¿Para qué sirve el Salmo 86?
El Salmo 86 sirve para pedir ayuda, misericordia, protección, fortaleza y dirección a Dios. Puede rezarse especialmente durante momentos de angustia o cuando necesitamos discernir qué camino seguir.
El Salmo 86 es una oración profundamente personal de quien se presenta ante Dios reconociendo su necesidad. David no oculta su aflicción ni pretende resolverlo todo con sus propias fuerzas: pide que el Señor lo escuche, preserve su vida, tenga misericordia de él y le enseñe el camino que debe seguir.
Este Salmo puede acompañarnos cuando atravesamos preocupaciones, dificultades, conflictos o momentos en los que necesitamos dirección. Sus palabras expresan una confianza sencilla pero firme: Dios es bueno, misericordioso y cercano a quienes lo invocan sinceramente.
Entre sus enseñanzas más profundas se encuentra una petición que puede convertirse en oración para toda la vida: “Enséñame, Señor, tu camino”. El Salmo 86 no pide únicamente que desaparezcan los problemas; pide también aprender a vivir conforme a la verdad de Dios y tener un corazón completamente orientado hacia Él.
Texto bíblico: Sagrada Biblia Torres Amat, edición de 1825.
El Salmo 86 sirve para acudir a Dios cuando necesitamos ayuda, misericordia, protección o dirección. Es una oración apropiada para los días de tribulación, cuando sentimos que nuestras fuerzas son insuficientes o cuando necesitamos encontrar nuevamente serenidad para continuar.
También puede rezarse cuando debemos tomar una decisión importante. David no pide solamente ser librado de sus dificultades; pide a Dios que le enseñe su camino. Por eso este Salmo puede acompañar momentos de discernimiento, conversión y búsqueda de claridad espiritual.
Para presentar delante de Dios aquello que nos preocupa y pedir su ayuda.
Cuando necesitamos acercarnos a Dios reconociendo nuestra fragilidad y nuestras faltas.
Cuando atravesamos conflictos, dificultades o situaciones que nos producen inseguridad.
Cuando necesitamos discernir qué camino seguir y tomar decisiones con mayor sabiduría.
Cuando el cansancio, las preocupaciones o la tristeza han debilitado nuestro ánimo.
Cuando necesitamos recordar que Dios permanece cercano y misericordioso en medio de la dificultad.
El significado del Salmo 86 está profundamente relacionado con la confianza en Dios durante la necesidad. David se presenta como alguien afligido y necesitado, pero su oración no queda encerrada en la desesperación. Una y otra vez dirige su mirada hacia el carácter de Dios: su bondad, su misericordia, su paciencia, su verdad y su poder.
El Salmo nos enseña que reconocer nuestra fragilidad no es una derrota espiritual. Podemos admitir que necesitamos ayuda y, precisamente desde esa realidad, volvernos hacia Dios. La oración comienza con la necesidad humana, pero poco a poco conduce hacia la confianza.
“Enséñame, Señor, tu camino, y caminaré en tu verdad.”
Esta petición resume una parte esencial del Salmo. No basta pedir que Dios cambie aquello que ocurre alrededor de nosotros. También necesitamos permitir que transforme nuestra manera de caminar. La oración cristiana no busca solamente soluciones; busca también dirección, conversión y sabiduría.
El Salmo termina pidiendo una señal para bien. No se trata necesariamente de exigir algo extraordinario, sino de confiar en que la ayuda y el consuelo de Dios pueden hacerse reconocibles incluso en medio de una situación todavía imperfecta.
David comienza pidiendo ser escuchado. La imagen de Dios inclinando su oído expresa cercanía. El Señor no aparece distante o indiferente ante la necesidad humana.
Esta primera frase puede convertirse por sí misma en una oración cuando no sabemos explicar completamente aquello que sentimos.
Existe una necesidad profundamente humana de ser escuchados. Muchas veces podemos soportar mejor una dificultad cuando encontramos a alguien capaz de recibir sinceramente aquello que estamos viviendo.
El salmista encuentra ese espacio delante de Dios.
David no intenta presentarse como autosuficiente. Reconoce su realidad tal como es.
La oración comienza muchas veces cuando dejamos de aparentar que podemos con todo y admitimos que necesitamos ayuda.
Necesitar ayuda no disminuye nuestra dignidad. Todos atravesamos situaciones que superan nuestras capacidades individuales.
La humildad nos permite buscar apoyo espiritual, familiar o profesional cuando sea necesario.
La petición va más allá de una protección exterior. David pide que sea preservada su propia vida interior.
En momentos difíciles no solamente importa aquello que nos ocurre, sino también aquello en lo que podemos convertirnos como consecuencia de lo vivido.
Una experiencia dolorosa puede producir aprendizaje, pero también puede alimentar resentimiento, miedo o desconfianza.
Podemos pedir a Dios atravesar la prueba sin permitir que destruya aquello bueno que existe dentro de nosotros.
La esperanza aparece desde el comienzo como fundamento de la oración.
David todavía tiene problemas, pero decide confiar antes de ver completamente resuelta su situación.
La esperanza bíblica no exige fingir que todo está bien.
David reconoce claramente que está afligido y que existen personas que se levantan contra él. Su esperanza convive con una percepción realista de la dificultad.
La misericordia atraviesa todo el Salmo. David no presenta sus méritos como argumento principal; apela a la bondad de Dios.
Esta actitud nos recuerda que podemos acercarnos al Señor incluso cuando somos conscientes de nuestras propias imperfecciones.
Algunas veces evitamos la oración precisamente porque sentimos vergüenza de nuestras decisiones.
El Salmo nos invita a hacer lo contrario: cuando más necesitamos misericordia, más sentido tiene acercarnos a quien puede ofrecérnosla.
La insistencia de David revela perseverancia.
Algunas respuestas no aparecen inmediatamente. La oración puede acompañar procesos largos sin convertirse por ello en una oración inútil.
Perseverar en la oración no significa pasar cada minuto repitiendo angustiosamente el mismo problema.
Podemos presentarlo ante Dios y después continuar haciendo responsablemente aquello que nos corresponde.
David no pide solamente que termine una dificultad. También pide recuperar la alegría.
Esto muestra que el sufrimiento puede afectar profundamente nuestro mundo interior.
Hay etapas en las que seguimos funcionando normalmente, pero dejamos de disfrutar aquello que anteriormente nos hacía bien.
Podemos presentar también esa pérdida delante de Dios.
No siempre recuperamos el ánimo de un momento a otro.
Algunas veces vuelve mediante pequeñas experiencias: descanso, compañía, una conversación, una buena noticia, oración o simplemente el paso del tiempo.
Elevar el alma significa orientar hacia Dios aquello que llevamos dentro.
Pensamientos, preocupaciones, deseos y temores dejan de permanecer encerrados únicamente dentro de nosotros.
Existen cargas que quizá no desaparezcan inmediatamente, pero pueden sentirse diferentes cuando dejamos de llevarlas completamente solos.
La oración permite entregar a Dios aquello que excede nuestro control.
David fundamenta su confianza en aquello que conoce de Dios.
No dice simplemente que espera recibir ayuda; recuerda que la bondad pertenece al carácter mismo del Señor.
Si imaginamos a Dios únicamente como alguien dispuesto a castigarnos, probablemente nos acercaremos con temor y distancia.
El Salmo presenta al Señor como bueno, benigno y abundante en misericordia.
La misericordia de Dios no aparece como algo pequeño o difícil de obtener.
David habla de una clemencia abundante disponible para quienes invocan sinceramente al Señor.
La expresión amplía el horizonte. La misericordia divina no queda reservada a una pequeña élite espiritual.
Quien reconoce su necesidad puede dirigirse a Dios.
David vuelve a pedir que Dios escuche. La repetición muestra que la necesidad continúa siendo intensa.
En nuestras propias oraciones tampoco es necesario buscar siempre palabras nuevas. Podemos repetir aquello que verdaderamente necesitamos decir.
Una súplica nace de reconocer que algo nos supera.
No existe vergüenza espiritual en pedir ayuda. La dependencia de Dios forma parte de la experiencia creyente.
David llama a la dificultad por su nombre: tribulación.
La fe no obliga a utilizar palabras suaves para situaciones dolorosas. Podemos reconocer que algo es realmente difícil.
Todos podemos atravesar jornadas en las que varias preocupaciones coinciden y nuestra capacidad emocional parece insuficiente.
Este versículo nos recuerda que esos días también pueden convertirse en días de oración.
En medio de la petición aparece nuevamente la memoria.
David puede confiar ahora porque anteriormente experimentó que su oración no fue ignorada.
Puede ser útil recordar momentos en los que encontramos fuerzas que pensábamos no tener, recibimos ayuda inesperada o conseguimos superar una etapa que parecía interminable.
Esa memoria puede alimentar la esperanza presente.
La oración cambia progresivamente de tono. David comenzó hablando de su necesidad y ahora comienza a contemplar la grandeza de Dios.
La dificultad continúa existiendo, pero deja de ocupar todo el horizonte.
Cuando estamos preocupados, un problema puede absorber completamente nuestra atención.
La oración amplía nuevamente la mirada y nos recuerda que nuestra realidad contiene más que aquello que nos preocupa.
David recuerda las obras de Dios para fortalecer su confianza.
La fe bíblica se alimenta continuamente de la memoria de aquello que Dios ha realizado.
La oración personal se abre de pronto hacia una perspectiva universal.
David reconoce que Dios no es únicamente respuesta a su problema particular; es Señor de todos los pueblos.
Podemos acercarnos a Dios por una preocupación concreta y descubrir durante la oración que existen realidades mucho mayores que nosotros.
Esta perspectiva puede ayudarnos a colocar nuestros problemas dentro de un horizonte más amplio.
Glorificar a Dios significa reconocer su grandeza y vivir de manera coherente con ese reconocimiento.
La alabanza no debería quedarse únicamente en palabras; también puede expresarse mediante nuestras decisiones.
Frente a la fragilidad humana aparece la grandeza de Dios.
David no necesita ser todopoderoso porque confía en alguien mayor que él.
Buena parte de nuestra ansiedad puede crecer cuando intentamos controlar situaciones que dependen también de otras personas, del tiempo o de circunstancias imprevisibles.
Reconocer nuestros límites puede ayudarnos a distinguir entre aquello que debemos hacer y aquello que necesitamos entregar.
David reconoce que Dios puede actuar de maneras que superan sus posibilidades.
Esto no significa exigir acontecimientos extraordinarios, sino conservar abierta la esperanza incluso cuando nosotros todavía no vemos una solución.
Esta confesión coloca cada cosa en su lugar.
Ni nuestros problemas, ni nuestros miedos, ni otras personas tienen autoridad absoluta sobre nuestra vida.
Llegamos a una de las peticiones centrales del Salmo.
David no pide únicamente protección. Quiere aprender.
Podemos atravesar una dificultad deseando únicamente que termine.
Pero también podemos preguntarnos qué necesitamos aprender para salir de ella con mayor sabiduría.
Cuando estamos asustados podemos tomar decisiones precipitadas solamente para reducir inmediatamente nuestra ansiedad.
“Enséñame tu camino” puede ayudarnos a detenernos antes de actuar impulsivamente.
Algunas veces ya hemos decidido aquello que queremos hacer y buscamos en la oración solamente una confirmación.
Pedir verdaderamente dirección significa aceptar que la respuesta correcta quizá sea diferente de nuestra preferencia inicial.
Aprender el camino exige después recorrerlo.
La verdad conocida necesita convertirse en decisiones concretas.
Muchas veces conocemos perfectamente aquello que deberíamos hacer y, sin embargo, seguimos posponiéndolo.
David pide una enseñanza destinada a convertirse en camino.
Caminar en la verdad implica abandonar engaños, excusas y autojustificaciones.
Significa aprender a mirar nuestra situación con honestidad delante de Dios.
David relaciona el camino de Dios con una transformación interior.
La obediencia no aparece únicamente como una obligación externa; puede convertirse también en fuente de paz y alegría.
Podemos sentirnos divididos entre aquello que sabemos que nos conviene y aquello que deseamos momentáneamente.
Esta petición puede convertirse en una oración por un corazón más integrado y coherente.
El temor de Dios en este contexto no significa vivir aterrorizados.
Expresa reverencia, reconocimiento de su grandeza y voluntad de orientar nuestra vida conforme a Él.
David desea responder a Dios de manera completa.
La expresión “todo mi corazón” habla de una fe que no queda reducida a momentos aislados.
Alabar a Dios también puede significar actuar con honestidad, cumplir nuestra palabra, tratar dignamente a otros y reconocer nuestros errores.
Nuestra vida puede convertirse en una expresión práctica de aquello que profesamos.
La misericordia vuelve a ocupar el centro.
David no habla solamente de una cualidad general de Dios; reconoce que él mismo ha sido beneficiario de esa misericordia.
Es fácil recordar nuestros fracasos con mayor precisión que nuestras oportunidades de comenzar nuevamente.
El Salmo invita a equilibrar nuestra memoria y reconocer también aquello que hemos recibido.
David recuerda una liberación profunda.
Desde una lectura espiritual, estas palabras pueden acompañarnos cuando recordamos etapas oscuras de las que conseguimos salir.
Algunas dificultades presentes pueden parecernos enormes hasta que recordamos todo aquello que ya hemos atravesado.
Nuestra propia historia puede contener razones para no perder la esperanza.
El Salmo no esconde la existencia del conflicto.
David experimenta oposición real y la presenta directamente delante de Dios.
La oración puede ayudarnos a no responder impulsivamente.
Antes de reaccionar podemos buscar claridad, establecer límites, pedir consejo y distinguir entre aquello que imaginamos y aquello que realmente está ocurriendo.
Presentar nuestros conflictos delante de Dios puede impedir que el resentimiento gobierne nuestras decisiones.
Podemos buscar justicia y protección sin convertir el daño hacia otra persona en nuestro objetivo.
En una aplicación espiritual, aquello que amenaza nuestra paz no siempre es una persona.
Pueden ser el miedo, el orgullo, la desesperanza, una adicción, un resentimiento o cualquier hábito que nos aleje del bien.
David identifica una raíz espiritual del mal: vivir como si Dios y sus caminos no importaran.
Nosotros también podemos preguntarnos si nuestras decisiones cambian cuando recordamos que deben responder a valores mayores que nuestra conveniencia inmediata.
Esta expresión cambia nuevamente la dirección de la oración.
Después de describir a quienes lo amenazan, David vuelve inmediatamente su mirada hacia Dios.
Podemos dedicar tanta energía mental a quien nos hizo daño que esa persona termina ocupando un espacio desproporcionado en nuestra vida.
David reconoce el problema, pero después vuelve a contemplar a Dios.
Frente a la dureza humana, David recuerda la compasión divina.
Nuestra respuesta a una experiencia negativa no tiene que convertirnos en aquello mismo que nos lastimó.
Ser compasivos no significa permitir abusos o renunciar a límites necesarios.
Podemos protegernos responsablemente sin alimentar odio.
La paciencia de Dios recuerda que los procesos de transformación pueden necesitar tiempo.
También nosotros podemos aprender a distinguir entre tolerar irresponsablemente una situación y dar tiempo razonable para que un cambio verdadero madure.
La expresión intensifica aquello que el Salmo viene repitiendo desde el comienzo.
La misericordia no es un detalle secundario del carácter de Dios; es uno de los fundamentos de la esperanza del salmista.
La misericordia está acompañada por la verdad.
Dios puede acogernos con compasión sin decir que nuestras malas decisiones son buenas.
Esta combinación también puede orientar nuestras relaciones.
Podemos tratar a alguien con dignidad y al mismo tiempo hablar honestamente sobre aquello que necesita cambiar.
David desea experimentar nuevamente la atención favorable de Dios.
En los momentos de soledad, esta petición puede expresar nuestro deseo de sentirnos acompañados.
Algunas dificultades son visibles; otras ocurren silenciosamente.
Podemos sentir que nadie comprende completamente el esfuerzo que estamos realizando. El Salmo ofrece palabras para presentar esa experiencia delante de Dios.
David reconoce que necesita fuerza.
Pero la fuerza que pide no está orientada hacia la dominación, sino hacia la capacidad de permanecer y ser salvado.
Algunas veces conocemos perfectamente la decisión correcta, pero nos falta valor para ejecutarla.
Podemos pedir fuerza para mantener un límite, terminar una conducta dañina, pedir perdón o afrontar responsablemente una consecuencia.
Ser fuerte no significa necesariamente imponerse.
A veces la mayor fortaleza consiste en conservar la calma, esperar, no responder una provocación o reconocer humildemente que necesitamos ayuda.
David desea una manifestación concreta de la bondad de Dios.
En nuestra propia oración podemos pedir claridad para reconocer los signos de bien que ya están apareciendo alrededor de nosotros.
Una señal para bien puede aparecer de maneras sencillas: una oportunidad, una conversación, una solución inesperada, una nueva claridad o la llegada de la ayuda necesaria.
La fe también aprende a reconocer a Dios en lo cotidiano.
El Salmo termina afirmando aquello que al comienzo pedía.
La súplica se transforma en confianza: Dios es reconocido como ayuda.
A veces llega como solución. Otras veces llega como fortaleza para atravesar una situación que todavía no puede cambiar.
También puede llegar mediante otras personas, conocimiento, oportunidades o decisiones que finalmente encontramos valor para tomar.
La última palabra del Salmo dirige nuestra atención hacia el consuelo.
Dios no aparece solamente como quien resuelve problemas, sino también como quien acompaña al ser humano mientras atraviesa aquello que duele.
Ser consolados no significa olvidar aquello que ocurrió.
Significa descubrir que el dolor puede ser acompañado y que no estamos obligados a atravesarlo completamente solos.
Una de las mejores maneras de utilizar este Salmo es convertir el versículo 11 en una oración personal: “Enséñame, Señor, tu camino”.
Podemos repetirlo antes de tomar una decisión y después preguntarnos qué opción se acerca más a la verdad, la justicia, la responsabilidad y el amor.
Ningún proceso humano de discernimiento elimina completamente la posibilidad de error.
Podemos buscar información, pedir consejo, orar y tomar la decisión más prudente disponible, confiando después aquello que no podemos controlar.
El comienzo del Salmo puede ser especialmente cercano en esos momentos: “me hallo afligido y necesitado”.
No necesitamos presentar delante de Dios una versión fuerte de nosotros mismos. Podemos hablar desde nuestra realidad.
Pedir protección puede ir acompañado de medidas concretas y prudentes.
La fe no sustituye aquello que responsablemente podemos hacer para proteger nuestra seguridad, nuestra familia, nuestro trabajo o nuestra estabilidad.
El Salmo permite expresar delante de Dios la experiencia del conflicto sin convertirla automáticamente en una invitación a la venganza.
Podemos pedir protección, justicia y claridad conservando nuestro corazón lejos del odio.
La misericordia descrita en el Salmo abre siempre una posibilidad de conversión.
Haber fallado no significa que debamos continuar fallando. Podemos reconocer, reparar, aprender y volver a caminar.
David dice que clama durante todo el día.
Su perseverancia puede acompañarnos cuando llevamos tiempo rezando por una situación y todavía no vemos claramente el resultado.
Perseverar en la oración no significa permanecer inmóviles.
Podemos pedir ayuda mientras buscamos soluciones, aprendemos, trabajamos, consultamos y realizamos aquello que está dentro de nuestras posibilidades.
El versículo 4 nos recuerda que también podemos pedir por nuestro mundo emocional.
Dios puede recibir no solamente nuestras grandes decisiones espirituales, sino también nuestro cansancio y nuestro deseo de volver a disfrutar la vida.
El Salmo avanza desde la aflicción hasta la petición de caminar en la verdad y alabar a Dios con todo el corazón.
Esto muestra que la respuesta espiritual a una crisis puede ser algo más profundo que simplemente sobrevivirla.
Algunas pruebas pueden enseñarnos paciencia, prudencia, humildad o la importancia de establecer límites.
No elegimos todas nuestras dificultades, pero sí podemos intentar aprender algo de ellas.
El Salmo 86 enseña a presentarnos delante de Dios sin máscaras: necesitados cuando estamos necesitados, afligidos cuando estamos afligidos y esperanzados porque confiamos en su misericordia.
También nos enseña que una de las peticiones más importantes no es solamente “sácame de este problema”, sino “enséñame tu camino”. La ayuda de Dios puede cambiar nuestras circunstancias, pero también puede transformarnos para caminar con mayor verdad, sabiduría y fortaleza.
La enseñanza principal del Salmo 86 es que podemos acudir a Dios desde nuestra fragilidad con plena confianza en su misericordia. David no intenta esconder su necesidad: reconoce que está afligido, pide ayuda y coloca su esperanza en el Señor.
Al mismo tiempo, el Salmo muestra que la oración no debe limitarse a pedir que cambien las circunstancias. “Enséñame, Señor, tu camino” revela una disposición mucho más profunda: permitir que Dios nos muestre cómo debemos vivir dentro de aquello que estamos atravesando.
El Salmo también nos invita a recordar quién es Dios cuando las dificultades intentan dominar nuestra atención. Es compasivo, benéfico, paciente, misericordioso y veraz. La esperanza del creyente no depende solamente de imaginar que todo saldrá exactamente como desea, sino de confiar en el carácter de Dios.
Finalmente, el Salmo 86 enseña que podemos pedir ayuda y consuelo. Algunas veces necesitamos que una situación cambie; otras necesitamos fuerza para atravesarla. En ambos casos podemos elevar nuestra alma hacia Dios y pedir que dirija nuestros pasos.
Señor Dios mío,
inclina hoy tu oído hacia mí.
Tú conoces aquello que llevo dentro.
Conoces mis preocupaciones.
Conoces aquello que me cuesta explicar.
Conoces los pensamientos que vuelven una y otra vez.
Conoces mis temores,
mis dudas
y también aquello que todavía espero.
Señor,
hoy no quiero aparentar que puedo con todo.
Hay cosas que me superan.
Hay situaciones que no sé resolver.
Hay decisiones en las que necesito claridad.
Hay cargas que ya pesan demasiado.
Por eso vengo a ti.
Escúchame.
Señor,
guarda mi alma.
Protégeme no solamente de aquello que pueda ocurrir alrededor de mí,
sino también de aquello que el dolor podría producir dentro de mí.
No permitas que una decepción me vuelva incapaz de confiar.
No permitas que una injusticia convierta mi corazón en resentimiento.
No permitas que el miedo decida por mí.
No permitas que el cansancio me haga abandonar aquello que todavía vale la pena.
Señor,
en ti quiero poner mi esperanza.
No porque entienda completamente aquello que está ocurriendo.
No porque tenga garantizado el resultado que deseo.
Sino porque sé que no necesito atravesar esta etapa completamente solo.
Ten misericordia de mí.
De mis errores.
De mis impulsos.
De las decisiones que tomé sin pensar suficientemente.
De las palabras que dije desde el enojo.
De aquello que pude hacer mejor.
Señor,
ayúdame a reconocer mis faltas sin quedarme encerrado dentro de ellas.
Dame humildad para pedir perdón.
Dame responsabilidad para reparar cuando sea posible.
Dame inteligencia para aprender.
Y dame fuerza para no repetir aquello que ya comprendí que me hace daño.
Señor,
llena nuevamente de alegría mi alma.
Si he estado demasiado preocupado,
devuélveme serenidad.
Si he estado demasiado cansado,
ayúdame a descansar.
Si he perdido entusiasmo,
muéstrame nuevamente razones para continuar.
Si he permitido que un problema ocupe toda mi mente,
amplía nuevamente mi mirada.
Señor,
elevo hacia ti mi alma.
Te entrego aquello que puedo resolver
para que me des sabiduría y constancia.
Y te entrego aquello que no puedo controlar
para que no continúe destruyendo mi paz.
Enséñame la diferencia.
Señor,
tú eres bueno y misericordioso.
Ayúdame a recordarlo cuando mis circunstancias parezcan decir lo contrario.
Cuando una puerta se cierre,
no permitas que piense que todo terminó.
Cuando una respuesta tarde,
no permitas que confunda espera con abandono.
Cuando algo no salga como esperaba,
dame humildad para considerar otros caminos.
Señor,
escucha mi oración.
Atiende aquello que hoy te estoy pidiendo.
Tú sabes qué necesito.
Sabes también qué cosas creo necesitar y quizá no me convienen.
Por eso no quiero pedirte únicamente que hagas mi voluntad.
Quiero aprender también a buscar la tuya.
Señor,
en este día de tribulación,
dame claridad.
No permitas que tome decisiones importantes dominado por el miedo.
No permitas que una provocación decida mis palabras.
No permitas que la desesperación me haga aceptar aquello que sé que está mal.
Dame serenidad para detenerme.
Pensar.
Orar.
Consultar.
Y después actuar.
Señor,
tú eres grande.
Mis problemas pueden parecer enormes delante de mí,
pero no quiero convertirlos en el centro absoluto de mi existencia.
Recuérdame todo aquello bueno que todavía permanece.
Las personas que amo.
Las oportunidades que todavía existen.
Los caminos que todavía puedo intentar.
Las cosas que ya he superado.
Señor,
tú solo eres Dios.
Por eso no quiero convertir el dinero en mi dios.
Ni la opinión de otros.
Ni el éxito.
Ni mis proyectos.
Ni mis miedos.
Ni siquiera aquello que más deseo.
Ayúdame a poner cada cosa en su lugar.
Señor,
enséñame tu camino.
Esta es hoy mi oración.
Enséñame qué hacer.
Enséñame qué evitar.
Enséñame cuándo hablar.
Enséñame cuándo guardar silencio.
Enséñame cuándo insistir.
Enséñame cuándo soltar.
Enséñame cuándo esperar.
Enséñame cuándo actuar.
Señor,
cuando existan varios caminos delante de mí,
no permitas que elija solamente el más cómodo.
Ayúdame a reconocer el más verdadero.
El más justo.
El más responsable.
El que me permita conservar la paz de conciencia.
Señor,
quiero caminar en tu verdad.
Libérame de las excusas que utilizo para no cambiar.
Libérame de engañarme a mí mismo.
Dame valor para reconocer aquello que realmente está ocurriendo.
Aunque la verdad inicialmente incomode.
Aunque tenga que modificar planes.
Aunque tenga que admitir que estaba equivocado.
Señor,
une mi corazón.
Muchas veces quiero cosas contradictorias.
Quiero paz,
pero sigo alimentando preocupaciones.
Quiero cambiar,
pero continúo haciendo aquello que me mantiene igual.
Quiero perdonar,
pero vuelvo una y otra vez a la herida.
Quiero confiar,
pero intento controlarlo todo.
Dame un corazón más entero.
Señor,
quiero alabarte con todo mi corazón.
No solamente con palabras.
Que pueda alabarte siendo honesto.
Cumpliendo mi palabra.
Tratando bien a otros.
Reconociendo cuando me equivoco.
Compartiendo aquello que puedo compartir.
Siendo agradecido.
Señor,
grande ha sido tu misericordia conmigo.
Muchas veces me has permitido comenzar nuevamente.
He cometido errores
y todavía sigo aquí.
He atravesado etapas difíciles
y muchas quedaron atrás.
He sentido miedo
y aun así pude avanzar.
No quiero olvidar todo aquello que ya he superado.
Señor,
cuando alguien se levante contra mí,
dame prudencia.
Protégeme de la injusticia.
Ayúdame a defender aquello que debo defender.
Pero no permitas que el odio se apodere de mí.
No quiero convertirme en aquello mismo que me hizo daño.
Dame firmeza sin crueldad.
Justicia sin venganza.
Prudencia sin paranoia.
Señor,
protégeme también de mis enemigos interiores.
Del orgullo que no me deja pedir ayuda.
Del miedo que exagera los problemas.
De la ira que me hace hablar antes de pensar.
De la desesperanza que me dice que nada puede cambiar.
De los hábitos que me alejan de la persona que quiero llegar a ser.
Señor,
tú eres compasivo.
Enséñame también a serlo.
Que pueda comprender sin justificar aquello que está mal.
Que pueda perdonar sin negar el daño.
Que pueda establecer límites sin alimentar odio.
Que pueda decir la verdad sin utilizarla para humillar.
Señor,
tú eres paciente.
Dame paciencia conmigo mismo.
Estoy aprendiendo.
Todavía tengo cosas que corregir.
Todavía reacciono algunas veces como no quisiera.
Todavía me cuesta aquello que pensé que ya había superado.
Pero no quiero rendirme.
Señor,
dame también paciencia con los procesos que no dependen únicamente de mí.
Hay cosas que necesitan tiempo.
Relaciones que necesitan reconstruirse.
Proyectos que necesitan madurar.
Heridas que necesitan sanar.
Respuestas que todavía no llegan.
Ayúdame a no confundir lentitud con fracaso.
Señor,
tú eres misericordioso y veraz.
Enséñame a unir también misericordia y verdad.
Que no esconda la verdad por miedo al conflicto.
Pero que tampoco utilice la verdad como arma.
Dame palabras capaces de corregir sin destruir.
Y humildad para recibir también la verdad cuando otro tenga que decírmela.
Señor,
vuelve tus ojos hacia mí.
Cuando me sienta invisible,
recuérdame que tú me ves.
Cuando piense que nadie comprende,
ayúdame a encontrar personas con quienes pueda hablar.
Cuando me sienta solo,
abre mis ojos para reconocer la compañía que sí tengo.
Señor,
dame fuerza.
Fuerza para continuar cuando tenga que continuar.
Fuerza para detenerme cuando necesite descansar.
Fuerza para decir no.
Fuerza para pedir perdón.
Fuerza para pedir ayuda.
Fuerza para abandonar aquello que me hace daño.
Fuerza para comenzar aquello que llevo demasiado tiempo posponiendo.
Señor,
haz conmigo una señal para bien.
Ayúdame a reconocer que el camino comienza a abrirse.
Quizá mediante una oportunidad.
Quizá mediante una persona.
Quizá mediante una idea que antes no había considerado.
Quizá simplemente mediante una paz interior que me permita tomar la siguiente decisión.
Abre mis ojos para reconocer el bien.
Señor,
ayúdame.
Pero mientras llega aquello que espero,
ayúdame también a vivir este día.
A hacer bien aquello que hoy me corresponde.
A no desperdiciar el presente preocupado únicamente por mañana.
A cuidar a quienes amo.
A cuidar también de mí.
Señor,
consuélame.
Hay cosas que no necesito explicar otra vez.
Tú las conoces.
Hay heridas que todavía duelen.
Hay recuerdos que todavía pesan.
Hay preguntas para las que quizá nunca tenga una respuesta completa.
Dame paz incluso allí.
Señor,
enséñame tu camino
y ayúdame a caminar en tu verdad.
Que no termine esta dificultad siendo simplemente la misma persona cansada que entró en ella.
Que aprenda.
Que madure.
Que tenga más compasión.
Que tenga más prudencia.
Que tenga más fe.
Que tenga un corazón más libre.
Señor,
pongo este día en tus manos.
Lo que entiendo
y lo que todavía no entiendo.
Lo que puedo cambiar
y lo que tengo que aprender a aceptar.
Lo que comienza
y lo que necesita terminar.
Dirige mis pasos.
Dame tu ayuda.
Dame tu misericordia.
Dame tu fortaleza.
Dame tu consuelo.
Y sobre todo,
enséñame cada día tu camino.
Amén.
Para rezar el Salmo 86 puedes comenzar identificando aquello que actualmente te hace sentir afligido o necesitado. No es necesario ocultar esa realidad. Precisamente desde ella comienza la oración de David.
El Salmo 86 sirve para pedir ayuda, misericordia, protección, fortaleza y dirección a Dios. Puede rezarse especialmente durante momentos de angustia o cuando necesitamos discernir qué camino seguir.
El Salmo expresa la confianza de una persona que reconoce su necesidad y acude a Dios porque confía en su bondad, misericordia, paciencia y verdad.
Sí. David pide explícitamente que Dios guarde su vida, le conceda fuerza y lo salve frente a quienes se levantan contra él.
Sí. El Salmo comienza precisamente con David reconociendo que se encuentra afligido y necesitado, por lo que ofrece palabras apropiadas para presentar nuestra angustia delante de Dios.
Es una petición de dirección espiritual. Expresa el deseo de conocer aquello que es verdadero y correcto y de orientar nuestras decisiones de acuerdo con Dios.
Lo presenta como bueno, benigno, misericordioso, paciente, verdadero, poderoso y cercano a quienes lo invocan.
Puede leerse lentamente presentando primero nuestra necesidad, pidiendo después misericordia y ayuda, y deteniéndonos especialmente en la petición de que Dios nos enseñe su camino.
Puede entenderse como una petición para experimentar y reconocer concretamente la ayuda de Dios. No necesita tratarse de un acontecimiento extraordinario; el bien puede manifestarse también mediante circunstancias ordinarias.
Sí. Su petición “Enséñame, Señor, tu camino” puede acompañar especialmente momentos de discernimiento, ayudándonos a buscar una decisión verdadera, prudente y responsable.
Que podemos acudir a Dios desde nuestra fragilidad, confiar en su misericordia y pedir no solamente que nos ayude, sino también que nos enseñe cómo debemos caminar.