida no debe desperdiciarse en aquello que no construye, no ama, no sirve y no nos acerca a Dios.
El Salmo 90 completo termina además con una petición especialmente hermosa: que la luz de Dios resplandezca sobre nosotros y que Él enderece las obras de nuestras manos. Por eso puede convertirse en una oración para comenzar una nueva etapa, tomar decisiones importantes, bendecir nuestro trabajo y pedir que aquello que hacemos tenga verdadero sentido.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 90 sirve para pedir a Dios sabiduría para aprovechar nuestra vida, reconocer el verdadero valor del tiempo y orientar nuestras decisiones hacia aquello que realmente importa. Es especialmente apropiado cuando comenzamos una nueva etapa, cuando sentimos que los años pasan demasiado rápido o cuando necesitamos ordenar nuestras prioridades.
También es una oración muy significativa para presentar delante de Dios nuestro trabajo, nuestros proyectos y las obras de nuestras manos. Su último versículo pide que el Señor ilumine, enderece y dé fruto a aquello que hacemos.
Cuando necesitamos recordar que nuestro tiempo es limitado y que cada día merece ser vivido con propósito.
Cuando debemos tomar decisiones y necesitamos distinguir aquello que verdaderamente importa.
Cuando queremos poner nuestros proyectos, responsabilidades y esfuerzos en las manos de Dios.
Al iniciar un año, un proyecto, un trabajo o cualquier período importante de nuestra vida.
Cuando el paso del tiempo, una pérdida o una dificultad nos recuerda nuestros límites humanos.
Cuando sentimos que estamos ocupados constantemente, pero necesitamos preguntarnos si estamos dedicando nuestra vida a lo esencial.
El significado del Salmo 90 nace del contraste entre dos realidades: Dios permanece eternamente, mientras que nuestra vida terrena es breve. Antes de que existieran los montes y el mundo, Dios ya era Dios; en cambio, la existencia humana se compara con la hierba que florece por la mañana y se seca al terminar el día.
Sin embargo, esta reflexión no conduce a la desesperanza. El reconocimiento de nuestra fragilidad se convierte en una petición de sabiduría. Saber que nuestros días son limitados debería ayudarnos a vivirlos mejor.
“Danos, pues, a conocer el poder de tu diestra, y concédenos un corazón instruido en la sabiduría.”
El Salmo termina mirando hacia el futuro. Después de contemplar la brevedad de la vida, el orante no decide abandonar sus esfuerzos. Al contrario: pide que Dios dirija las obras de sus manos y dé éxito a sus empresas.
La enseñanza es profundamente equilibrada. Nuestra vida es breve, pero no insignificante. Precisamente porque tenemos un tiempo limitado, nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra manera de amar adquieren un valor extraordinario.
El Salmo comienza mirando hacia atrás. Antes de hablar sobre la brevedad de la vida, reconoce una presencia que ha acompañado a las generaciones.
Los seres humanos cambian, las épocas pasan y las circunstancias se transforman, pero Dios permanece como amparo.
Nuestra vida ocupa solamente una pequeña parte de una historia mucho más grande.
Antes de nosotros hubo personas que también amaron, trabajaron, tuvieron miedo, formaron familias, enfrentaron dificultades y buscaron a Dios.
Después de nosotros vendrán otras generaciones. Esta perspectiva puede ayudarnos a vivir con mayor humildad.
Los montes representan aquello que para nosotros parece antiguo, fuerte y permanente.
El Salmo afirma que incluso antes de ellos Dios ya existía.
Nuestros problemas pueden parecer enormes porque los contemplamos desde dentro de nuestra corta existencia.
El Salmo amplía la perspectiva: Dios existía antes de aquello que nos preocupa y continuará siendo Dios después de esta etapa.
Aquí aparece uno de los contrastes fundamentales del Salmo.
Dios es eterno; nosotros vivimos dentro del tiempo.
Pensamos inevitablemente en términos de ayer, hoy y mañana.
Medimos nuestra existencia en horas, años y etapas. Por eso la eternidad de Dios supera nuestra experiencia cotidiana.
En medio de la reflexión sobre nuestra fragilidad aparece una llamada a la conversión.
Reconocer que la vida es breve debería impulsarnos a revisar nuestra manera de vivir.
Podemos pasar años diciendo que algún día cambiaremos algo importante.
Algún día perdonaremos. Algún día cuidaremos mejor nuestras relaciones. Algún día ordenaremos nuestra vida. Algún día nos acercaremos más a Dios.
El Salmo nos recuerda que el tiempo no es infinito.
Esta expresión muestra la enorme diferencia entre nuestra percepción del tiempo y la eternidad de Dios.
Incluso un período que para nosotros resultaría extraordinariamente largo aparece pequeño dentro de la eternidad divina.
Nuestra experiencia del tiempo puede hacer especialmente difíciles las esperas.
Una semana puede parecernos interminable cuando esperamos una respuesta importante. Un año puede sentirse enorme cuando atravesamos una dificultad.
El Salmo no niega esa experiencia, pero nos recuerda que Dios contempla nuestra historia desde una perspectiva mayor.
Una vigilia representa solamente una fracción de la noche.
La imagen vuelve a subrayar la brevedad del tiempo humano frente a Dios.
Esta frase puede parecer dura si se interpreta como una negación del valor de la vida.
Pero el sentido del Salmo no es decir que nuestra existencia carezca de importancia. Busca mostrar lo pequeña que resulta nuestra duración frente a la eternidad.
Una cosa puede ser breve y profundamente valiosa.
Una conversación puede durar minutos y cambiar una relación. Una decisión puede tomarse en segundos y modificar años enteros. Un acto de bondad puede permanecer en la memoria de alguien durante toda su vida.
La vida humana es comparada con la vegetación que aparece, florece y después se seca.
Es una imagen sencilla y poderosa de nuestra fragilidad.
Existen temporadas de crecimiento, fuerza, proyectos y posibilidades.
El Salmo no desprecia esos momentos. Simplemente recuerda que no permanecerán para siempre.
Cuando tenemos energía, oportunidades, salud, capacidades o recursos, podemos preguntarnos qué estamos haciendo con ellos.
No sabemos cuánto durará cada temporada de nuestra vida.
La misma hierba que por la mañana parecía llena de vida termina marchitándose.
El Salmo nos coloca frente a una realidad que muchas veces preferimos ignorar: somos vulnerables.
Reconocer límites no significa renunciar a vivir plenamente.
Puede significar exactamente lo contrario: dejar de gastar nuestras fuerzas intentando controlar aquello que no depende de nosotros.
Aquello que creemos garantizado suele pasar inadvertido.
Cuando comprendemos que muchas cosas son temporales, podemos aprender a agradecerlas mientras están presentes.
Los siguientes versículos introducen el tema del pecado y de la justicia divina.
El Salmo no atribuye toda fragilidad humana únicamente a un proceso natural; contempla también la dimensión moral de nuestra existencia.
Nada necesita ocultarse delante de Dios.
Aquello que hacemos, aquello que evitamos reconocer y aquello que intentamos justificar permanece delante de su mirada.
La vida espiritual requiere sinceridad.
No podemos corregir aquello que nos negamos permanentemente a reconocer.
Podemos preguntarnos qué hábitos están construyendo nuestra vida y cuáles la están deteriorando.
No se trata de vivir obsesionados con nuestros defectos, sino de evitar que aquello que necesita corregirse permanezca escondido durante años.
La luz revela.
Aquello que permanece confuso en la oscuridad puede verse con claridad cuando recibe luz.
Cuando existe un conflicto, nuestra primera reacción suele ser demostrar que tenemos razón.
Una oración más profunda puede ser pedir primero claridad para reconocer también aquello que nosotros necesitamos cambiar.
El salmista vuelve a mirar el paso del tiempo.
Los días parecen numerosos mientras los vivimos uno por uno, pero al mirar hacia atrás pueden sentirse sorprendentemente breves.
Muchas personas experimentan esta sensación conforme avanzan en la vida.
Etapas que parecían lejanas llegan y pasan. Por eso resulta tan importante no vivir permanentemente esperando comenzar a vivir “después”.
La imagen comunica fragilidad.
Podemos construir planes complejos y estructuras aparentemente firmes, pero nuestra existencia sigue siendo delicada.
Planear es prudente. Prepararnos para el futuro también.
El problema comienza cuando confundimos nuestros planes con una garantía absoluta de aquello que ocurrirá.
El Salmo utiliza una observación propia de su contexto sobre la duración de la vida humana.
No debe interpretarse como una promesa de que cada persona vivirá exactamente setenta u ochenta años.
Su intención es enseñar que nuestra vida terrena tiene límites.
Algunas personas viven menos y otras superan ampliamente esas edades. El centro espiritual del pasaje permanece: ninguno de nosotros dispone de tiempo infinito.
El texto menciona achaques, dolencias y la disminución de las fuerzas.
La tradición bíblica no necesita fingir que todas las etapas de la vida poseen las mismas capacidades.
Una persona no vale menos porque su cuerpo haya perdido capacidades.
La dignidad humana no depende de productividad, juventud, belleza o fuerza física.
La experiencia acumulada durante décadas puede ofrecer una perspectiva que solamente el tiempo enseña.
Escuchar a generaciones anteriores puede ayudarnos a evitar errores y comprender mejor aquello que realmente permanece.
El Salmo reconoce la seriedad de la justicia divina.
Dios no contempla el mal con indiferencia.
El temor reverente reconoce la santidad y autoridad de Dios.
Nos recuerda que nuestras acciones importan y que no somos nosotros quienes definimos arbitrariamente el bien y el mal según nuestra conveniencia.
Después de contemplar la eternidad de Dios, nuestra fragilidad, nuestros pecados y el paso de los años, el Salmo llega a una petición decisiva.
No pide más tiempo en primer lugar. Pide sabiduría.
La verdadera pregunta no es solamente cuántos días tendremos, sino qué haremos con ellos.
Podemos vivir muchos años y desperdiciarlos, o aprender a llenar nuestro tiempo de aquello que tiene verdadero valor.
Significa vivir conscientes de que nuestro tiempo tiene límites.
No es llevar una cuenta obsesiva de cuánto nos queda, sino dejar de comportarnos como si siempre existiera un mañana ilimitado para hacer aquello que sabemos que debemos hacer.
Muchas discusiones pierden importancia cuando recordamos lo breve que es la vida.
También algunas relaciones, oportunidades y momentos cotidianos adquieren mucho más valor.
Nuestro calendario revela muchas veces nuestras prioridades reales mejor que nuestras palabras.
Podemos decir que algo es importante y, sin embargo, dedicarle casi ningún tiempo.
El Salmo puede impulsarnos a revisar cuánto espacio estamos dejando para nuestra familia, amistades y personas importantes.
El trabajo puede recuperarse muchas veces. Determinados momentos con las personas no siempre vuelven.
Una vida permanentemente ocupada puede dejar nuestra dimensión espiritual reducida a los espacios sobrantes.
El Salmo invita a colocar nuestra existencia delante de Dios y no solamente acudir a Él cuando aparece una emergencia.
Valorar el tiempo tampoco significa convertir cada minuto en productividad.
Descansar, contemplar, convivir y recuperar fuerzas también forman parte de una vida ordenada.
Podemos llenar cada hora de actividades y aun así sentir que algo esencial falta.
La sabiduría consiste también en discernir qué merece realmente nuestra atención.
Después de reconocer el pecado y la fragilidad, el orante no se aleja de Dios.
Precisamente por eso pide que Él vuelva su mirada hacia sus siervos.
Reconocer nuestros errores no tiene como finalidad mantenernos permanentemente avergonzados.
El arrepentimiento cristiano busca reconciliación, cambio y una relación renovada con Dios.
Una vez más encontramos una pregunta frecuente en los Salmos.
El creyente puede experimentar períodos donde la dificultad parece demasiado larga.
La oración no necesita fingir entusiasmo permanente.
Podemos decirle a Dios que estamos cansados, confundidos o impacientes.
Después de hablar de justicia, el salmista pide compasión.
Reconoce que necesita misericordia.
La conciencia de nuestra fragilidad debería hacernos menos arrogantes frente a los errores ajenos.
Nosotros también necesitamos paciencia, perdón y oportunidades para cambiar.
El tono del Salmo comienza a transformarse.
La reflexión sobre muerte y fragilidad conduce ahora hacia la esperanza.
Nuestra satisfacción más profunda no depende únicamente de acumular experiencias, posesiones o reconocimientos.
El salmista pide ser colmado por la misericordia de Dios.
Después de reconocer que los días son pocos, pide que esos días puedan contener alegría.
El objetivo no es solamente existir durante mucho tiempo, sino aprender a vivir agradecidamente.
La vida espiritual no está reñida con la alegría.
Podemos agradecer una comida, una conversación, un descanso, un viaje, una celebración o un momento sencillo con las personas que amamos.
El salmista pide que después del sufrimiento exista nuevamente alegría.
No pretende borrar lo vivido, sino pedir que el dolor no tenga la última palabra.
Una etapa dolorosa puede ocupar una parte importante de nuestra historia sin convertirse en toda nuestra identidad.
Todavía pueden existir nuevas experiencias, nuevas personas y nuevas razones para agradecer.
Algunas personas sienten culpa cuando comienzan nuevamente a disfrutar después de una pérdida o una temporada dolorosa.
El Salmo permite pedir explícitamente que vuelva la alegría.
El orante pide nuevamente la mirada de Dios.
Desea reconocer su obra y experimentar su dirección.
La oración no termina pensando solamente en la generación presente.
Mira hacia quienes vendrán después.
Nuestro legado no se limita al dinero o a los bienes materiales.
También dejamos ejemplos, recuerdos, valores, hábitos y maneras de relacionarnos.
Saber que nuestra vida es breve puede despertar una pregunta saludable: ¿qué bien podemos sembrar que continúe cuando nosotros ya no estemos?
Educar, enseñar, ayudar, crear, servir y amar pueden producir frutos que atraviesen generaciones.
El Salmo termina pidiendo luz.
Después de reconocer que nuestra perspectiva es limitada, necesitamos dirección.
Algunas decisiones no poseen una respuesta evidente.
Podemos pedir claridad, buscar consejo, revisar nuestras motivaciones y avanzar prudentemente.
Esta petición une oración y trabajo.
El salmista no pide que Dios haga todo mientras él permanece inmóvil. Habla de las obras realizadas por nuestras propias manos y pide que Dios las enderece.
Podemos pedir ayuda para un proyecto y al mismo tiempo prepararnos, aprender, trabajar, corregir errores y tomar decisiones responsables.
La confianza en Dios no está enfrentada con el esfuerzo humano.
Tal vez una de las mejores oraciones antes de emprender algo sea pedir que Dios corrija aquello que nosotros no estamos viendo correctamente.
No solamente queremos que nuestros planes funcionen; queremos que sean buenos.
El Salmo permite presentar nuestros proyectos delante de Dios.
Podemos pedir fruto para nuestro trabajo, siempre comprendiendo que la bendición divina no es una garantía automática de riqueza, éxito comercial o ausencia de dificultades.
Significa pedir que nuestro esfuerzo produzca un bien verdadero y que aquello que hacemos encuentre una dirección correcta.
Algunas veces el éxito será alcanzar aquello que esperábamos. Otras veces consistirá en aprender, corregir el rumbo o reconocer que debemos abandonar un camino equivocado.
Este Salmo puede rezarse antes de comenzar una jornada laboral, abrir un negocio, iniciar un proyecto, presentar una propuesta o asumir una responsabilidad importante.
Su última petición recuerda que nuestro trabajo también puede ponerse delante de Dios.
Existe una hermosa paradoja en el Salmo.
Termina pidiendo éxito para las obras de nuestras manos, pero antes nos ha recordado que nuestra vida es breve.
Por eso el trabajo importa, pero no debería ocupar el lugar de todo lo demás.
Podemos llegar a creer que descansaremos, conviviremos o disfrutaremos solamente después de alcanzar determinada meta.
El problema es que detrás de una meta suele aparecer otra.
Contar nuestros días puede ayudarnos a establecer límites saludables entre trabajo, descanso, familia, oración y cuidado personal.
No todo lo urgente merece sacrificar permanentemente aquello que es importante.
Por su reflexión sobre el tiempo, este Salmo resulta especialmente apropiado al iniciar un año.
En lugar de limitarnos a elaborar una lista de metas, podemos preguntarnos qué clase de persona queremos llegar a ser.
No todas las metas tienen el mismo valor.
Podemos alcanzar objetivos externos y aun así descuidar nuestra vida interior, nuestras relaciones o nuestra integridad.
Cumplir años puede ser una oportunidad para agradecer y revisar nuestra dirección.
Más que lamentar simplemente el paso del tiempo, podemos agradecer aquello vivido y preguntarnos cómo queremos utilizar la etapa que comienza.
El pasado puede enseñarnos, pero no podemos volver a vivirlo.
Podemos aprender de nuestros errores sin dedicar el resto de nuestros días a castigarnos por ellos.
También podemos vivir tan concentrados en el futuro que nunca disfrutamos aquello que ya tenemos.
La sabiduría aprende del ayer, prepara el mañana y vive responsablemente el día presente.
Algunas personas llegan a una etapa de su vida pensando que desperdiciaron demasiado tiempo.
El Salmo no puede devolvernos los años pasados, pero sí puede ayudarnos a vivir sabiamente los que tenemos delante.
El arrepentimiento saludable no consiste en permanecer mirando permanentemente nuestros errores.
Consiste en permitir que aquello aprendido transforme nuestras decisiones actuales.
La juventud puede producir la sensación de que las oportunidades son ilimitadas.
El Salmo no pretende quitar entusiasmo, sino añadir sabiduría.
No necesitamos esperar una crisis para revisar nuestros hábitos, cuidar nuestras relaciones, aprender a administrar nuestros recursos o cultivar nuestra vida espiritual.
En el extremo contrario, algunas personas creen que su edad les impide comenzar algo nuevo.
Mientras tengamos vida, todavía existen decisiones que podemos tomar, personas que podemos amar y bienes que podemos realizar.
No todas las edades ofrecen las mismas fuerzas, pero cada etapa puede contener una manera particular de servir, aprender, acompañar y transmitir experiencia.
El Salmo habla abiertamente de nuestra mortalidad.
La espiritualidad bíblica no necesita esconder esta realidad para conservar la esperanza.
Pensar serenamente en nuestra condición mortal puede ayudarnos a ordenar prioridades.
Muchas cosas que hoy parecen enormes pueden verse de manera diferente cuando las contemplamos desde la perspectiva de toda una vida.
Para el cristiano, la reflexión sobre la muerte no termina en la desaparición.
La fe en Cristo abre la esperanza de la resurrección y de la vida eterna con Dios.
Aunque el Salmo termina hablando de las obras de nuestras manos, nuestra dignidad no depende de nuestra productividad.
Una persona enferma, anciana o incapaz de trabajar conserva íntegramente su dignidad.
Aquello que hacemos puede convertirse en una forma de servir.
Nuestro trabajo adquiere una dimensión diferente cuando preguntamos no solamente cuánto podemos obtener, sino qué bien podemos producir.
El Salmo permite pedir éxito, pero coloca esa petición después de pedir sabiduría, misericordia y dirección.
Ese orden importa.
Sin sabiduría podemos alcanzar una meta equivocada.
Podemos ganar algo exterior y perder tranquilidad, relaciones, integridad o sentido.
Podemos presentar nuestros proyectos a Dios sin convertir la oración en una fórmula para obtener automáticamente aquello que queremos.
Pedimos también que Él enderece nuestras obras, incluso cuando eso implique corregir nuestros planes.
El Salmo 90 nos enseña que la conciencia de nuestra fragilidad no debe conducirnos al miedo, sino a la sabiduría.
Nuestra vida es breve frente a la eternidad de Dios, pero precisamente por eso cada día tiene valor.
Tenemos tiempo para amar, trabajar, reconciliarnos, servir, aprender, disfrutar, corregir nuestros errores y acercarnos a Dios. No sabemos exactamente cuántos días tendremos, pero podemos pedir un corazón capaz de utilizarlos sabiamente.
La enseñanza principal del Salmo 90 es que reconocer la brevedad de nuestra vida puede ayudarnos a vivir con mayor sabiduría. Dios permanece eternamente, mientras nosotros atravesamos rápidamente las distintas etapas de nuestra existencia.
Por eso el Salmo no pide simplemente vivir muchos años. Pide un corazón instruido en la sabiduría. La cantidad de tiempo importa, pero también importa profundamente aquello que hacemos con él.
Esta sabiduría nos ayuda a distinguir lo urgente de lo importante, a valorar nuestras relaciones, a reconocer nuestros errores, a agradecer cada etapa y a trabajar por aquello que produce un bien verdadero.
Finalmente, el Salmo coloca las obras de nuestras manos delante de Dios. Podemos trabajar, planear y emprender, pero necesitamos pedir que Él ilumine y enderece nuestros esfuerzos para que nuestra vida no solamente esté ocupada, sino llena de propósito.
Señor Dios mío,
tú has sido refugio de generaciones.
Antes de que yo llegara a este mundo,
tú ya eras Dios.
Y cuando mi paso por esta tierra termine,
tú seguirás siendo Dios.
Hoy quiero colocar mi vida delante de ti.
Mi pasado.
Mi presente.
Y todo aquello que todavía espero vivir.
Señor,
algunas veces vivo como si tuviera tiempo infinito.
Dejo para mañana conversaciones importantes.
Dejo para después aquello que necesito cambiar.
Aplazo decisiones.
Aplazo descansos.
Aplazo abrazos.
Aplazo incluso momentos contigo.
Enséñame a valorar este día.
No solamente el futuro que imagino.
No solamente aquella etapa que todavía no llega.
Este día.
Estas horas.
Estas personas que hoy forman parte de mi vida.
Señor,
concédeme un corazón instruido en la sabiduría.
Necesito aprender a contar mis días.
No para vivir asustado por el paso del tiempo,
sino para dejar de desperdiciarlo.
Enséñame a reconocer aquello que verdaderamente importa.
Hay demasiadas cosas reclamando mi atención.
Mensajes.
Pendientes.
Trabajo.
Problemas.
Noticias.
Preocupaciones.
Expectativas ajenas.
Y en medio de todo ese ruido puedo olvidar lo esencial.
Señor,
enséñame a distinguir lo urgente de lo importante.
Dame sabiduría para decir sí
y también para decir no.
Para reconocer qué merece mi tiempo
y qué solamente está consumiendo mis fuerzas.
Señor,
ayúdame a cuidar a las personas que amo.
Que nunca llegue a creer que siempre habrá otra oportunidad.
Que pueda expresar cariño mientras puedo hacerlo.
Que pueda agradecer.
Que pueda pedir perdón.
Que pueda escuchar.
Que pueda acompañar.
Que pueda estar presente.
Señor,
líbrame de estar físicamente junto a quienes amo
mientras mi mente siempre está en otro lugar.
Enséñame a estar verdaderamente presente.
Señor,
gracias por los años que ya he vivido.
Por los días buenos.
Por los días difíciles.
Por las personas que llegaron.
Por quienes permanecieron.
Por quienes siguieron otro camino.
Por aquello que aprendí.
Y también por aquello que todavía estoy aprendiendo.
Señor,
existen cosas de mi pasado que cambiaría si pudiera.
Decisiones que ahora tomaría de otra manera.
Palabras que preferiría no haber dicho.
Oportunidades que quizá habría aprovechado mejor.
Pero no puedo regresar.
Ayúdame a no desperdiciar también el presente
lamentando continuamente aquello que ya pasó.
Dame humildad para aprender
y libertad para continuar.
Señor,
muéstrame aquello que necesito corregir.
Pon mi conducta bajo tu luz.
Si existe orgullo,
ayúdame a reconocerlo.
Si existe resentimiento,
ayúdame a trabajarlo.
Si estoy actuando injustamente,
corrígeme.
Si me estoy engañando,
dame claridad.
Si necesito pedir perdón,
dame humildad para hacerlo.
Señor,
no quiero esperar hasta que sea demasiado tarde
para convertirme en la persona que sé que debo intentar ser.
Ayúdame a comenzar hoy.
Señor,
gracias por mi cuerpo
y por todo aquello que todavía puede hacer.
Enséñame a cuidarlo responsablemente.
A respetar mis límites.
A descansar cuando sea necesario.
A no considerar mi salud como algo garantizado.
Señor,
cuando mis fuerzas cambien con los años,
recuérdame que mi dignidad no depende de cuánto puedo producir.
Que mi valor no depende de verme joven.
Que mi valor no depende de ser más fuerte que otros.
Que mi valor no depende de mi posición.
Mi vida sigue teniendo dignidad porque viene de ti.
Señor,
te pido por quienes están llegando a la vejez.
Por quienes sienten que sus fuerzas disminuyen.
Por quienes necesitan ayuda para hacer cosas que antes podían realizar solos.
Dales paciencia.
Dales compañía.
Dales personas que los traten con respeto.
Y recuérdales que su vida continúa teniendo valor.
Señor,
te pido también por quienes sienten que todavía son demasiado jóvenes
para pensar en el paso del tiempo.
Dales sabiduría desde ahora.
Que no necesiten perder décadas para comprender algunas cosas esenciales.
Que puedan construir buenos hábitos.
Elegir buenas compañías.
Cuidar sus relaciones.
Prepararse.
Aprender.
Y vivir con propósito.
Señor,
te pido por quienes creen que ya es demasiado tarde.
Por quienes miran su edad
y piensan que las mejores oportunidades quedaron atrás.
Muéstrales aquello que todavía pueden hacer.
Las personas que todavía pueden amar.
La experiencia que todavía pueden compartir.
El bien que todavía pueden sembrar.
Señor,
bien presto queremos ser colmados de tu misericordia.
No quiero vivir solamente esperando la próxima meta.
Quiero aprender a disfrutar también aquello que ya tengo.
Gracias por una comida compartida.
Por una conversación tranquila.
Por una tarde de descanso.
Por una risa.
Por una casa donde volver.
Por las pequeñas cosas que muchas veces dejo pasar.
Señor,
devuélveme la capacidad de maravillarme.
No quiero acostumbrarme tanto a lo bueno
que deje de agradecerlo.
Señor,
después de los días difíciles,
permite que también vuelvan días de alegría.
Tú conoces las etapas que me han dolido.
Los años complicados.
Las preocupaciones que parecían interminables.
Las pérdidas.
Los cambios.
Las noches en que me costó descansar.
No permitas que esas experiencias definan para siempre mi manera de mirar el futuro.
Señor,
dame permiso interior para volver a alegrarme.
Para comenzar nuevas etapas.
Para hacer nuevos planes.
Para disfrutar sin sentir que traiciono aquello que sufrí.
Señor,
mira las obras de mis manos.
Mi trabajo.
Mis proyectos.
Mis responsabilidades.
Mis ideas.
Mis esfuerzos.
Tú conoces aquello que intento construir.
Endereza mis obras.
Si estoy avanzando por un camino equivocado,
corrígeme antes de que llegue demasiado lejos.
Si existe una mejor manera de hacer las cosas,
ayúdame a verla.
Si necesito aprender algo,
dame disposición para aprender.
Si necesito pedir ayuda,
quítame el orgullo.
Señor,
da fruto a mis esfuerzos.
No te pido una vida sin dificultades.
Te pido que aquello que hago tenga sentido.
Que mi trabajo pueda producir un bien.
Que pueda sostener responsablemente aquello que me corresponde.
Que pueda ayudar a otros.
Que pueda crecer sin perder mi integridad.
Señor,
si llega el éxito,
no permitas que me vuelva arrogante.
Si llega una temporada de abundancia,
enséñame a administrarla.
Si llegan oportunidades,
dame sabiduría para reconocer cuáles debo aceptar.
Y si algo fracasa,
dame humildad para aprender.
Señor,
no permitas que mi trabajo se convierta en toda mi identidad.
No quiero ganar cosas
mientras pierdo a las personas.
No quiero construir proyectos
mientras descuido mi propia vida.
No quiero alcanzar metas
y descubrir después que sacrifiqué aquello que más amaba.
Dame equilibrio.
Señor,
bendice también mis descansos.
Enséñame que descansar no significa desperdiciar el tiempo.
Mi cuerpo necesita detenerse.
Mi mente necesita silencio.
Mi corazón necesita espacios donde simplemente pueda estar.
Señor,
ayúdame a construir algo que pueda sobrevivirme.
No necesariamente algo que lleve mi nombre.
Tal vez sea una enseñanza.
Un ejemplo.
Una persona a la que ayudé.
Una familia que amé.
Un trabajo realizado con honestidad.
Una semilla que alguien más recogerá.
Señor,
dirige también a quienes vienen después de mí.
Que mis errores puedan servirles de advertencia.
Que aquello bueno que aprendí pueda servirles de ayuda.
Que encuentren caminos mejores donde yo encontré dificultades.
Señor,
cuando piense en la muerte,
no permitas que solamente sienta miedo.
Recuérdame que mi vida está en tus manos.
Recuérdame la esperanza que tenemos en Cristo.
Recuérdame que mi destino último no consiste solamente en aquello que puedo construir en esta tierra.
Señor,
mientras tenga vida,
quiero vivir.
Quiero amar.
Quiero aprender.
Quiero servir.
Quiero trabajar.
Quiero descansar.
Quiero agradecer.
Quiero disfrutar de las personas que has puesto a mi lado.
Quiero corregir aquello que todavía puedo corregir.
Señor,
que tu luz resplandezca sobre mí.
Ilumina mis decisiones.
Ilumina mis relaciones.
Ilumina mis proyectos.
Ilumina aquello que todavía no consigo comprender.
Endereza las obras de mis manos.
Y permite que aquello que haga
pueda producir frutos buenos.
Señor,
no sé cuántos días me quedan.
Pero este día está delante de mí.
Y quiero recibirlo como un regalo.
Dame un corazón sabio para vivirlo.
Dame misericordia para compartirlo.
Dame gratitud para disfrutarlo.
Dame responsabilidad para aprovecharlo.
Y dame fe para ponerlo en tus manos.
Amén.
Para rezar el Salmo 90 puedes dedicar unos minutos a contemplar tu propia vida con gratitud y sinceridad. No se trata de pensar con miedo en cuánto tiempo queda, sino de preguntarte cómo quieres utilizar sabiamente el tiempo que tienes.
El Salmo 90 puede rezarse para pedir sabiduría, valorar mejor nuestro tiempo, ordenar nuestras prioridades y poner nuestro trabajo y nuestros proyectos en las manos de Dios.
Su significado gira alrededor del contraste entre la eternidad de Dios y la brevedad de la vida humana. Esa conciencia conduce al salmista a pedir sabiduría, misericordia, alegría y dirección para las obras de sus manos.
Tradicionalmente se presenta como una oración de Moisés, varón de Dios.
Significa pedir capacidad para vivir conscientes del valor de nuestro tiempo y tomar decisiones de acuerdo con aquello que realmente importa delante de Dios.
No debe interpretarse como una edad exacta prometida para cada persona. El pasaje utiliza esas edades dentro de una reflexión sobre los límites y la brevedad de la existencia humana.
Sí. Su último versículo pide expresamente que Dios enderece las obras de nuestras manos y dé fruto a nuestras empresas, por lo que puede acompañar proyectos y responsabilidades laborales.
Sí. Su reflexión sobre el tiempo, la sabiduría y las obras de nuestras manos lo convierte en un Salmo especialmente apropiado para comenzar una nueva etapa.
Puede rezarse lentamente, agradeciendo primero por los años vividos, revisando después nuestras prioridades y terminando con una petición para que Dios ilumine nuestras decisiones y dirija nuestro trabajo.
Puede entenderse como aquello que realizamos mediante nuestro esfuerzo: trabajo, proyectos, responsabilidades, servicio y las distintas tareas con las que construimos nuestra vida y contribuimos al bien de otros.
Que nuestra vida es limitada y precisamente por eso necesitamos sabiduría para utilizar bien nuestros días, vivir con propósito y confiar nuestras obras a Dios.